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    En el principio fue la palabra. Nezavisimaya Gazeta

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    La OTAN espera explicaciones acerca de las medidas que Rusia pretende aplicar para impedir el ingreso de Georgia y Ucrania, afirmó el portavoz de la Alianza, James Appathurai, reaccionando a la declaración hecha a este respecto por Serguei Lavrov, el ministro ruso de Asuntos Exteriores. En una entrevista a la emisora Ejo Moskvy, Lavrov dijo que Rusia tomará "todas las medidas" para evitar la incorporación de dos países ex soviéticos a la OTAN y, a un mismo tiempo, prevenir el drástico deterioro de las relaciones tanto con Georgia y Ucrania como con la Alianza y sus principales miembros.

     

    Lo que más le interesa a la OTAN es lo que se esconde tras la fórmula "todas las medidas". A juzgar por las señales que van llegando desde Bruselas, la Alianza tiene la intención de acatar estrictamente el compromiso que asumió en su reciente cumbre de Bucarest, de acuerdo con el cual Georgia y Ucrania serán admitidas algún día.

    Fuera del contexto, lo de "todas las medidas" podría implicar cualquier cosa, incluidas las amenazas, las sanciones y el uso de la fuerza pero Lavrov expresó también el deseo de evitar un deterioro de las relaciones, lo cual hace descartable tal interpretación. Sin embargo, Moscú está pagando por su propia afectación emocional. Las reiteradas manifestaciones del rechazo al ingreso de Georgia y Ucrania en la OTAN evocan en Occidente asociaciones lúgubres, relacionadas con el uso de la energía como herramienta de presión, la posibilidad de reapuntar las armas nucleares hacia otros blancos, la desestabilización de la situación política interna en los países vecinos o el fomento del separatismo en Abjasia y Osetia del Sur.

    Cabría incluir en la misma lista la explotación del tema de Crimea. El diputado ruso Alexei Ostrovski, jefe del comité para asuntos de la CEI en la Cámara baja del Parlamento, afirmó que Rusia "tiene motivos jurídicos para volver a la revisión de los acuerdos logrados en la época de Jruschov" (Nota del Traductor: sobre el traspaso de Crimea a la jurisdicción de la República Soviética Socialista de Ucrania). También es notorio que Moscú haya rehusado desmentir oficialmente los rumores de que Putin, en el transcurso de su última reunión con Bush, amenazó supuestamente con la anexión de Crimea.

    Con este panorama como telón de fondo, no es de extrañar que mucha gente vea una amenaza en la declaración de Lavrov. El propio Moscú enseñó a sus vecinos y a Occidente a buscar connotaciones peligrosas en lo que dice o hace, aun cuando sus declaraciones no contienen ninguna amenaza explícita. A Rusia la miran con creciente recelo y es difícil explicar esta tendencia por la reaparición del país en el escenario internacional. Más bien, es atribuible a una manifestación torpe del poderío y al tono drástico que se usa en relación con los vecinos, a los que el Kremlin, por cierto, define como socios prioritarios.

    Resulta muy emblemática la diferencia de estilo en los discursos destinados a "los fuertes" y "los débiles" de este mundo, por no hablar ya de que los cargos oficiales en Rusia recurren a menudo a la fórmula de "algunos países", sin precisar cuáles, y no escatiman expresiones despectivas o hasta acusaciones y amenazas directas con respecto a vecinos desleales. Las críticas contra EEUU y sus aliados, como regla general, son más sopesadas y argumentadas.

    Si Rusia manipula fácilmente la llave del gas, organiza deportaciones demostrativas de  georgianos, hace la vista gorda ante el asedio de la embajada estonia en Moscú o ante las agresiones contra diplomáticos polacos, no puede esperar a que las élites en las naciones limítrofes la miren con franca simpatía. El modelo occidental, que incluye la pertenencia a la Unión Europea y a la OTAN, les resulta aún más atractivo en estas circunstancias.

    En los últimos ocho años, Rusia no ha acabado de comprender el efecto repulsivo de  su propensión hacia los vecinos. Un carácter excesivamente conflictivo de sus contactos con Ucrania y Georgia seguirá repercutiendo en la eficacia de tales relaciones. Paralelamente continuará incrementando la actividad de EEUU, la UE y la OTAN en el espacio postsoviético. Rusia, renuente a dejar lo que por la forma y el contenido son amenazas, no hace sino debilitar sus propias posiciones en la CEI. Le será extremadamente difícil retener en su órbita a Ucrania, por no hablar ya de Georgia. Y será aún más problemático conseguirlo a menos que el Kremlin recuerde que en el principio fue la palabra. La palabra precisa.

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