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    Occidente y Este se han vuelto de espaldas a Yúschenko. Nezavísimaya gaceta

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    Сrisis política en Ucrania (254)
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    Limitar la influencia política del jefe de Estado en Ucrania e inclinar la balanza del poder hacia el Parlamento es una idea que se fue fraguando a toda prisa durante la "revolución naranja" de 2004. La iniciativa nació en el bando de la oposición y apuntaba originalmente contra Leonid Kuchma, el mandatario de Ucrania en aquellas fechas.

     

    Los seguidores de Víctor Yúschenko, inseguros de poder ganar las elecciones presidenciales, defendieron la introducción de enmiendas en la Constitución para que Ucrania pasara de república presidencialista al modelo de corte parlamentario. Aparentemente, la propuesta estaba a tono con la práctica europea, y ese deseo de imitar a las democracias maduras, dicho sea de paso, suele surgir justamente cuando uno está en la oposición.

    Apenas Yúschenko subió a la presidencia, se hizo evidente que ese cambio del modelo había sido prematuro. La actuación del nuevo mandatario se volvió nerviosa.  El presidente traicionó a su antigua aliada Julia Timoshenko e hizo las paces con Yanukóvich. La popularidad de Yúschenko fue mermando hasta que todo el mundo entendió una cosa: nadie necesita a un presidente así. Ni los ucranianos, ni Occidente, ni tampoco el Este.

    Mientras, las relaciones entre Moscú y Washington iban deteriorando, y EEUU decidió aprovechar la debilidad del presidente ucraniano, madurado en la soledad política.

    Que Yúschenko se haya decantado por las elecciones anticipadas parece comprensible, pero no ha podido escoger el momento oportuno. La situación económica de Ucrania ha mejorado en este último año y será bastante difícil demostrar que las reformas se ven frenadas por culpa del Gabinete de Víctor Yanukóvich. Lo que importa a la gente no son las reformas en sí sino las repercusiones que puedan tener en su bolsillo.

    La actual crisis en Ucrania es un claro testimonio de que el cambio del modelo político no es un asunto técnico. La opción por el gobierno parlamentario o presidencialista en las "democracias postsoviéticas" no se limita a la revisión del respectivo artículo en la Carta Magna. La forma del poder debería adecuarse a la mentalidad de la élite local, como mínimo, y a la de las amplias masas populares, en el caso ideal. Lo importante es gobernar a la élite y al pueblo llano. Los unos y los otros, cada vez que intuyen cierta debilidad en la motivación inicial del que está en el poder, reaccionan de manera simétrica: simplemente escapan al control. Y cuando pasa eso, quedan relegadas al segundo plano las reformas y la integración en Europa. Es la pugna por el poder lo que permanece en el primer lugar.

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