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    Con esfuerzos mancomunados, Rusia y Europa podrían dar solución al problema de conflictos congelados, sostiene experto. Nezavisimaya Gaceta

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    Hoy, la Unión Europea y Rusia se enfrentan con unos mismos problemas. A diferencia de Pristina y Washington, Moscú y Bruselas no se apresuran a dar una apreciación definitiva al plan de solución del problema kosovar, presentado por Martti Ahtisaari, enviado especial de la ONU para Kosovo. Salta a la vista que Rusia no se apresura a valerse del precedente kosovar para declarar que reconoce la independencia de las repúblicas rebeldes en el espacio postsoviético.

    En cercanías inmediatas de las fronteras de Rusia se encuentran dos repúblicas rebeldes, Abjasia y Osetia del Sur, deseosas de separarse de Georgia, que bien pueden considerar el otorgamiento de la independencia a Kosovo como un precedente cómodo. Tampoco están lejos otras dos autonomías secesionistas; Transnistria y Alto Karabaj. Pero Rusia no está dispuesta a apoyar sus ánimos independentistas por  no tener serios intereses económicos en estas zonas, mientras el apoyo de estas repúblicas traería aparejado un fuerte agravamiento de las relaciones con los vecinos.

    Por si fuera poco, el reconocimiento de la independencia de Kosovo pondría en tela de juicio la legitimidad de la actuación de Moscú en Chechenia en los años 90. La actitud de Chechenia hacia Moscú se parecía mucha a la de Kosovo hacia Serbia.

    Los altos cargos oficiales de la Unión Europea tampoco se apresuran a dar una respuesta definitiva por estar conscientes de que esto se desembocaría en la aparición de otro Estado pobre y fallido en cercanía inmediata de la UE. Europa tampoco quiere que se agraven los problemas de Córcega y Cataluña en Francia y España y que Bélgica enfrente la perspectiva de la división, aunque sea pacífica, en Valonia y Flandes.

    En esta tesitura, lo más prudente sería tratar de dar una solución uniforme al problema de todos estos territorios con estatus indefinido que se encuentran en las zonas de responsabilidad de la UE y de Rusia, aplazando al propio tiempo por 20 ó 30 años el tema de su advenimiento a la plena independencia política.

    En primer lugar, de este modo se estrenaría una positiva cooperación política entre Rusia y la UE, de la que no podrán prescindir en el futuro. Segundo, se sentaría un precedente de solución de un problema europeo por excelencia en el marco del Viejo Mundo, sin la intervención de EE.UU. ni de la ONU, cuyo interés en la solución real tiende a cero. Y, por último, Europa se promovería como participante en un juego político global, sin lo cual su identidad política durante muchos años aún seguiría siendo indefinida, opina Vladislav Inozemtsev, director del Centro de Estudios de la Sociedad Postindustrial.

     

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