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    Sergei Karaganov, Ecuela Superior de Economía, RIA Novosti - "Rossiskaia gazeta".

    Sergei Karaganov, Ecuela Superior de Economía, RIA Novosti - "Rossiskaia gazeta".  La operación norteamericana en Iraq parece ir entrando en una fase final. Habiendo ganado la guerra con facilidad, si bien de forma más difícil de que se había pensado, la guerra contra Saddam Husein, Estados Unidos va desperdiciando el triunfo político y, por lo tanto, va perdiendo la guerra de Iraq.

     

    EE.UU. ha provocado en su contra, en contra de Occidente y el mundo cristiano una nueva ola de resentimientos, recelos y odio de muchísimos musulmanes. Tan sólo Iraq se ha visto convertido en un gigantesco campamento de formación de terroristas donde se ha concentrado la internacional terrorista mundial y donde sus combatientes se educan en odio y aprenden la técnica de asesinatos.

    Las víctimas se multiplican. Ya han muerto más de 600 mil iraquíes y más de tres mil soldados de la coalición.

    Washington pierde la guerra en su casa. Me parece que la sociedad norteamericana no estaba tan escindida como ahora ni siquiera cuando la guerra de Vietnam. Pese a una buena coyuntura económica, es muy probable que la Administración republicana pierda las elecciones al Congreso y, lo que es aun más probable, las presidenciales. Y todo eso debido a la derrota en Iraq, prevista y pronosticada casi por todos, menos por la Casa Blanca y el Pentágono.

    Está prácticamente claro que en cuestión de un año y medio o tres años los norteamericanos saldrán de Iraq, dejando algunos contingentes en zonas pobladas por kurdos donde les tratan relativamente bien. Los kurdos sufrieron más represalias por parte de Saddam Husein y la minoría sunita que gobernaba el país en aquellos tiempos.

    Norteamérica va a sufrir el síndrome post-iraquí que se expresará en la falta de deseo de meterse en donde sea, aun cuando haga falta hacerlo. Ello no quiere decir que EE.UU. no ataque a nadie. Quizás ataquen, por ejemplo, a Irán, para demostrar que EE.UU. no es un "tigre de papel", pero lo que ello dará por resultado será la explosión mundial de antiamericanismo que agravará y prolongará ese síndrome post-iraquí, empeorando aún más las condiciones para la expansión norteamericana en lo económico y político.

    Mientras tanto, en Iraq comienza la fase final del caos actual. Lo más probable es que el país se divida en varios casi Estados que con el tiempo hasta podrían llegar a ser Estados independientes pero poco estables. Los kurdos van a predominar en el Norte, los sunitas, en el centro y los chiítas, en el Sur y Sureste.

    Mas, con todo y eso, no puede haber en principio una "división estricta". Solamente en Bagdad residen más de tres millones de chiítas.

    Los principales campos petrolíferos se encuentran en el Norte poblado por kurdos y en el Sur poblado por chiítas. En cambio, la mayoría de los radicales se halla concentrada en el centro. Esta circunstancia hace casi inminente una guerra prolongada pero, según esperamos, no muy encarnizada.

    No vale la pena regodearnos por la prácticamente inevitable derrota de EE.UU. Cuando EE.UU. salga de Iraq, se esparcirán por todo el mundo, incluyendo en dirección a Rusia, cohortes de terroristas e islamistas radicales de toda calaña, multiplicados bajo las consignas del antiamericanismo. Hay que estar preparado para ello ya ahora.

    Hay que estar dispuestos a luchar por obtener la "herencia iraquí". EE.UU. a lo mejor no podrá predominar durante largo tiempo u ocupar posiciones dominantes en el sector petrolero iraquí. Los norteamericanos han demostrado una vez más que no son una nación estrictamente mercantil, al levantar de las ruinas a Europa Occidental, que ahora es su actual rival, lanzarse en aras de la lucha contra el comunismo a la aventura de Vietnam. Habiendo gastado cerca de un billón de dólares en la guerra de Iraq, los yanquis no podrán resarcirse de todos sus gastos. Desde el punto de vista económico difícilmente podrían resarcirse de los mismos aunque ganaran la guerra.

    La lucha por acceder al sector petrolero (Iraq posee una de las mayores reservas de petróleo en el mundo) la sostendrán otras potencias. Bien puede decirse que esta lucha ya ha empezado. Aspiran por entrar en Iraq empresas de la India, China, Japón, otros países asiáticos y empresas europeas. Nosotros de momento no somos muy activos. Pero si Rusia no puede llegar a ocupar posiciones fuertes en el sector petrolero de Iraq, Irán y de otros países, nuestras ambiciones de ser gran potencia energética pueden reducirse a cero. Dada la actual tendencia mundial a un rápido aumento de las inversiones en la producción de petróleo no sólo en el inestable Cercano Oriente sino también en América Latina y especialmente en África, dentro de unos años nuestro porcentaje en la producción mundial de petróleo comenzará a disminuir rápidamente, lo que dará por resultado la merma del aporte que los recursos energéticos hacen a la influencia política de Rusia en la arena mundial.

    Esta es la razón por la cual se hace indispensable incorporarse a la lucha por la "herencia iraquí". Ello no quiere decir que reclamemos el petróleo que legalmente pertenece al sufrido pueblo de Iraq. O que actuemos en contra de EE.UU.

    Pero los iraquíes, cualquiera que sea la forma institucional de ese país después de terminar la guerra, necesitarán inversiones, equipos, tecnologías y formación del personal.

    También se planteará el problema de la asistencia a las fuerzas de seguridad.

    Es por eso que, a pesar de dificultades y hasta peligros, es preciso entablar un juego activo en el campo político iraquí.  Establecer la cooperación con el Gobierno central, por precarias que sean sus posiciones. Es preciso restablecer vínculos estrechos con los kurdos, vínculos que hemos perdido bastante en los quince años anteriores.  También es muy importante establecer vínculos con los líderes chiítas que seguramente desempeñarán un papel clave en la administración de las regiones petroleras del Sur.  La "lucha por la herencia", por más cínica que parezca esta consigna, el desbroce de caminos para las empresas públicas y privadas de Rusia responden no sólo a los intereses nacionales de nuestro país. Nuestra participación constructiva en el proceso de reactivación del sector petrolero de Iraq responde también a los intereses de los propios iraquíes, va a contribuir a cicatrizar lo más pronto posible las heridas causadas por esta guerra virulenta. Es exactamente el caso en que los intereses nacionales y razones geopolíticas y geoeconómicas no entran en contradicción con las normas de moral política. De la participación activa de Rusia en el renacimiento de la producción de petróleo, de la transportación y refinación de petróleo en Iraq van a ganar todos: tanto nosotros como los iraquíes y la estabilidad regional. Si no entablamos un juego activo, desaprovecharemos la oportunidad y saldremos perdiendo.

    Sería indigno del papel que ambicionamos, el de una de las primeras potencias, que no seremos sin desempeñar un papel clave en el Cercano Oriente y, concretamente, en Iraq. Ese país puede servir de piedra de toque que ponga a prueba nuestras ambiciones para desempeñar un papel global.

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