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    LA GUERRA HA TRUNCADO LA VIDA DE LOS LIBANESES

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    Beirut, 27 de julio, RIA Novosti. Dos semanas de hostilidades han truncado por completo la vida de los libaneses. Un país hospitalario que pensaba recibir este año 1,5 millones de turistas se transformó, de la noche a la mañana, en un lugar que todo el mundo prefiere abandonar volando, como si huyera de una peste.         

     

    Miles de extranjeros asaltan los barcos en los puertos de Beirut y Junia, en el noreste del país. En la frontera con Siria también se concentran decenas de miles de personas - libaneses e inmigrantes laborales de otros países - que hacen cola durante horas para poder escapar.

    La guerra dividió Beirut en dos ciudades: una es Dahia, el suburbio del sur y fuero tradicional de Hezbollah, donde barrios enteros fueron reducidos a escombros por aviones israelíes; la otra, al norte y al noreste de Dahia, permanece prácticamente intacta, así que los vecinos de esta zona, tras haber superado el choque inicial, vuelven poco a poco a las labores rutinarias.

    Con un país sometido al bloqueo, cada cual se preocupa por organizar la sobrevivencia de su propia fortaleza, que es el hogar. Los que no pueden o no quieren abandonar Líbano, cruzan los dedos por que la guerra no se prolongue mucho y se van preparando para pasarlo de alguna manera mientras dura. En los supermercados se ven muchas estanterías vacías: la gente se lleva conservas, cereales, leche en polvo y otros alimentos que tienen plazo de vida largo.

    Muchas tiendas ya permanecen cerradas por haber agotado todas las existencias, o por falta de clientes como el caso de las numerosas boutiques de Beirut. Aquellas que abren, se quedan ociosas: nadie está para esas cosas ahora.

    Los verduras y las frutas subieron de precio. El valle de Bekaa y el sur de Líbano - principales proveedores de productos agrícolas - se ven sometidos a bombardeos artilleros y aéreos y es bastante difícil transportar los bienes porque muchas carreteras han sido destruidas.

    Los colchones, las mantas y las sábanas subieron aún más: alrededor de 750.000 personas se habían visto obligadas a dejar sus hogares para buscar refugio provisional en escuelas, mezquitas, monasterios o edificios públicos.

    Las principales autopistas que conectaban el norte y el centro de Líbano con las poblaciones del este y el sur están en ruinas. Lo que había sido dos semanas atrás un viaje ameno de media hora puede convertirse ahora en una pesadilla de dos o tres horas. Para llegar a Beirut desde Saida, otra ciudad de la costa mediterránea, uno necesita subir primero hacia los montes y, tras larga peregrinación por rutas secundarias, bajar nuevamente hacia el litoral. Ya no se ven camiones ni furgonetas en Líbano: los conductores no quieren exponerse al riesgo después de que las bombas y los misiles israelíes destruyeron en Beirut varios vehículos que no tenían nada que ver con el suministro de armas a Hezbollah.

    Poco a poco, los habitantes de Beirut se van acostumbrando a las explosiones que se oyen desde los barrios del sur y al sonido de los aviones israelíes que sobrevuelan la capital libanesa. Familias enteras se instalan de noche en los balcones de sus casas para salvarse de un calor sofocante: los ventiladores y los sistemas de aire acondicionado son de poca ayuda por frecuentes cortes de electricidad. La gente saca mesas y sillas plásticas a la calle para jugar una partida de naipes o backgammon. En el famoso malecón de Beirut cuyas palmeras se extienden por cinco kilómetros han reaparecido ya pescadores y gente aficionada al jogging. En las cafeterías de Hamra, en el oeste de la capital, y en Al-Asrafi, barrio del este poblado por libaneses cristianos, se ven muchos jóvenes tomando una cerveza o un café y charlando hasta la madrugada. Por la mañana, la capital libanesa se queda durmiendo ahora a sus anchas, como si todos los días fueran domingo: la mayoría de las empresas, oficinas y comercios están cerrados, así que no hay por qué tener prisa.

    Estas apariencias de paz son engañosas. Dos semanas de operaciones bélicas han dejado en Líbano un saldo de 400 muertos como mínimo. Los hospitales están llenos de heridos y en el sur continúan combates encarnizados entre el Ejército de Israel y las milicias de Hezbollah.

    Nadie sabe qué es lo que podría pasar al día siguiente. Hace poco, varios aviones israelíes sobrevolaron a baja altura las regiones montañosas de Meti y Kesrouan, al noreste de Beirut, haciendo a los vecinos locales, mayoritariamente cristianos, sobrecogerse de miedo.

    El equilibrio y la paz habían sido muy frágiles antes de esa guerra y los libaneses siempre habían temido que estallara algo.

    Ahora viven con los nervios de punta, así que el menor imprevisto o una escalada del conflicto volverá a dejar desértico el malecón de Beirut.   

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