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    EL LÍBANO PUEDE CONVERTIRSE EN UN SEGUNDO IRAK

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    Vladimir Ahmedov, colaborador del Instituto de Orientalismo (Academia de Ciencias de Rusia), para RIA Novosti. A semejanza de Irak, el Líbano puede convertirse criadero para los terroristas del mundo entero.

    Vladimir Ahmedov, colaborador del Instituto de Orientalismo (Academia de Ciencias de Rusia), para RIA Novosti. A semejanza de Irak, el Líbano puede convertirse criadero para los terroristas del mundo entero.

    A tal resultado pueden conducir las prolongadas hostilidades entre unidades del ejército israelí y el movimiento radical chiita Hezbollah. A través de los países limítrofes al Líbano se precipitarían los extremistas acuartelados ahora en el territorio iraquí. Tal cariz de los sucesos repercutiría nefastamente en el destino del área mesoriental y del mundo en general. El secuestro de soldados israelíes por combatientes de Hezbollah en la frontera libanés-israelí desembocó en una operación militar regional sin precedentes por su magnitud y significado. Por primera vez en estos últimos decenios, los misiles lanzados por los árabes alcanzan ciudades israelíes alejadas de la frontera norte del país. Hezbollah ha conseguido lo que no pudieron hace ejércitos regulares árabes a lo largo de toda la historia del conflicto árabe-israelí. Y eso que Hezbollah, según señalan expertos militares de países árabes, todavía no ha comenzado a guerrear a su plena capacidad combativa. Este evidente éxito moral y técnico ha motivado que los líderes del movimiento hayan cambiado de retórica política. Mientras antes el movimiento se posicionaba como resistencia popular defensora de los intereses del Líbano, en su reciente discurso su líder, el jeque Hasan Nasrullah, manifestó defender los intereses de todo el mundo islámico. Esta tesis y, con más razón todavía, las acciones del movimiento chiita entrañan amenaza no sólo para toda la región, pues pueden alterar seriamente la correlación de fuerzas allí.

    El éxito de Hezbollah es pernicioso no sólo para la población de Israel sino perjudica asimismo el prestigio de los gobiernos árabes. Según se desprende de la reciente intervención del presidente egipcio Hosni Mubarak, los líderes del mundo árabe se han visto en una situación de veras delicada. El problema estriba en que, a tenor de los acuerdos interárabes, en caso de agresión contra un país árabe, los demás tienen que prestarle apoyo. ¿Pero qué medidas pueden adoptar realmente en la situación configurada? ¿Declarar la guerra a Israel? La mayor parte de los líderes árabes no arden en deseos de hacerlo, pero con su forzada inacción desacreditan a sí mismos ante los ojos de la población de sus respectivos países. Hasta el momento, las masas populares árabes no se han volcado a las calles, pero en una perspectiva bastante próxima podrían protagonizar amplias protestas de consecuencias impredecibles. Dados el aumento de la tirantez en la mayor parte de los países del área y la acrecida popularidad de las fuerzas opositoras, todo esto podría tener por resultado el derrocamiento de los regímenes existentes que, a diferencia de Hezbollah, no supieron erigirse en defensores de los intereses de los pueblos árabes, del mundo islámico. Tomando en consideración la importancia energética, geopolítica y de transporte que tiene Oriente Próximo, tal evolución de los sucesos podría repercutir negativamente en la estabilidad política y económica internacional. En los países mesorientales, la única fuerza política real que pueda reemplazar a los regímenes actuales, son los movimientos islamistas o, para ser más precisos, los movimientos políticos que actúan bajo la bandera del Islam. Y los actuales regímenes árabes que, aunque no son democráticos pero convenientes para Occidente, serían sustituidos por otros con los que sería sumamente difícil encontrar lenguaje común. Valga como botón de muestra la victoria obtenida en la Autoridad Nacional Palestina por el Movimiento Islámico de Resistencia (HAMAS). A propósito sea dicho, precisamente la perspectiva de perder el poder podría mover a los dirigentes de algunos países árabes (por mucho que lo quisiesen evitar) a emprender hostilidades contra Israel. De tal modo podrían actuar las autoridades sirias, sin ir más lejos.

    Por eso, la situación en Oriente Próximo en modo alguno se presta a pronósticos optimistas con tanta más razón que difícilmente se pueda afirmar a ciencia cierta que la campaña militar sea detenida. Alegando a militares israelíes, los medios de comunicación social disertan sobre una posible desarticulación de HAMAS en el curso de dos semanas. Pero estos planes pueden resultar abortados, cosa que tampoco los israelíes pueden dejar de comprender. De momento la realidad es tal que los masivos ataques aéreos asestados por Israel contra la infraestructura del Líbano le importan un comino a Hezbollah que mantiene su plena disponibilidad operacional y asesta golpes de represalia tan intensos como en los primeros días de la operación militar. El jeque Nasrullah ya advirtió que al proceder Israel a bombardear la infraestructura social del Líbano, para Hezbollah ya no existen limitaciones algunas y a los israelíes les esperan unas sorpresas sumamente desagradables. Y eso que originariamente, Hezbollah planeaba asestar golpes sólo contra los militares israelíes.

    Al propio tiempo, existe la hipótesis de que el movimiento chiita provocó a Israel a sabiendas, consciente de que el secuestro de un soldado israelí por el brazo armado de HAMAS tuvo por resultado la incursión israelí en la franja de Gaza.

    Cabe tomar en consideración asimismo los ánimos reinantes en el propio Líbano. Es que Israel lanza sus ataques fundamentalmente contra instalaciones civiles libanesas y contra bases logísticas y oficinas de Hezbollah. Se registran víctimas entre la población civil incluso en las zonas no afectadas por la prolongada guerra civil del Líbano y que tampoco resultaron azotadas por la anterior invasión de Israel en este país. Correspondientemente, incluso aquellos estratos de la población libanesa que inicialmente condenaban las acciones de Hezbollah, ahora asumen actitudes cada vez más hostiles hacia Israel. Pero ya sin eso, en el Líbano es bastante alto el índice de popularidad del movimiento chiita en tanto el más enérgico y que procura atender las necesidades sociales de los ciudadanos, al tiempo que el jeque Nasrullah goza de respeto entre la mayor parte de los libaneses, indistintamente de sus credos religiosos. Y si aun antes de los recientes trágicos sucesos el gobierno libanés no supo desarmar a Hezbollah, tal como lo prescribe la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, con menos razón todavía podrá hacerlo ahora. Es muy dudoso que lo consiga Israel, pues para ello tendría que poner bajo su control todo el territorio del Líbano. ¿Osará emprender tal paso el gobierno de Ehud Olmert?

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