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    ¿RECONSIDERAR A LA COMUNIDAD MUNDIAL?

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    Ekaterina Kuznetsova, jefa del Sector de Problemas Europeos (Centro de Estudios de la Sociedad Postindustrial), RIA Novosti. La reforma de la ONU nunca ha sido tema de debates para el público estadounidense versado en la política, como tampoco lo ha sido el problema de relaciones bilaterales entre EEUU e Inglaterra.

    Ekaterina Kuznetsova, jefa del Sector de Problemas Europeos (Centro de Estudios de la Sociedad Postindustrial), RIA Novosti. La reforma de la ONU nunca ha sido tema de debates para el público estadounidense versado en la política, como tampoco lo ha sido el problema de relaciones bilaterales entre EEUU e Inglaterra.

    Pero el primer ministro británico Tony Blair eligió precisamente a EEUU para aclarar su visión de la reforma de Naciones Unidas y la futura configuración política del mundo. Al intervenir en Washington, en la Universidad de Georgetown, Blair se tomó la libertad de formular el principal problema metafísico de relaciones internacionales, manifestando “debemos crear la comunidad mundial”, como si ésta no existiese o aquello que leva este nombre no lo fuese en realidad.

    Blair expuso sus sugerencias respecto al ordenamiento de la vida internacional, las que inmediatamente fueron bautizadas como “doctrina Blair”. Muchas de las medidas que él propone adoptar son sensatas y oportunas, además se exponían en más de una ocasión ya. El primer ministro propone ampliar el Consejo de Seguridad, otorgar más amplias facultades para el secretario general en lo de realizar el relevo y emplazamiento de contingentes de paz y determinar el orden de operaciones humanitarias.

    Pero el sentido de tales propuestas no estriba en ellas mismas sino en lo que está tras ellas. El primer ministro británico sostiene que ya es hora de dejar de aguantar el pisoteo de los valores universales, tales como la libertad, la democracia, la tolerancia y la justicia, y empezar a actuar, hasta en forma de realizar intervenciones militares en el exterior, si la situación lo exige. Pero para poder realizarlo, hace falta reformar la ONU.

    Según Blair, para “reconsiderar a la comunidad mundial”, hace falta solucionar tres problemas clave: poner en orden la administración de la ONU, optimizar el sistema de gastos y perfeccionar la justicia; investir a la ONU de facultades reales para mantener la paz y estimular el desarrollo, y, por ultimo, “injertar la cultura de la democracia” a las instituciones internacionales.

    Los llamamientos en cuestión no están dirigidos a EEUU, sino a aquellos Estados que se oponen categóricamente a la realización de la reforma de la secretaría y el presupuesto de la ONU. El primer ministro británico no hizo sino expresar la posición común de la comunidad occidental, en oposición al resto del mundo.

    Además, no se trata simplemente de una opinión. Ya es real que el 1-ro de julio la ONU puede verse sin presupuesto para el segundo semestre. Es sabido que los principales donantes de la ONU, en primer lugar EEUU y el Japón, vinculan tácitamente la transferencia de sus cotas  con la realización de las reformas estructurales mencionadas, en lo que insisten los Estados más ricos.

    El deseo de éstos de reformar la ONU  de acuerdo con sus nociones e intereses es comprensible. Pero las nociones de ellos entran en colisión con las de otros países, los que aspiran a mantener el principio de la igualdad, manifestando que no se debe admitir que los derechos y posibilidades sean proporcionales a las cuotas que se paguen, pues en tal caso sería una ONU completamente distinta.

    Quizás a algunos les parezca ilógico que unos pagan, pero son otros quienes disponen del dinero pagado. Pero precisamente tal fórmula la hizo recordar a los “ricos” el Grupo de los 77 ( aunque en realidad ya comprende 132 Estados en desarrollo, incluida China), manifestando que es inadmisible que las decisiones concernientes al presupuesto y el personal se tomen sin someterlas a debate de la Asamblea General, o sea por la mayoría de la comunidad mundial.

    Las objeciones fundamentales que hacen los países en desarrollo tienen que ver con las facultades de la Asamblea General, especialmente  con su derecho a controlar la política administrativa y presupuestaria que aplica el secretario general y a determinar el mandato de él. La mayoría de la ONU ha calificado de demasiado “expansionistas” las propuestas que hizo Kofi Annan: de investirlo al secretario general del derecho a redistribuir y reclasificar hasta el 10% de los puestos durante el período fiscal, con el fin de dirigir los recursos ahorrados a cumplir las tareas prioritarias y sincronizar los ciclos de financiación, los cuales no se determinan de acuerdo con el año calendario sino en función de los plazos de realización de los programas.

    Además, Annan no dijo nado respecto a los mecanismos de rendimiento de cuentas antes la Asamblea General, y ello es lo más importante.

    El comité para el presupuesto rechazó también la propuesta de Annan de determinar plazos fijos del examen del presupuesto en reuniones plenarias y grupos de trabajo.

    Traducido del lenguaje burocráticos al común, ello significa que el secretario general obtendría el derecho a quitar recursos de los programas que se financian de sobra y dirigirlos a aquellos en que las finanzas escasean, a enviar el personal allá donde existe la mayor necesidad de él, así como elaborar el presupuesto partiendo de la valoración de la eficacia de los programas, pero no bajo presión de Estados miembros, etc.

    La actual confrontación en la ONU tiene su origen en la disparidad de enfoques:  a la aspiración de la mayoría a mantener el status quo se opone el enfoque  pragmático a la ONU como a una estructura en que los magnos objetivos se combinen con la eficacia.

    Los más grandes donantes de la ONU quieren tanto poder gozar de mayor influencia como también tener garantizada mayor transparencia en la utilización de los recursos. Pero a falta de objetivos estrictamente económicos, será muy difícil elaborar claros criterios de la eficacia del funcionamiento de la ONU. En opinión de ellos, la Organización de las  Naciones Unidas desde hace mucho ya se ha convertido en una fundación de caridad muy poco transparente, la que no responde por nada, no promete nada, pero absorbe el dinero de los patrocinadores. También es obvio que la idea de una ONU convertida en corporación va contra los intereses de los países en desarrollo, porque los convierte en una especie de accionistas minoritarios que gozan de menores posibilidades y sólo reciben migajas del pastel general. El derecho a voto “en la reunión general de los accionistas” no les consuela nada. Porque ello ya no sería la ONU.

    Perecería que es inútil contradecir a la mayoría. Pero las manifestaciones que hizo Tony Blair vienen a confirmar que la aspiración de los “bienhechores” a imponer orden en la “organización benéfica” es más que seria, y los debates bien pueden redundar en una crisis de verdad.

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