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    La historia de una heroína negra

    Elaine Tavares
    2006-05-29

     


    (Que se cuenten las historias de los hombres y mujeres de este nuestro continente, tan lleno de luchas y héroes)

    Era una de esas desgraciadas noches de esclavitud en el año de 1819. Una esclava negra daba a luz a una niña. Sus dedos flacos la recibieron y la apretaron. Una más para sufrir. Pero, en aquella madrugada, en el pequeño condado de Dorchester, en el estado de Maryland, Estados Unidos, la niña que airaba los pulmones con fuertes gritos no iba a cargar el peso del dolor. Ella sería una libertaria, una de esas locas que a nada se dobla y, que años después, se haría una de las más importantes "conductoras" de negros, en dirección de la libertad.

    El nombre dado por su madre fue Aramita Ross. Pero pudo convivir muy poco con aquella que la había echado al mundo. Aún chiquita fue llevada a la plantación, bajo los cuidados de su abuela. Con seis años de edad ya estaba en el trabajo de una casa de gente blanca. Sufría mucha violencia. Una vez le pegaron únicamente porque había comido un torreón de azúcar. Ella mascaba su dolor, sintiendo que la vida era muy pesada. Cuando completó 11 años pasó a usar una badana en la cabeza, la que indicaba su salida de la niñez. Fue entonces que cambió de nombre. Se volvió Harriet y ya tenía el aire de la rebeldía en los ojos. Por eso, cuando el capataz de la hacienda le pidió ayuda para capturar un negro que había huido, ella se negó. No lo haría. Por su desobediencia fue golpeada en la cabeza y sufrió por el resto de su vida las consecuencias de eso.

    Harrieta creció allí, en la plantación, siempre rebelde. Nunca pasó el 1,50m (el metro y medio). Era pequeña, de ojos penetrantes y llena de ideas de libertad. No iba a morir esclava. Cuando tenía 25 años se casó con un negro libre, John Tumban, y pasaba los días pensando en planes de escape. Cosa que no tenía eco junto a su pareja. El no compartía las locas ideas que ella susurraba en las noches de invierno. Quería irse para el norte, huir, ser libre también. Aguantó cinco años y, en una de esas noches frías, escapó al rumbo de Filadelfia. Su fuga fue digna de una película. Ayudada por una familia blanca, fue colocada dentro de una saca, en un vagón de tren, hasta estar segura en las casas de los abolicionistas que se revezaban en las rutas de fuga.

    Llegó entera y muy pronto empezó a trabajar. Del dinero que ganaba, una parte lo guardaba para liberar otros negros. Pero, a Harriet, dar el dinero no le bastaba. Aquella alma atormentada necesitaba hacer cosas mayores. Entonces, decidió liderar a las tropas de negros y blancos que marchaban hacia las haciendas para liberar a los negros. Hizo muchas de esas incursiones. En una de ellas, en el comando, llegó a liberar 750 negros a la vez. Todo eso ya bastaría para hacer de Harriet una leyenda, pero ella aún iría mucho más lejos. Como no era más una jovencita decidió abandonar el comando de las tropas y pasó a actuar como "conductora" en lo que quedó conocido como "la estrada de hierro subterránea".

    Ese ferrocarril no era una carretera de verdad. Era el nombre dado a la ruta de fuga de miles de negros en todo Estados Unidos. Una red muy bien urdida de rutas, casas y caminos los cuales los negros recorrían y en donde se abrigaban durante la gran travesía hacia la libertad. Esas rutas eran pronunciadas junto a los negros siempre con los nombres del ferrocarril para que no hubiera ninguna sospecha. Por eso las llamaron así.

    En el proceso de fuga la figura del "conductor" era, sin duda, la más importante. E Harriet se hizo uno de ellos. Fue la más famosa y la más eficiente. Armada con un revolver y con su coraje ancestral, ella llegó a cargar a más de 300 personas hacia los estados en los cuales la esclavitud ya estaba abolida. Nunca perdió ningún pasajero. Quedó conocida también por la consigna que enseñaba a los que conducía rumbo al norte: "Serás libre o morirás". Y fue con esa bravura que también cargó para la libertad a sus hermanos de sangre y a sus padres. Ese último viaje fue algo espectacular. No fue sin motivos que pasó a ser conocida como "el Moisés" de su pueblo.

    Harriet era maestra en el arte de la fuga y de los disfraces. Por eso salía y entraba al sur esclavista a cualquier hora. En 1857 su cabeza valía la recompensa de 40 mil dólares. Nunca la agarraron. Durante la guerra civil estadounidense, ella, ya vieja, trabajó como enfermera y espía de las fuerzas federales. Su nombre es reverenciado hasta hoy por todos los negros y negras de aquel país como una mujer que no aceptó su condición de esclava y, generosa y solidaria, dio su vida para garantizar la libertad de sus hermanos. Murió en 1930 siendo considerada una heroína nacional. Aún así, fue solamente en el 2003 que el Estado instituyó el día 10 de marzo (día de su muerte) como el día de Harriet Tumban, la Moisés del pueblo negro, la conductora, aquella que siempre buscó la libertad. " A dos cosas tengo derecho: a la libertad o a la muerte. Si no puedo tener una, tengo la otra. Nadie en este mundo puede tomar mi vida". Y así fue.

    Cuentan los negros que, hoy, cuando suena el pito de un tren allá por los lados del sur, todo aquello que sufre algún tipo de prisión, sea física o espiritual, siente un temblor. Es que se sabe que el sonido es el grito de Harriet, la conductora, llamando para embarcar en la gran travesía. Y siempre hay el que se levanta y encuentra el camino.

    - Elaine Tavares es periodista en Observatorio Latinoamericano/UFSC. EL OLA es un proyecto de análisis e observación de las luchas populares en América Latina. www.ola.cse.ufsc.br

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