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    Al leer las recientes declaraciones de algunos líderes norteamericanos, representantes de la OTAN, se crea la impresión de que no sólo los radicales islámicos y de otra índole, sino también las figuras aparentemente civilizadas, comienzan a distanciarse de la realidad, dejan de comprenderla y se ponen a actuar de manera irracional en extremo.

    SERGUEI KARAGANOV, subdirector del Instituto de Europa (Academia de Ciencias de Rusia), RIA “NOVOSTI”. Al leer las recientes declaraciones de algunos líderes norteamericanos, representantes de la OTAN, se crea la impresión de que no sólo los radicales islámicos y de otra índole, sino también las figuras aparentemente civilizadas, comienzan a distanciarse de la realidad, dejan de comprenderla y se ponen a actuar de manera irracional en extremo.

    El mundo va cambiando rápidamente. Resulta difícil vaticinar los derroteros de su movimiento y administrarlo especialmente a las personas y países acostumbrados a llevar la voz cantante.

    Estos diez-doce años últimos fue cometido un sinnúmero de errores monstruosos que costarán muy caro. Por  ejemplo, tres países: Paquistán, la India y Corea del Norte obtuvieron el arma nuclear y ahora ya se están legitimando en su papel nuevo. De hecho, no han quedado argumentos políticos ni morales capaces de frenar la proliferación sucesiva excepto  bombardeos o dadivas políticas y económicas. Pero su eficiencia suscita también crecientes dudas. En lugar de diálogo de las civilizaciones, de prestar apoyo a las fuerzas modernistas en el Oriente Próximo y Medio, de llenar el vacío de la seguridad en esta área, se optó por el rumbo de signo casi contrario. Como resultado del golpe asestado contra Iraq fue liquidado el régimen, aunque sumamente desagradable, pero uno de pocos laicos en la región. El error iraquí levantó una oleada de odio hacia el Occidente incluso entre aquellos  quienes odiaban a Saddam. El mundo occidental resultó dividido. EE.UU. perdió el capital moral y político.  Es poco probable que pueda servir de consuelo el éxito limitado en Afganistán, en que fueron derrotados los talibanes, pero no ha sido creado ni será creado, con toda  probabilidad, un régimen viable. Máxime que la guerra en Iraq y la lucha en torno a Irán viene socavando a ojos vistas la coalición antiterrorista y antirradical.

       No sólo en Oriente Próximo, sino también en América Latina comenzaron a formarse coaliciones antiyanquis. También en esta situación, según todos los indicios, algunos políticos occidentales- guiándose por el refrán: un clavo saca otro clavo- optaron por agravar relaciones con Rusia y China, para, aunque sea parcialmente, restablecer la solidaridad atlántica habiendo debilitando de paso a Europa.  Tal vez esperan que mediante su política de amenazas encubiertas y no demasiado encubiertas logren que Moscú renuncie al tono seguro e independiente que preside su política. Puede ser que intenten provocarlo, esperando que en respuesta Moscú recurra a la retórica y acciones insensatas, agravando la tensión internacional, y, además, velar de tal modo los fracasos que sufre su propia política.

       Se está preparando una nueva vuelta de la extensión de la OTAN. Ya se habla del posible acercamiento incluso de Australia, Corea del Sur, el Japón y Nueva Zelanda con la OTAN. No creo que estos países  ingresen en la OTAN o se acerquen a ésta. No lo necesitan. Pero el tufillo de la época de la PATO, la SENTO, la CEATO y otros pactos y seudopactos esfumados ha vuelto a sentirse.

       Se propalan rumores acerca del emplazamiento en Polonia, junto a las fronteras de Rusia, de los sistemas de defensa antiaérea contra los misiles terroristas que con toda probabilidad  no podrán alcanzar Polonia.

       Al mismo tiempo, a nivel semioficial, en la Asamblea Parlamentaria de la OTAN se anunciaron los preparativos para el ingreso en la OTAN de Croacia, Macedonia y hasta Albania que no corresponden a los criterios algunos de afiliación.

       Lo más principal es que Washington y Kiev hablan en serio de la más pronta extensión de la OTAN en 2008 a Ucrania. Ya se conocen los planes de una extensión más rápida sin celebrar referéndums algunos capaces de sepultar la idea de su extensión –si sus resultados no serán falsificados-, o de conducir a una escisión más profunda aún de la sociedad.

       En Ucrania buscan a engrosar la Alianza Noratlántica quienes no están seguros de sus fuerzas ni de la viabilidad del Estado ucraniano, quienes tienen  miedo a una Rusia más competitiva y quisieran convertir su Estado  en un eslabón de la cadena político-militar uniéndolo a EEUU.

       Los motivos occidentales no están muy claros, pero algunos de ellos pueden apreciarse.

       Entre ellos figura el deseo de atar más aún la Ucrania vacilante e inestable al sistema occidental. Seguramente, en EE.UU. hay quienes en vísperas de las elecciones buscan  ganarse los votos de los electores oriundos de Europa Oriental. Se cifran esperanzas en crear una nueva plaza de armas política pronorteamericana en Europa, además de Polonia. Máxime que la de Polonia funciona mal.  Varsovia resultó casi en aislamiento político en la Gran Europa. Pero los tradicionalistas de Varsovia sueñan con restablecer su dominio sobre Ucrania perdido siglos atrás.

       Sin embargo, al parecer, existen razones más estúpidas o simplemente la incomprensión de los resultados que para Ucrania tendría la extensión de la OTAN. Entre Rusia y Ucrania no existe la frontera demarcada. Dicen que en algunos lugares ya están cavando zanjas. Pero si van a demarcar ahora la frontera real (hoy esta existe solamente en papel y, además, alimenta a los aduaneros corruptos en los puestos), será imposible evitar enormes problemas. Es poco probable que Ucrania, como miembro de la OTAN, no tenga fronteras reales en Oriente. Intentarán demarcarla por tierra. Entonces surgirán centenares de problemas. Cada colina se considerará como estratégica y como histórico cualquier barranco. No es difícil imaginarse  con qué podrá concluir ese tira y afloje. Es muy probable que concluya con los sucesos lamentables, incluso sangrientos.  Millones de personas que trabajan ahora al otro lado de la frontera, podrán perder este trabajo, se verán separadas millones de familias. Surgirán decenas, centenares de conflictos y el síndrome de la nación dividida por ambas partes que hasta hoy se lograba evitar de grado o por fuerza. La situación podrá desarrollarse según el guión yugoslavo menos virulento, pero nadie podría plantearlo a ciencia cierta.

       ¿Lo comprenderán aquellos que abogan por la extensión de la OTAN a Ucrania? Algunos, si. Pero estoy seguro de que la mayoría simplemente pasa por alto este problema o  ha olvidado las enseñanzas de la historia reciente.

       Naturalmente, Rusia no es Serbia. Rusia resistirá esta prueba, aunque se debilitará por un tiempo y se verá obligada a integrarse en las alianzas antioccidentales. Y en Moscú serán muchos los que perderán la ilusión de seguir haciendo el papel de potencia statu quo. Un daño inconmensurablemente mayor será causado a Ucrania. Perderá su consocio de vital importancia, aunque no siempre muy cómodo, pero que  jamás jugaba contra ella.

       Espero que Rusia evite confrontación. Pero habrá de oponer resistencia dura y a veces, tal vez, desproporcionada.

       Sin embargo, lo principal es que el nuevo “arco de inestabilidad” artificialmente creado a lo largo de la frontera ruso-ucraniana sepultará la idea de alianza de las potencias mundiales frente a las nuevas amenazas y resucitará la rivalidad de bloques, sea en otra forma casi convertida en autentica farsa. Quienes desean seguir practicando este juego no son pocos. Pero los perdedores serán casi todos y sólo ganarán aquellos quienes buscan desestabilizar el mundo, ansían obtener las armas de destrucción masiva, o sea, los terroristas y radicales de todo pelaje.

       Es decir, precisamente aquellos contra quienes la comunidad de los países desarrollados y civilizados luchan oficialmente.

       Procede señalar que si parte de esa comunidad accederá  a la extensión superpeligrosa e insensata de la OTAN a Ucrania, perderá el derecho a esos epítetos tan sublimes. Quisiera fallar en mis recelos y sigo confiando en el racionalismo y el instinto de conservación de la que se titula civilización europea.

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