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    Rogelio Riverón

    En la nota de contracubierta de Presunciones (Letras Cubanas, 2005) se hace una rara aclaración: se asienta que el autor de estos ensayos, Alberto Garrandés, es un reconocido escritor y lector. Tal vez —y solo si no fuese un desliz— la editorial quiera poner demasiado énfasis en una premisa obligada (esa de ser lector), pero en el papel de lectores, efectivamente, estamos abocados a cierta suspicacia.

    Lo primero que debiéramos tener en cuenta ante una observación de este tipo, es que no puede tratarse de un lector apaciguado por las páginas que han ido desgastando sus ojos. Si estamos medianamente al tanto del devenir literario cubano desde inicios de la década de 1990, sabremos que Alberto Garrandés ha establecido con los libros (y con la crítica) una relación cuya sinuosidad es tan personal como exuberante. Dejando a un lado cualquier explicación sobre lo que es o debería representar un crítico literario —y la persistente disyuntiva de subordinación o autonomía con respecto a los textos con que trabaja—, es posible afirmar que Presunciones se insinúa como un pequeño tratado sobre la obligada literariedad de la crítica de libros.

    Con esa torcida frase quiero apuntar que hay textos de crítica literaria que parecen posicionarse fuera de la literatura, para desde allí obrar una interpretación que entonces no puede menos que resultarnos engañosa. Garrandés, por el contrario, sugiere estar convencido de que lo literario es un estado, y ese estado actúa como una especie de cláusula tanto a la hora de asumir la escritura de ficción, como al momento de analizarla. Me refiero, acaso, a una mínima enunciación de su libro. Otros lectores comprobarán lo pertinente de asumir la crítica desde un yo sin ambages, como una experiencia de tanta intensidad que nos impele a comunicarla. Estructurado en tres segmentos (tres módulos de caracterización, dice el autor), Presunciones abarca todo el siglo XX de la narrativa cubana, y parte de este aún lozano XXI. Su primera fracción se extiende hasta la década de 1950; la segunda se detiene con especial perspicacia en la de 1960, un periodo del que —sospecho— mantenemos una visión por muchas razones esquemática, mientras que la tercera sección se prolonga hasta la actualidad. Algunos de esos textos, además de los dos de una coda en la que se exponen aristas de una poética bien definida, fueron redactados para publicaciones periódicas; otros eran inéditos hasta su inclusión en este volumen.

    El serbio Milorad Pavic, un escritor que niega el carácter secuencial de la novela, se ayuda de una metáfora-safari para ilustrar la concordancia entre quien escribe y quien lee. Pavic habla de un puma al que dos hombres mantienen atado con sendas cuerdas de las que tiran fuertemente. Si un hombre deseara acercarse al otro, sus cuerdas se aflojarían y el puma podría herirlos. Según esa lógica, el puma entre los dos hombres es el pensamiento, mientras que los cazadores representan al escritor y a su lector. No sé por qué recuerdo a Pavic a propósito de los ensayos críticos de Alberto Garrandés. En cualquier caso, la tensión que surja entre Presunciones y quien tenga la suerte de leerlo, debe originar un provecho de ida y vuelta, gracias a la prodigiosa relación de su autor con el devenir literario.

    Tomado de Granma

     

    PRESUNTOS IMPLICADOS

    Rogelio Riverón

    En la nota de contracubierta de Presunciones (Letras Cubanas, 2005) se hace una rara aclaración: se asienta que el autor de estos ensayos, Alberto Garrandés, es un reconocido escritor y lector. Tal vez —y solo si no fuese un desliz— la editorial quiera poner demasiado énfasis en una premisa obligada (esa de ser lector), pero en el papel de lectores, efectivamente, estamos abocados a cierta suspicacia.

    Lo primero que debiéramos tener en cuenta ante una observación de este tipo, es que no puede tratarse de un lector apaciguado por las páginas que han ido desgastando sus ojos. Si estamos medianamente al tanto del devenir literario cubano desde inicios de la década de 1990, sabremos que Alberto Garrandés ha establecido con los libros (y con la crítica) una relación cuya sinuosidad es tan personal como exuberante. Dejando a un lado cualquier explicación sobre lo que es o debería representar un crítico literario —y la persistente disyuntiva de subordinación o autonomía con respecto a los textos con que trabaja—, es posible afirmar que Presunciones se insinúa como un pequeño tratado sobre la obligada literariedad de la crítica de libros.

    Con esa torcida frase quiero apuntar que hay textos de crítica literaria que parecen posicionarse fuera de la literatura, para desde allí obrar una interpretación que entonces no puede menos que resultarnos engañosa. Garrandés, por el contrario, sugiere estar convencido de que lo literario es un estado, y ese estado actúa como una especie de cláusula tanto a la hora de asumir la escritura de ficción, como al momento de analizarla. Me refiero, acaso, a una mínima enunciación de su libro. Otros lectores comprobarán lo pertinente de asumir la crítica desde un yo sin ambages, como una experiencia de tanta intensidad que nos impele a comunicarla. Estructurado en tres segmentos (tres módulos de caracterización, dice el autor), Presunciones abarca todo el siglo XX de la narrativa cubana, y parte de este aún lozano XXI. Su primera fracción se extiende hasta la década de 1950; la segunda se detiene con especial perspicacia en la de 1960, un periodo del que —sospecho— mantenemos una visión por muchas razones esquemática, mientras que la tercera sección se prolonga hasta la actualidad. Algunos de esos textos, además de los dos de una coda en la que se exponen aristas de una poética bien definida, fueron redactados para publicaciones periódicas; otros eran inéditos hasta su inclusión en este volumen.

    El serbio Milorad Pavic, un escritor que niega el carácter secuencial de la novela, se ayuda de una metáfora-safari para ilustrar la concordancia entre quien escribe y quien lee. Pavic habla de un puma al que dos hombres mantienen atado con sendas cuerdas de las que tiran fuertemente. Si un hombre deseara acercarse al otro, sus cuerdas se aflojarían y el puma podría herirlos. Según esa lógica, el puma entre los dos hombres es el pensamiento, mientras que los cazadores representan al escritor y a su lector. No sé por qué recuerdo a Pavic a propósito de los ensayos críticos de Alberto Garrandés. En cualquier caso, la tensión que surja entre Presunciones y quien tenga la suerte de leerlo, debe originar un provecho de ida y vuelta, gracias a la prodigiosa relación de su autor con el devenir literario.

    Tomado de Granma 

     

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