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    España prorroga el estado de alarma por el coronavirus (165)
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    El lenguaje avanza, se ajusta a las circunstancias o se convierte en oficial después de haber pasado por miles de bocas. Estos días de emergencia sanitaria también han alcanzado cierto protagonismo términos que antes no existían.

    La micropoetisa Ajo escribía hace unos días este mensaje en redes sociales: "Hasta el zircoño de los balconazis". Incluso conociendo su maestría a la hora de retorcer el lenguaje, unas semanas atrás nos habría sido imposible conocer el significado de estas palabras. Ahora, en plena emergencia sanitaria provocada por el coronavirus, se entiende mejor. ¿Por qué? La coyuntura actual, que decreta el encierro en casa, ha demostrado varias cosas. Entre ellas, la de generar un vocabulario nuevo (aparte de los ejercicios de solidaridad o de antipatía entre vecinos).

    Por eso, ese zircoño y ese balconazis que antes parecerían un jeroglífico ahora pueden entenderse más fácilmente. Funcionan como la conjunción de dos términos. Uno expresa el cansancio provocado por el espectáculo que se lía cada día en las casas. Y el otro la existencia de controladores sin placa desde sus ventanas. Ejemplos que se amplían con covidiota, chapandemia o cuarenpena que viene a definir a aquel que se despreocupa por el COVID-19, a quien adoctrina al resto de personas con consejos o precauciones y al estado de tristeza que supone no salir a la calle más que a por comida.

    Tales creaciones, surgidas a raíz de la pandemia de coronavirus (que en España supera las 20.000 muertes y los 200.000 contagios), reflejan esa certeza de que el lenguaje muta y se adapta al presente. Las palabras, como la realidad , se modifican o alcanzan un uso cotidiano imprevisto según el momento. Y así como el diccionario acoge cada día más anglicismos como selfi o brunch, poco a poco se escuchan conceptos como infodemia para denunciar la falta de información en medio de la pandemia, confitado (por la falta de ejercicio en el confinamiento) o conroñavirus, la dejadez en los hábitos de higiene durante este periodo.

    ​El fenómeno ha dado tanto de sí que el médico y escritor Alberto García-Salido montó en Twitter el Covidccionario, recopilando estos nuevos conceptos. A los mencionados se le añaden reasignaciones a palabras registradas con anterioridad. Opinión, por tanto, ahora es "cosa que sale de los labios de cualquiera. A veces condimentada con conocimiento y otras con prejuicios o creencias. Parecen iguales pero no son lo mismo". Ventana es "parte de nuestra casa que durante el periodo de confinamiento disfruta de una clara actualización de su sistema operativo".

    Y pandemia, que en la Real Academia de la Lengua (RAE) significa "enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región" ha pasado a ser un verbo. Pandemiar vendría a ser "acumular pan" o "elaborar pan de manera compulsiva", a tenor de la afición súbita por hacer este alimento básico.

    Hasta el diario The New York Times se ha hecho eco del fenómeno. Al covidiota español le suple el covidiot inglés, referido a quien no respeta los mandatos de las autoridades o comete irresponsabilidades que perjudican a los demás, como incumplir la distancia social o propagar bulos. En su lista de nuevas palabras, el periódico estadounidense ha utilizado también coronacomaanticoronavirus.

    ​Otra de las consecuencias lingüísticas de esta pausa vital es meter en la cesta de nuestra sabiduría acrónimos como EPI (Equipo de Protección Individual), escuchado o leído a diario o desescalar, sinónimo de graduar. Por no hablar de fórmulas aritméticas como SARS-CoV-2 o COVID-19 para aludir al virus. Ambas son válidas a nivel internacional, no como mascarilla, que en Cuba son nasobucos y en Argentina son barbijos.

    ​Nada que ver con esa manía de usar verbos y sustantivos bélicos para abordar la enfermedad. Se reproducen en todos los idiomas, llegando a analogías de un calibre desmesurado como la comparación del coronavirus con Pearl Harbour. "Batalla", "primera línea", "derrotar", "trinchera"… "Aquí no sufrimos bombardeos, fusilamientos, no pasamos hambre o sed por falta de alimentos o bebida, aquí no, quizás en Yemen, Siria y Somalia (por citar algunos), y no veo justo comparar nuestra situación con la de aquellas pobres gentes", afirmaba Alejandro González Lada en una carta al director enviada al medio digital La Nueva España.

    "El COVID-19 no es ningún cuerpo especial de combate, es un virus que ha provocado una pandemia, y podemos dar gracias de que el único sacrificio que se nos pide como ciudadanos es quedarnos en casa, saliendo a comprar lo necesario para seguir con la cuarentena; ¿se imaginan hasta qué punto estarían dispuestos a sacrificarse las personas que viven en sus carnes una guerra para poder tener a sus seres queridos en nuestra situación actual?, si es así, con una migaja de empatía entenderás por qué no conviene alterar al pueblo más de lo debido; si no estás para sumar, no restes ni dividas", sentenciaba, convencido de que parte de este vocabulario impregna ideológicamente esta letal dolencia.

    A los neologismos sintácticos o semánticos les han atravesado en tiempo récord las dos fases que requiere una palabra para ser popular. Por un lado, la invención a secas. Por otro, la difusión a gran escala. Pasos que en plena alerta de salud se han fundido al milímetro y que dejan en duda si seguirán poblando nuestras conversaciones cuando todo esto acabe. Cuando se pueda estar en un lugar público con más gente. Entonces, a lo mejor, alguien soltará "estoy hasta el zircoño de los balconazis" y el resto asentirá sin pestañear, habituado a ese tipo de frases que nacieron durante la pandemia.

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    España prorroga el estado de alarma por el coronavirus (165)
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    vocabulario, diccionario, Real Academia de la Lengua Española, pandemia de coronavirus, coronavirus de Wuhan, coronavirus en España, coronavirus, lingüística, lenguaje
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