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    La excepción cultural francesa es ya un mito del pasado. La 'americanización' de Francia parece inevitable y solo algunos intelectuales de edad avanzada parecen alarmados ante el fenómeno.

    En este país hay todavía cantantes cercanos a los 80 años vestidos como cowboys que han pasado décadas imitando letras y música del otro lado del Atlántico. Quedaron enganchados al rock que desembarcaba pocos años después que los marines y nadie se atrevió a burlarse de ellos. La Francia del siglo XXI es el principal consumidor europeo de música rap y de hamburguesas de la más célebre marca de comida rápida proveniente de Estados Unidos.

    Son dos simples anécdotas, pero que sirven para reflejar que la lucha por la supervivencia cultural, tan cacareada durante años por los estamentos públicos franceses, lleva camino de tirar definitivamente la toalla.

    Antes de continuar, admito que ya el simple término de americanización es incorrecto y significa caer precisamente la trampa cultural de considerar como América solo a los 50 estados que componen los llamados Estados Unidos de América, e ignorar en esa definición al Centro, al Sur del Continente, al Caribe y a Canadá.

    La demolición de la República

    Francia es también el país europeo donde las nuevas teorías sociales importadas de EEUU tienen mejor acogida. Sumida en una guerra de identidades fomentada por intereses ligados al clientelismo político, el universalismo, la búsqueda de la igualdad, la consideración de un solo pueblo, en definitiva, los fundamentos que definen la República, se ven zarandeados por los Cultural studies, los Genders studies, las teorías descoloniales e indigenistas de ciudadanos franceses que, copiando el modelo norteamericano, pretende convencer a los inmigrados e hijos de inmigrados de que su lucha debe ser la misma que la de los ciudadanos negros de Estados Unidos.

    El combate por la reducción de las desigualdades sociales va cediendo terreno a la racialización de las relaciones sociales, a la institucionalización de las diferencias étnicas ante la falta de reacción de sindicatos y partidos políticos, tan desorientados como la mayoría de ciudadanos que, como señala el geógrafo, Laurent Cholard, "se sienten tan perdidos ante el proceso de aculturación que solo encuentran una posible solución en el modelo multicultural que se les propone, debilitados para reivindicar la cultura de sus ancestros".

    Los intelectuales del Saint-Germain-des-Prés de los años 60 formaban parte de los adalides de la lucha contra la influencia cultural —y, por tanto, política— de Washington y Hollywood. Cinco décadas más tarde, reivindicar la historia, la cultura y la lengua francesa frente a las GAFAM y Netflix puede ser considerado un delito de antiprogresismo, cuando no de conducta reaccionaria.

    "¿Cómo nos hemos convertido en norteamericanos?"

    Pocos son los que se atreven a levantar las armas contra la aculturación acelerada. El pequeño grupo de resistentes está encabezado por intelectuales que combinan la dedicación a los libros con el cuidado de sus nietos, y entre ellos, destaca Regis Debray; quien publicó en 2018 el ensayo que en español se traduciría "Civilización. Cómo nos hemos convertido en [norte] americanos".

    En su libro, el antiguo camarada de Che Guevara en Bolivia señala algunos puntos que demuestran esa americanización de su país: la desaparición de la diferencia entre la esfera pública y la privada, la ruptura entre el mundo de las ideas y el de la acción, el negocio como fin absoluto, o la desaparición del modelo republicano, sin olvidar el empobrecimiento de la lengua ante el empuje del globish, el inglés que se impone y que incluso se convierte en lingua franca en el Elíseo de Emmanuel Macron y en sus ministerios.

    El presidente francés es una de las bestias negras de Debray y otros filósofos y escritores de su quinta, como Pascal Bruckner o Alain Finkielkraut. Jamás le perdonarán haber afirmado que "no existe una cultura francesa". Tampoco haberse convertido en un propagador de conceptos como start up nation y utilizar otros términos ingleses que —por otra parte— todos los medios de comunicación franceses, incluidos los públicos –no tienen reparo en utilizar, incluso para dar nombre a programas o rúbricas y que harían palidecer a puertorriqueños o a canadienses francófonos.

    McDonald vence a De Gaulle

    La Macdonaldisación de Francia empezó en los años 50, cuando Estados Unidos sufragó con 2.438 millones de dólares del Plan Marshall la reconstrucción económica y social del país liderado por Charles de Gaulle. Otro préstamo de 300 millones concedido por el presidente Truman llevaba como cláusula obligatoria la proyección de cine norteamericano en las salas francesas, salvo una semana al mes.

    Pero una cosa es agradecer el sacrificio del D-Day y otra convertirse en colonia. De Gaulle dio algunos pasos para sacudirse una tutela que el Partido Comunista Francés combatió durante la Guerra Fría. Pero la potencia de Hollywood, el Reader's Digest y la comida rápida (o basura) fue imparable en esa época y sirvió de base para la implantación definitiva de la influencia norteamericana, a pesar de los intentos de por preservar el patrimonio cultural nacional.

    La demolición de la escuela republicana a partir de los años 80 contribuyó a la pérdida de identidad y a la propagación de la ignorancia de los valores que desde la Revolución habían sustentado a la nación francesa.

    ​Se concretaban así los temores de la filósofa francesa —citada en el libro de Debray—, Simone Weil, que ya en 1943 temía que, "una vez desaparecido el peligro nazi, llegara a Europa una americanización que sería el inicio de la americanización del globo terrestre". En otras latitudes la oposición a este fenómeno ha costado incluso vidas. En Francia se presume de combatirlo, pero se le abre la puerta sin el más mínimo pudor.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    McDonald's, influencia, impacto, EEUU, Francia
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