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    El cierre de la segunda década de este siglo encuentra a Latinoamérica con una economía estancada, insatisfacción social por la creciente desigualdad, desencanto hacia los políticos tradicionales y una injerencia cada vez más abierta de EEUU en los procesos domésticos de los países.

    Este decenio había comenzado con tasas de crecimiento de la economía muy elevadas, con millones de personas saliendo de la pobreza, con el Banco Mundial destacando la expansión de las clases medias y un escenario político dominado por gobiernos de centroizquierda y de izquierda.

    Este cuadro comenzó a alterarse a partir de mitad de década, culminando este período con economías en recesión, rebeliones populares demandando mejoras en la calidad de vida diaria, millones de personas cayendo nuevamente en la pobreza y gobiernos que han girado hacia el centroderecha y la derecha, incluyendo golpes de Estado, como en Bolivia.

    Como en la década de 1980, esta también será una década perdida para América Latina en términos de bienestar social y crecimiento económico.

    Dos mitades

    A partir de la segunda mitad de la década, casi todos los países registraron crecimiento nulo o recesión económica, lo que ha precipitado importantes conflictos políticos y sociales.

    Estos años turbulentos contrastan con los vividos en la primera década del nuevo siglo, extendiendo la bonanza hasta la mitad de esta que termina.

    Fue un período de estabilidad general y auge en algunos casos, debido a un contexto internacional muy favorable, por el alza de los precios de las materias primas, y por políticas domésticas de redistribución progresiva del ingreso.

    Crecieron de ese modo las clases medias y la pobreza disminuyó. El Banco Mundial estimó que las clases medias habían crecido un 50% y que pasó a representar el 30% de la población. Más de 50 millones de personas pasaron a integrar las clases medias.

    La irrupción de China como potencia emergente y fuerte demandante de materias primas para consolidar su propia expansión mejoró sustancialmente los términos del intercambio de los productos de exportación de los países latinoamericanos.

    Se conformó así la década ganada; exactamente, fue década y media.

    Este ciclo virtuoso giró abruptamente hacia un marco económico y político de tensiones, retrocesos y conflictos. Las economías se sumergieron en un ciclo de estancamiento que coincidió con gobiernos conservadores y, a la vez, con un contexto internacional desfavorable.

    China sigue creciendo a tasas elevadas pero ya no a un ritmo de dos dígitos, y los precios de las materias primas retroceden desde sus máximos.

    La región tuvo en 2011 el último año de crecimiento fuerte, al anotar un alza superior al 4% anual, mientras que en 2012 fue ligeramente del 3%, y entre 2013 y 2015 fue inferior al 2%.

    A partir de ese último año, la actividad económica latinoamericana se estancó. Como se detalló en un anterior artículo, los últimos seis años, de 2014 a 2019, ofrecen un panorama macroeconómico fulminante: caída del Producto Interno Bruto, descenso del PIB per cápita, retroceso de la inversión, del consumo per cápita y de las exportaciones, y un sostenido deterioro de la calidad del empleo.

    Las proyecciones de crecimiento de la CEPAL para 2020, si bien mejoran un poco, no son alentadoras.

    La estimación es de apenas 1,3% en promedio que, si se confirmara, concluirá el septenio (2014-2020) de menor crecimiento económico en la región en los últimos 40 años.

    Color político

    La Unasur fue la institución de unidad regional que expresó el ciclo de alza de la economía y de la confluencia política progresista en el continente.

    Fue el símbolo del predominio de gobiernos del color nacional y popular. Cuando nació la Unasur, los presidentes eran Cristina Fernández de Kirchner (Argentina), Lula da Silva (Brasil), Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Correa), José Mujica (Uruguay) y Fernando Lugo (Paraguay).

    La expansión de la economía y la estabilidad política fueron la marca destacada de la primera década del nuevo siglo. A partir de la mitad de la segunda se empezó a debilitar y, también como símbolo de esos cambios, los gobiernos de derecha y centroderecha desarticularon la Unasur.

    La mayoría de los presidentes de izquierda o centroizquierda fueron reemplazados por otros de color político opuesto. Con ellos vino el estancamiento económico, pero también una mayor intervención de las Fuerzas Armadas y de fuerzas policiales en la vida política doméstica y la irrupción de masivas movilizaciones populares que se rebelaron a medidas regresivas en términos económicos y sociales.

    Marchas y contramarchas

    El brusco movimiento en péndulo de esos años muestra que América Latina es un continente que está buscando su destino. Es un escenario donde se puede observar como un laboratorio político de marchas y contramarchas, de revoluciones y contrarrevoluciones.

    Protestas en Bolivia
    © REUTERS / Carlos Garcia Rawlins
    No aparece una línea homogénea. Es un espacio político y económico en disputa. Se avanza en el sendero del progresismo en un territorio, como en Argentina, con el triunfo de la coalición popular liderada por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, desplazando al líder de la derecha Mauricio Macri. A la vez, se retrocede en otro, como en Bolivia, que padeció el golpe de Estado contra Evo Morales, sedición liderada por grupos de ultraderecha apoyados por EEUU.

    El cuadro regional es complicado. La década y media de expansión ha generado mecanismos defensivos que han sido alimentados por una memoria histórica reciente del bienestar reciente. Por ese motivo, las fuerzas reaccionarias no logran consolidarse, lo que exacerba el odio, la venganza y la revancha motorizados por esos gobiernos conservadores.

    En este empate hegemónico, como lo definió el sociólogo argentino Juan Carlos Portantiero en la década de los 70, tampoco logran instalarse las tendencias de la transformación social.

    En ese escenario complicado, América Latina explora en forma muy conflictiva los caminos de su bienestar, sin una ruta preestablecida consensuada.

    Injerencia

    Estos años turbulentos en términos económicos y políticos coinciden con el regreso de EEUU como actor relevante en la dinámica interna de los países de la región.

    No era que había desaparecido su influencia en América Latina, sino que se había distraído.

    El nuevo siglo comenzó con una modificación radical del panorama regional porque se había producido el derrumbe de la experiencia neoliberal en la mayoría de los países latinoamericanos.

    A la vez, Washington había desviado un poco el foco sobre América Latina porque estaba impactado por el 11-S y estaba ocupado en las guerras en Irak y Afganistán.

    Es un período en que coincidió con el desprendimiento de los lazos que unía al FMI con varios países de la región.

    El acontecimiento más importante fue la cancelación anticipada de los créditos con el FMI, casi en simultáneo, de Brasil, Argentina y Uruguay, por unos 26.000, 10.000 y 1.000 millones de dólares, respectivamente.

    Con el cierre del ciclo de expansión e inicio de uno de estancamiento, el FMI, o sea EEUU, potencia mundial que tiene dominio sobre esa institución financiera internacional y, más aún, cuando está relacionada con América Latina, regresó con sus políticas recesivas.

    El Gobierno argentino de Mauricio Macri lideró ese retorno al FMI, seguido por la Administración de Lenín Moreno en Ecuador.

    Con la experiencia del fin de la Guerra Fría, período donde se produjo la instalación y el posterior fracaso de gobiernos neoliberales, EEUU decide apoyar en esta segunda década del siglo XXI a una nueva generación de líderes de derecha.

    Lo hace para que implementen políticas neoliberales, de libre comercio y predominio de las finanzas.

    Doctrina Monroe

    EEUU reafirmó en estos años la conocida Doctrina Monroe. Esta nació con el mensaje al Congreso, en 1823, del entonces presidente James Monroe, en referencia a los asuntos interamericanos.

    Esa doctrina expresó que EEUU iba a "considerar todo intento de su parte (potencia extrarregional, en ese momento, Europa) para extender su sistema a cualquier nación de este hemisferio, como peligroso para nuestra paz y seguridad".

    Ya no es Europa el enemigo que EEUU identifica como peligroso, sino China y también Rusia, que son consideradas potencias que "amenazan" su seguridad.

    Por esa razón ha revitalizado la Doctrina Monroe y, con esa bandera geopolítica, ha lanzado una serie de operativos de intervención en la realidad política regional.

    Un manifestante en Quito
    © REUTERS / Carlos Garcia Rawlins
    Empezó con las destituciones de los presidentes constitucionales de Honduras, Manuel Zelaya, en 2009, y de Paraguay, Fernando Lugo, en 2012.

    El caso de Bolivia, con el golpe de Estado contra el Gobierno de Evo Morales, es el más reciente y más evidente.

    Resulta obvio que esa doctrina solo puede ser enunciada y puesta en práctica por una potencia que tiene una muy importante capacidad de intervenir en la soberanía de otros países.

    Eso lo puede hacer solo EEUU; ningún otro país en la región. Como se ha señalado en varias oportunidades, el territorio al sur del Río Bravo hasta Ushuaia, la ciudad más austral del continente americano, Washington lo considera su patio trasero.

    Cualquier movimiento que ponga en cuestionamiento su ordenamiento geopolítico lo evaluará como un riesgo.

    Líderes y fuerzas políticas incluidos en la definición de populistas o promotores de gobiernos de populismo radical son indicados como un peligro para los intereses estadounidenses.

    Son considerados, de ese modo, no solamente porque impulsan medidas progresistas y de desarrollo con inclusión, sino, especialmente, porque abrieron las puertas comerciales y de cooperación de la región a China y a Rusia.

    La reversión del ciclo de expansión a uno de estancamiento, para culminar con otra década perdida, no solo tiene su origen en un contexto económico internacional menos favorable y en gobiernos conservadores que aplicaron políticas regresivas, sino que debe incorporarse en esa evaluación la injerencia perturbadora a la estabilidad regional por parte de los EEUU.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Tema:
    Lo más importante de 2019 (77)
    Etiquetas:
    EEUU, economía, China, golpe de Estado, Venezuela, Chile, crisis política, América Latina
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