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    Un sarcófago de Chernóbil (imagen referencial)

    Francia: El Chernóbil de Emmanuel Macron

    © Sputnik / Presidential Press Service of Ukraine
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    La nube tóxica de Chernóbil se frenó justo antes de pasar las fronteras francesas. Todavía se recuerda en modo irónico la reacción de las autoridades de París a la contaminación que, desde la central ucraniana, se extendía por la Europa del Oeste en la primavera de 1986.

    Las redes sociales muestran hoy los informativos de la época y a los responsables políticos y científicos franceses negando la realidad, en un ejemplo de comunicación que  daría lugar al primer premio internacional de noticias falsas. Se pretendió entonces proteger a la industria nuclear francesa. Los cánceres de tiroides que se multiplicaron en el país años más tarde confirmaron la gravedad de las mentiras. Salvando las distancias, parece que la lección no fue del todo aprendida.

    En la madrugada del pasado 26 de septiembre, la fábrica Lubrizol, considerada "Seveso" por su peligrosidad según la normativa de la Unión Europea, explosionó inundando la atmósfera de la ciudad de Rouen (capital de Normandía, al noreste de Francia). Una inmensa nube negra ocultaba el cielo de la ciudad fetiche de los pintores impresionistas y esparcía a decenas de kilómetros un polvo negruzco que no solo impregnaba el casco de la ciudad, las huertas y granjas adyacentes, sino las gargantas y los pulmones de los habitantes de Rouen y sus cercanías.

    Nada menos que 5253 toneladas de productos almacenados por Lubrizol fueron destruidos en la explosión y el fuego posterior. Ante la alarma, la primera reacción gubernamental fue minimizar el impacto de suceso. Así, un día después del accidente, el ministro del Interior, Christophe Castaner, aseguró que "no había peligro".

    El prefecto de la región Seine-Maritime manifestó, el día siguiente, que la calidad del aire "era normal", pero los agricultores habían recibido ya la orden de no vender sus productos y los ganaderos de no alimentar a sus animales con materias que estuviera en contacto con el polvo negro.

    "Nuestros hijos están en peligro"

    La alarma cundía entre los ciudadanos: vómitos, dolores de cabeza, sequedad de garganta, lengua ardiendo. Eran los síntomas denunciados por una población civil asustada por los efectos de lo desconocido. Los colegios fueron cerrados para proceder a su limpieza por "erradicadores" con poca protección.

    Y, mientras tanto, el gobierno seguía intentando "no crear pánico". El primer ministro, Edouard Philippe, decía el 30 de septiembre que "había olores molestos, pero no nocivos". La incertidumbre y el enfado de la población, las organizaciones ecologistas y la oposición, especialmente de izquierda, iba en aumento.

    La ira de los normandos crecía al no obtener información sobre el tipo de producto que se quemó. Lubrizol fabrica lubricantes industriales, aceites para motores, carburantes y otras sustancias químicas. Se teme, además, que se hayan expandido por el aire fibras de amianto.

    "Nuestros hijos están peligro", clamaban los ciudadanos ante la desinformación del gobierno de Emmanuel Macron, que dejaba a su primer ministro capear el problema mientras el permanecía en silencio.

    Tuvo que ser la Ministra de Sanidad, Agnes Buzyn la que reconociera públicamente que la ciudad de Rouen "estaba claramente contaminada". Casi una semana después, el gabinete de Edouard Philippe admitía la realidad, pero no calmaba la inquietud: "no lo sabemos todo", reconocía el jefe de gobierno.

    Ni las autoridades ni los responsables de la fábrica quisieron dar a conocer la lista completa de los productos que con la explosión y el incendio se convirtieron en un cóctel de desconocidas consecuencias. Mientras tanto, el agua del río Sena transporta sustancias gelatinosas provenientes de Lubrizol.

    Los responsables de la empresa hicieron saber que la ocultación de datos respondía a la necesidad de proteger la propiedad industrial, y dejaban caer la sospecha de un ataque premeditado sobre la fábrica, sin duda para huir de las posibles sanciones e indemnizaciones que podrían enfrentar.

    Propiedad de warren buffett, "El capitalista bueno"

    Lubrizol pertenece al holding del multimillonario norteamericano Warren Buffet, el magnate favorito de la progresía mundial que defiende en Estados Unidos una mayor presión impositiva para los más acaudalados y que sufraga a los candidatos demócratas. Presentado por algunos como un representante del "capitalismo con rostro humano", Buffett declaró en su día que "existe una verdadera lucha de clases, pero que la clase de los ricos estamos ganando".

    En Normandía, Warren Buffett va a tener la posibilidad de demostrar su lado humano. De momento, el gobierno francés empieza a orientar las críticas hacia la empresa. Cada parte huye de sus responsabilidades hasta que se conozca en detalle —si se llega a conocer— el contenido de los componentes químicos lanzados a la atmósfera y que condenan ya a los agricultores de las zonas afectadas, a quienes se les ha prometido indemnizaciones por tirar a la basura sus cosechas. El problema es saber si sus tierras quedarán afectadas de por vida.

    Una verdadera catástrofe que levanta de nuevo el temor sobre los controles de centros calificados "Seveso". En la memoria de los franceses despertó el recuerdo de la fábrica AZF de Toulouse, cuya explosión en 2001 provocó la muerte a 31 personas y heridas a más de 2500.

    Ante la gravedad de los hechos y la ausencia de información clara de las autoridades, la inquietud de los ciudadanos de Rouen ha dado lugar a todo tipo de temores. La ministra francesa para "la Transición energética y la Solidaridad", Elisabeth Borne, se ha apresurado a subrayar que la comparación de Lubrizol con Chernóbil es "absurda". Habrá que esperar a obtener informaciones más precisas y, sobre todo, vigilar las consecuencias en el futuro de este desastre para medir el grado de absurdidad de la comparación.

    De momento, sí se puede decir que la reacción oficial del gobierno francés no ha estado a la altura de lo que podría esperarse. La comunicación, que consiste a considerar a los ciudadanos como ignorantes con tendencia al pánico y la exageración, es propia de dirigentes que descubrieron el significado del término "glasnost" en labios de los dirigentes que tuvieron que hacer frente al accidente de la central de Chernóbil. Hace ya más de 30 años.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    medioambiente, contaminación, Rusia, Ucrania, planta nuclear, tóxicos, Francia, Emmanuel Macron, central nuclear de Chernóbil, Chernóbil
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