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    Biopiratas del siglo XXI y la "transmaterialización" de la vida (2 parte)

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    José Negrón Valera
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    Para el segundo acto, un pequeño dirigible surca los copos de los árboles en Gabón. Desde una balsa, un grupo conformado por bioquímicos de distintas universidades y empresas trasnacionales esperan pacientes que el artefacto explore y recoja la rica biodiversidad.

    Entre las compañías transnacionales están Givaudan Roure, dedicada al comercio de fragancias y sabores para megafirmas como Armani, Dior y Balmain. La crónica nos llega por la reportera del New York Times, Marlise Simons.

    "En la medida que la naturaleza en climas más fríos ha sido totalmente explorada, la búsqueda de nuevas moléculas se ha mudado al trópico" relata Simmons.

    Los científicos se encuentran en una expedición por la fundación Pro-Natura. El lugar elegido es el dosel de la selva tropical "la frontera natural más rica pero menos conocida de la tierra", afirman. Algunos de ellos, según Simmons, luego de la jornada de trabajo, se muestran interesados en compartir sus descubrimientos, el resto, empleados de corporaciones farmacéuticas y de estética "llevarán sus muestras a casa y mantendrán su información en secreto para proteger su competitividad". Todos parecen ganar con Gabón, menos Gabón.

    "Hemos encontrado el arquetipo del Biopirata de siglo XXI"

    Hace unos meses, un amigo cercano me confió una anécdota que suele contarse en los círculos más íntimos de ciertas instituciones venezolanas, dedicada a la ciencia y tecnología.

    "Aquí vienen extranjeros en supuestos viajes turísticos a la Gran Sabana y de pronto los ves con una bolsa plástica recolectando tierra, musgo de las rocas, hojas de los árboles. Dudo que vengan en un viaje de placer", me confiaba.

    La historia que no pude confirmar, no parece tan descabellada luego de leer la crónica de Simmons.

    Durante semanas, el relato de este amigo, quien ha ganado varios concursos sobre innovación y es asesor internacional en Big Data, seguía allí en un incómodo bucle, que es la forma usual en que la intuición informa que algo (o todo) puede ser verdad.

    Fue así que llegué al profesor venezolano Julio César Centeno. Investigador de la Universidad de Los Andes, con estudios doctorales en la Universidad de Nueva York y California. Su estilo acompasado y seguro, lo sostienen décadas de investigación reconocida por las más importantes organizaciones de defensa ambiental. Un artículo sobre Biopiratería en Venezuela fue la puerta de entrada a un diálogo con Sputnik.

    Atiende a mi inquietud con el relato del magnate estadounidense Craig Venter, quien pasa su vida navegando por los mares y océanos del planeta recolectando "diversidad microbiana en mares y costas, normalmente sin autorización de los países afectados".

    "Hemos encontrado el arquetipo del Biopirata de siglo XXI", me dije de inmediato.

    Venter, según Centeno, realizó un muestreo intensivo de los Galápagos, el Mar Caribe, el Mar de los Zargazos y la Polinesia, entre otros sitios de interés. El secuenciamiento genético lo lleva a cabo en su propio instituto IBEA en Rockville, Maryland.

    "Venter actúa con la protección del gobierno de Estados Unidos. Ha recibido 12 millones de dólares del Gobierno norteamericano para crear nuevas formas de vida en los laboratorios de IBEA que puedan producir energía limpia o extraer gases de efecto invernadero de la atmósfera. Ha solicitado patentes sobre miles de genes del cerebro humano. Ahora amenaza con privatizar microbios, o sus modificaciones genéticas, independientemente de lo que reclamen las naciones. La expedición, financiada por el Gobierno de Estados Unidos, desafía la soberanía de las naciones sobre la biodiversidad y alardea haber descubierto 1.214.207 genes, o porciones de ADN, diez veces más de los que los científicos creían que existían, incluyendo 800 genes fotoreceptores que convierten la luz del sol en energía. Sus biotecnólogos construyen nuevas formas de vida a partir de pedazos de microbios y compuestos híbridos con materia orgánica e inorgánica. El paso adicional hacia nuevas formas letales de armas biológicas no es difícil de imaginar", concluye Centeno.

    Una historia de despojos

    "La biopiratería no es algo novedoso", analiza Centeno, quien también funge como asesor internacional para la conferencia de naciones unidas para el medio ambiente y desarrollo.

    "Durante el holocausto provocado por la invasión española a América, con la aniquilación de unos 80 millones de indígenas, los conquistadores se apropiaron no sólo de oro, plata, perlas, diamantes y esclavos, sino también de semillas de papa y maíz, fuentes primordiales de alimentos", destaca.

    Para Centeno, la biopiratería actual busca "la privatización de recursos biológicos públicos o colectivos y su apropiación por parte de empresas o instituciones del norte industrializado". Han centrado su atención hacia los países más ricos en diversidad: mega-diversos del mundo se destacan Brasil, Colombia, Venezuela, Indonesia, Malasia, India, Sudáfrica y Congo.

    ​Coincide con distintos investigadores, en que dicha práctica ha logrado un auge, porque el desarrollo "de la biotecnología, la nanotecnología, la robótica" han reducido los límites de lo que puede ser apropiado del mundo natural. Las empresas más destacadas en esta área son Bayer, Pfizer, DuPont, Monsanto, Syngenta, Merck, Phystera, Searle, Dow, Elanco, Nestlé, Nordisk y Avon.

    "Los usurpadores intervienen directamente o a través de empresas locales, gobiernos, instituciones científicas, académicas, jardines botánicos, organizaciones humanitarias, religiosas o ambientalistas, algunas veces en secreto, otras veces con un despliegue de apoyo mediático" resalta.  

    Centeno entiende que la Biopiratería es parte  los "objetivos estratégicos" de los países de donde provienen estas transnacionales: Estados Unidos, Canadá, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Japón". Y revela datos esclarecedores: "el 83% de los recursos genéticos remanentes y biodiversidad se encuentra en los países en desarrollo", especialmente en los territorios que ocupan la franja tropical del planeta, sin embargo "el 75% de los recursos y tecnologías" para investigarlos y convertirlos en algo provechoso "se encuentran en países industrializados".

    Con estos números, es posible entender cabalmente, por qué Estados Unidos insiste permanentemente en "internacionalizar la Amazonía" y declararla como "patrimonio de la humanidad".

    Recordemos, señala Centeno, que en 1989 Al Gore, entonces senador y luego vice-presidente de Estados Unidos, declaró que "El Amazonas no le pertenece a Brasil. Nos pertenece a todos".

    Para Centeno, "Las aspiraciones de transnacionales y países industrializados por el acceso irrestricto y eventual control de los recursos genéticos de los países en desarrollo es una vieja aspiración, canalizada a través de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación)", pero también a través del Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB) de la Organización de Naciones Unidas, firmando en 1992 y su herramientas operativas como los protocolos de Nagoya, cuyo artículado "permite la confidencialidad de la información tanto sobre los procesos de acceso a los recursos genéticos, como sobre los resultados de dicho acceso y sobre la participación en la repartición de beneficios". Es decir, abre la ventana para la vulneración de los derechos de los pueblos.     

    — ¿Qué casos de Biopiratería serían los más escandalosos a su juicio?

    La lista sería interminable. Un ejemplo es el acuerdo de bioprospección entre la empresa multinacional Merck y una entidad privada creada para tal fin en Costa Rica: el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio). INBio tenía por objeto entregar 10.000 muestras de plantas nativas de ese país a Merck, a cambio de $1.135.000, más un porcentaje de potenciales regalías. Este mecanismo, que se ha tratado de reproducir en otros países, permite saquear recursos públicos y colectivos para el beneficio de empresas privadas interconectadas.

    Un acuerdo similar fue firmado por la empresa norteamericana Shaman Pharmaceuticals y una población indígena de la selva ecuatoriana para la obtención de muestras de plantas y acceso a conocimientos tradicionales sobre sus usos, a cambio de mejoras en infraestructura y promesas ilusorias de regalías futuras. Shaman Pharmaceuticals se dedicaba a la bioprospección en países tropicales en busca de productos comercializables por empresas farmacéuticas. Para facilitar su penetración en comunidades vulnerables creó una fundación con el llamativo nombre de Healing Forest Conservancy.

    En Ecuador "descubrió" que el látex de un árbol, el Drago (Croton lecheri), posee un principio activo utilizado por los indígenas en casos de diarrea. Shaman Pharmaceuticals registró cuatro patentes y se dedicó a promover plantaciones de Drago en asociación con comunidades en América Latina y África, con el compromiso de comprar el látex a precios preferenciales. Luego se declaró en banca rota, evadiendo sus compromisos con las comunidades involucradas.

    — ¿Está Venezuela siendo amenazada por la Biopiratería?

    Venezuela ha sido, y continúa siendo, víctima de la biopiratería. La presencia de la nefasta organización "religiosa" norteamericana Las Nuevas Tribus durante décadas en las selvas venezolanas contribuyó no solo a destruir el patrimonio cultural, mitológico y religioso de comunidades indígenas. Sirvió también para realizar exploraciones para la localización, identificación y cuantificación de recursos minerales y biológicos de carácter estratégico, así como para el saqueo de buena parte de los conocimientos ancestrales de las comunidades indígenas que sufrieron su presencia.

    Fueron finalmente expulsadas de Venezuela tras un prolongado proceso de investigación sobre sus múltiples atropellos tanto a los indígenas como a intereses estratégicos del estado venezolano.

    A finales del año 1998, durante el gobierno saliente de Rafael Caldera y a pocos días que el presidente entrante Hugo Chávez asumiera la presidencia, el Ministro del Ambiente de esa época, Rafael Martínez Monro, firmó un contrato con la Universidad Federal de Zurich, Suiza, en el que otorga derechos de acceso a los recursos genéticos y a recursos "intangibles" del territorio Yanomami. Los 'intangibles' incluyen los conocimientos y prácticas ancestrales de las comunidades indígenas. Dicho contrato fue suscrito sin la debida notificación a las poblaciones Yanomami y sin su consentimiento.

    El contrato representa un inusitado saqueo de los conocimientos ancestrales de los Yanomami y de la biodiversidad genética de su territorio. El contrato explícitamente le otorga al colegio Eidgenössische Technische Hochschule (ETH) de Zürich, Suiza, una concesión para el acceso a los recursos genéticos y sus productos derivados "...con fines de investigación, prospección biológica, conservación, aplicación industrial y aprovechamiento industrial, entre otros".

    Una fundación privada operando en Venezuela, FUDECI, ha creado una base de datos llamada Biozulua. Incluye cientos de registros sobre recursos animales, vegetales y minerales utilizados por las comunidades indígenas del Amazonas venezolano y su localización geográfica a través de posicionamiento GPS. Específica los usos dados por cada comunidad indígena a estos recursos, ya sean de carácter medicinal, alimentario, religioso o farmacológico, y los procedimientos de preparación y consumo.

    Organizaciones indígenas venezolanas, tales como Conive y Orpia han denunciado que las actividades de FUDECI se realizaron sin el consentimiento previo de las comunidades afectadas, y que la mayor parte de la información fue suministrada sin estar debidamente informados que pasaría a formar parte de una base de datos propiedad de FUDECI. Nada impide que esta organización comercialice la información recolectada.

    Por último, investigadores de la Universidad de California pretenden haber "descubierto" un agente anti-inflamatorio llamado pseudopterosin, obtenido de Pseudopterogorgia elisabethae presuntamente en aguas venezolanas del Mar Caribe. Este producto forma parte de una crema comercializada por la empresa Estee Lauder llamada Resilience.

    La organización canadiense RAFI estima que sólo entre 1998 y el año 2000 esta patente le generó a la Universidad de California regalías por más de 750.000 dólares. La universidad también ha llegado a acuerdos de comercialización sobre el mismo producto con otras dos empresas, OsteoArthritis Sciences Inc y Nereus Pharmaceuticals. Ya para el año 2000 se estimaban beneficios millonarios por este concepto.

    — ¿Qué puede hacerse para defenderse de la biopiratería?

    La constitución de Venezuela explícitamente prohíbe el registro de patentes sobre los recursos genéticos y sobre los conocimientos ancestrales de comunidades indígenas. Sin embargo, el Convenio de las Naciones Unidas sobre Diversidad Biológica sí los permite, amparando así las actividades delictivas que sobre esta materia proliferan sin control en las selvas tropicales suramericanas.

    Urge una acción conjunta y coordinada tanto por los gobiernos de los países amazónicos, como por los diferentes grupos indígenas de la región, para establecer mecanismos que impidan y penalicen la biopiratería, la expropiación de recursos genéticos y el saqueo de los conocimientos ancestrales de las comunidades indígenas.

    No te pierdas la primera parte del material sobre la biopiratería del siglo XXI


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    recursos naturales, indígenas, Venezuela, EEUU, biodiversidad, amazonía
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