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    Una mujer con los símbolos de la UE

    Elecciones en Europa: una prueba decisiva que no emociona

    © AFP 2019 / Isabel Infantes
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    Europa acude de nuevo a votar. Dentro de unas dos semanas, 374 millones de personas están convocadas a participar en el segundo escrutinio democrático más grande del planeta, después del indio.

    Los ciudadanos de los 28 Estados de la Unión Europea (UE) deberán elegir si los partidos europeístas o sus adversarios antieuropeos toman el control de la agenda del Viejo Continente en un momento muy delicado, tanto, que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, no ha dudado en calificarlo como el más peligroso desde la Segunda Guerra Mundial.

    El líder del Partido por  la Libertad, Heinz-Christian Strache,  la líder de Reagrupación Nacional, Marine Le Pen y el líder de ultraderecha italiana, Matteo Salvini
    © REUTERS / Alessandro Garofalo
    El contexto no es nada propicio. Los comicios se desarrollan en medio de una crisis de identidad sin precedentes de la UE, reforzada por el Brexit, la salida prevista pero aún no confirmada del Reino Unido de este club comunitario creado en 1957. Estas elecciones europeas sacan a flote las profundas contradicciones que existen entre los distintos socios, y ponen en evidencia la urgente necesidad de reformar una institución continental que debe enfrentarse a los grandes retos del siglo XXI, evitando caer en el statu quo y la resignación.

    Sin embargo, pese a su enorme trascendencia política, la votación no despierta ni interés ni emociones. Ni siquiera en España, uno de los países más europeístas de la UE, donde una de cada tres personas se muestra partidaria del federalismo, es decir, de una mayor integración europea como vía para los Estados Unidos de Europa.

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    La participación electoral en toda la UE ha ido cayendo sin freno desde hace cuatro décadas. En 1979 rondaba el 62% pero en 2014 no llegó al 43%. ¿A qué se debe esta solemne apatía?

    Existen múltiples razones, pero una de ellas es que Bruselas no transmite optimismo, cercanía y orgullo por los resultados que consigue. Sigue siendo percibida por muchos europeos como un aparato burocrático eficaz pero frío, valioso pero lejano, lo que favorece el auge del euroescepticismo y, más allá, de la eurofobia tan en boga.

    El Parlamento Europeo, crisol de ideologías y tendencias, no es más que una pobre víctima de este sentimiento colectivo negativo. Hasta ahora la "gran coalición" de partidos de centro-derecha y de centro-izquierda ha venido controlando los designios del poder legislativo con sede en Estrasburgo y Bruselas. El Partido Popular Europeo (PPE) y la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D) han ocupado rotatoriamente la Presidencia de la Cámara por turnos de dos años y medio.

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    Esa práctica puede tener los días contados porque la "gran coalición" va camino de perder su mayoría parlamentaria, después de 40 años, según los últimos sondeos demoscópicos. Las previsiones basadas en datos y encuestas nacionales independientes compiladas por la empresa Kantar Public, sugieren que los dos bloques obtendrán sólo el 45% de las voces del hemiciclo, frente al actual 53%. Las proyecciones le otorgan al PPE 180 puestos y al S&D 149, de los 751 diputados que están en juego, pues el Reino Unido ha confirmado que finalmente participará en las elecciones. Los grupos de extrema derecha y euroescépticos ganarán bastantes escaños, pero los partidos europeístas seguirían siendo la fuerza más votada si se suman los representantes de los Liberales y los Verdes.

    ​Una de las funciones estrella del Parlamento Europeo pasa por designar al próximo presidente de la Comisión Europea. Si se confirman los pronósticos de las encuestas, el sustituto del luxemburgués Jean-Claude Juncker podría ser el alemán Manfred Weber, pues fue elegido como "Spitzenkandidat" (candidato líder, en alemán) del PPE en un proceso de primarias entre otros pretendientes.

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    Pero eso implicaría que tendrían que votarle tres o más grupos, lo que representaría un hecho inaudito. Weber, de 47 años y oriundo de la región de Baviera, considera que China es la mayor amenaza económica para la Unión, defiende un mecanismo vinculante del Estado de Derecho para garantizar los derechos de los ciudadanos, se opone al ingreso de Turquía y critica la dependencia energética de la UE con respecto a Rusia.

    Los nuevos diputados serán competentes para legislar —conjuntamente con el Consejo Europeo, formado por los jefes de Estado y de Gobierno de los 28 países— sobre mercado único, agricultura, pesca, energía, medioambiente, protección de datos, inmigración y docenas de otras esferas. Pero no podrán decidir sobre impuestos o política exterior, ni sobre salud, educación o vivienda, tres áreas que suelen importar, y mucho, a los electores.

    La Unión, que lleva 10 años de crisis en crisis, se dispone a entrar en un nuevo y proceloso periodo, sin consensos fáciles, lo que provocará más ansiedad si cabe. A este escenario de incertidumbre habrá que sumarle el lastre de un Brexit tan caótico como lamentable que debería estar resuelto antes del 31 de octubre.

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    La participación forzada de los británicos en estos comicios supone, además, otro factor de inestabilidad pues está convenciendo a los sectores más antieuropeos de que la UE es un ente irreformable, y les da el argumento de que Londres quiere bajarse del tren pero no le dejan hacerlo. Este argumento, sostiene en un reciente informe el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR, por sus siglas en inglés), es potencialmente peligroso porque tres cuartos de los europeos creen que el sistema europeo está roto y dos tercios piensan incluso que sus hijos vivirán peor que ellos.

    "Por consiguiente —subraya el ECFR—, es crucial que los principales partidos europeístas piensen cómo posicionarse como símbolos de cambio en un entorno en el que los partidos antieuropeos les presentarán como defensores del status quo en Europa".

    El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores pronostica que los antieuropeos obtendrán un buen resultado y destaca que, si Londres no participara, esos partidos nacionalpopulistas —el francés Reagrupación Nacional (RN), de Marine Le Pen, o el italiano Liga Norte, de Matteo Salvini— podrían haberse convertido en el segundo bloque de la Eurocámara, superado incluso al bloque de izquierdas.

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    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    elecciones, Brexit, UE, Bélgica, Reino Unido, España, Francia
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