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    Soldado del Ejército de Jalifa Haftar (archivo)

    Libia: la danza internacional de los hipócritas

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    Los chalecos amarillos se han trasladado al centro de la capital libia, Trípoli, pero las manifestaciones contra Francia han merecido poca atención internacional, aunque son el reflejo del rechazo que el apoyo de París al general Jalifa Haftar despierta en la zona controlada por el Gobierno reconocido, en teoría, por la comunidad internacional.

    La ofensiva del llamado Ejército Nacional Libio (ENL) sobre la capital comenzó hace más de dos semanas y la cifra de víctimas mortales crece cada día hasta acercarse a los doscientos. Para los partidarios del exgeneral del Ejército de Muamar Gadafi, el ataque tiene como objetivo acabar con el impasse político y militar que vive el país, desprovisto de instituciones estables y dividido en dos.

    Francia concita ahora las críticas de otras capitales europeas por su apoyo a Jalifa Haftar, al que incluso libró de una condena directa en un comunicado que había preparado la Unión Europea.

    El rol de París en la crisis libia es considerado ambiguo, incluso por analistas franceses. Emmanuel Macron sostiene oficialmente las decisiones de la ONU sobre ese territorio, pero desde hace años no ha querido perder la posibilidad de contar con la carta de Haftar.

    Tras los atentados islamistas que ensangrentaron París en 2015, Francia, entonces presidida por el socialista Francois Hollande, apostó por el hombre fuerte del Este libio, embarcado en una guerra sin cuartel contra los grupos yihadistas que pretendían llenar el vacío de poder con la inestimable ayuda exterior de los habituales patrocinadores del islamismo radical.

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    Francia no cambió de línea con la llegada de Macron al Elíseo. Los intereses de París pasan por frenar el islamismo armado en el norte de África y en el Sahel, defender sus intereses económicos en la zona, especialmente la explotación del petróleo en el Este libio, y contribuir al freno de la inmigración en el Mediterráneo.

    Para ello, París no juega a un solo caballo. Oficialmente, se alinea con otras potencias en el apoyo al Gobierno de Fayez Sarraj, patrocinado por la ONU, pero ha hecho todo lo posible por equiparar en reconocimiento diplomático a los dos rivales, sin contar con el aprovisionamiento de inteligencia y armamento, según Trípoli.

    Macron citó a Sarraj y Haftar en París, en mayo de 2018, en un encuentro con el que Francia pretendía sellar un conflicto que daña sus intereses, pero hasta ese momento, solo Sarraj contaba con el beneplácito oficial internacional, situación que Francia pretendió equilibrar.

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    Haftar ha justificado su ofensiva con la necesidad de eliminar a las milicias islamistas y la influencia de los "hermanos musulmanes " que, según él, mantendrían a Sarraj como rehén.

    Se acepta que facciones islamistas perviven en Trípoli, pero algunas fuentes subrayan que los grupos más radicales fueron expulsados en 2016.

    En cualquier caso, mientras las bombas siguen cayendo en la capital libia y en sus alrededores, socios europeos de Francia reiteran sus críticas a París, entre ellos Italia, antigua potencia colonial y otro de los países con intereses en Libia, que no tiene dudas en culpar a Macron de atizar el conflicto con su apoyo a Haftar.

    Roma no esconde la guerra comercial con su vecino. La empresa de hidrocarburos italiana ENI explota el petróleo libio desde hace décadas en competencia con la francesa Total.

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    Italia mantiene 300 soldados en territorio libio, además de un número indeterminado de miembros del servicio de inteligencia. El Gobierno de Luigi di Maio y Matteo Salvini teme que el deterioro de la situación en Libia provoque una nueva avalancha de inmigrantes hacia Europa, con escala en las islas italianas.

    Por eso, en días recientes Sarraj advirtió que había unos "800.000 emigrantes dispuestos a partir hacia Europa".

    Se trata de un llamamiento desesperado, pues la realidad es que no solo Francia confía en que Haftar se haga con el poder, sino que en el resto de Europa se mantiene oficialmente el apoyo a Sarraj en base al respeto a las instituciones internacionales, pero parece evidente que se conformarían con un régimen de fuerza que pusiera fin al caos libio.

    Al mismo tiempo, para estos Gobiernos pensar en elecciones es más una declaración obligada de buenas intenciones que una posibilidad real.

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    Egipto es el principal apoyo en la zona del jefe del ENL, que tiene a los Emiratos Árabes Unidos y ahora también a Arabia Saudí como suministradores de fondos. En el bando opuesto a los intereses de los países citados, Catar y Turquía parecen perder pie en la batalla por la influencia estratégica en el área. 


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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