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    Una de las mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda

    El fracaso de la Alianza de Civilizaciones

    © AP Photo / Vincent Yu
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    Luis Rivas
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    Pocas iniciativas internacionales como la denominada Alianza de Civilizaciones han tenido menos éxito e impacto. Nacida en 2005 a iniciativa del expresidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y del entonces primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, languidece ahora por falta de fondos e interés.

    Miguel Ángel Moratinos, el excanciller del gobierno de Zapatero, es desde noviembre pasado, el nuevo 'Alto Representante' de la Alianza de Civilizaciones que, a pesar de figurar como organismo bajo el paraguas de la ONU, no disfruta de los fondos presupuestarios de esa institución.

    Es por ello por lo que Moratinos se ve obligado a recorrer el mundo a la búsqueda de dinero procedente de empresas privadas, interesadas en esta organización nacida para "promover el diálogo interreligioso e intercultural, para prevenir y combatir la hostilidad y los estereotipos negativos entre los pueblos y combatir los radicalismos".

    Nacida de las cenizas dejadas por los atentados islamistas de Nueva York, Bali, Madrid o Londres, casi 15 años después se puede afirmar que poco se ha avanzado en lo que, en el fondo, era una iniciativa para frenar el radicalismo musulmán al tiempo que se intentaba hacer comprender a las sociedades occidentales que debían reflexionar sobre las circunstancias por las que individuos radicalizados podían pasar a la acción e intentar imponer sus convicciones a base de bombazos.

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    Desde entonces, el mundo, y en especial, Europa, ha sido escenario de atentados que certifican la impotencia del diálogo de civilizaciones para frenar acciones islamistas que en muchos casos son apoyadas por gobiernos concretos y que van de la mano de la penetración de un islam político que se abre camino en un Viejo Continente incapaz de encontrar la adecuada respuesta política y de seguridad que la amenaza representa.

    París, Bruselas, Berlín, Estocolmo, Barcelona o Estrasburgo guardarán para siempre las heridas de los atentados perpetrados en nombre de Alá por personas que, por supuesto, no representan a la mayoría de los creyentes musulmanes. Pero una cosa es evitar la culpabilización de una religión y otra evitar el debate sobre la misma.

    Miguel Ángel Moratinos pone como ejemplo de validez de la Alianza de Civilizaciones la labor que el organismo hizo para calmar las reacciones violentas que la publicación en Dinamarca de caricaturas de Mahoma produjo en ciertos países de mayoría musulmana. Lo cierto es que esos dibujos satíricos no hubieran llegado a tener un impacto tal si algunos gobiernos no hubieran agitado la revuelta para desviar sus problemas internos. Mucho más triste fue que en Francia fueran algunos representantes oficiales de la comunidad musulmana local los que llevaran a los tribunales a la publicación que reprodujo las caricaturas, Charlie Hebdo.

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    Pocos países como Francia han desplegado oficialmente a nivel nacional iniciativas como las pretendidas a nivel internacional por la Alianza de Civilizaciones. El fracaso se mide en muertos. La matanza de la redacción de Charlie Hebdo fue seguida de los peores atentados cometidos sobre suelo francés, en el sangriento noviembre de 2015.

    ¿Qué no han intentado ciertos dirigentes políticos españoles para evitar que una minoría de los hijos de la emigración magrebí consideren su propio país de nacimiento como un enemigo? ¿Por qué países tan generosos con la emigración y tan abiertos al multiculturalismo —como Alemania o Bélgica— se muestran impotentes ante la radicalización de algunas personas que rechazan el sistema que les concede una nueva oportunidad lejos de su país?

    Se suele hacer una distinción entre los individuos o los grupos que pasan a la acción terrorista y las doctrinas del islam radical no violento. Pero en Europa, una verdadera acción de una Alianza de Civilizaciones debería entrar de lleno en la acción del islam político que, a través de organizaciones como los 'Hermanos musulmanes', trabajan por la separación de la comunidad musulmana local del resto de la sociedad.

    Los gobiernos se muestran reticentes a entrar en un debate necesario que prefieren evitar por razones electoralistas —clientelismo político— y por temor a ser considerados "islamófobos", el término-arma utilizado para evitar toda crítica al islam.

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    Buena parte de la izquierda, privada de los votos de obreros y parados, ha apostado por los ciudadanos musulmanes para convertirlos en los nuevos parias de la Tierra, aceptando, en ciertos casos, imposiciones sociales que van en contra de la mayoría de esos mismos musulmanes y, en especial, de las mujeres pertenecientes a esa comunidad. Intentar jugar con la contabilidad de víctimas de atentados es otra de las actitudes que no llevan a ninguna parte. Oponer la matanza en las mezquitas de Nueva Zelanda a los asesinatos de cristianos en Nigeria es tan estúpido como improductivo.

    Se dirá que por estas mismas razones la Alianza de Civilizaciones es más necesaria que nunca. Pero, ¿cómo se puede pretender frenar el fanatismo —porque de eso se trata en realidad— si este está atizado por gobiernos que también forman parte de la ONU y se permiten la burla de contribuir a la supervivencia de un organismo como la Alianza de las Civilizaciones? Participar para controlar mejor, sería su lema.

    Los gobiernos europeos y la invención de la Alianza de Civilizaciones tienden a insistir en un error cuando se trata de abordar las relaciones con el mundo musulmán: confunden religión con raza; ven a todos los musulmanes como un conjunto homogéneo; pretenden considerar como respeto la represión de la crítica, y se muestran incapaces de comprender que la mayoría de los musulmanes, en Europa como en el resto del mundo, pretenden vivir como cualquier otro ciudadano, independientemente de su creencias o cultura: vivir en democracia, en paz y en libertad. Una libertad que incluye la religiosa, la política o la sexual.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    terrorismo, atentado, musulmanes, islam, islamofobia, José Luis Rodríguez Zapatero, Recep Tayyip Erdogan, Europa, España, Turquía