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    2019: la inocultable crisis de las alianzas occidentales

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    Vicky Peláez
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    Este año que recién comenzó no trae la seguridad y prosperidad que anuncian los políticos y líderes occidentales de turno, quienes prometen el repunte de la economía mundial.

    "Siempre se necesita aquello que no se sabe y aquello que se sabe no tiene ningún uso"

    (Johann Wolfgang von Goethe, 'Fausto')

    Realmente lo que tratan de ocultar los globalizadores es que, por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el sistema de las alianzas occidentales creado bajo la tutela norteamericana está en una brutal crisis. Lo peor, existen todas las condiciones para una posible recesión debido al estancamiento de la economía mundial.

    La Organización Mundial de Comercio (WTO), la OTAN, el G20, el G7, el Foro Económico Mundial y las Naciones Unidas, todas estas organizaciones, que durante los últimos 70 años han estado imponiendo al mundo sus recetas de desarrollo político y socioeconómico, están perdiendo autoridad y muestran su incapacidad para encontrar un nuevo modelo de desarrollo económico que reemplace al neoliberalismo, que entró en una fase de estancamiento.

    El próximo Foro Económico Mundial, que se celebrará en Davos el próximo 22 de enero, se quedará sin el invitado principal, el presidente de EEUU, Donald Trump. Tampoco acudirá a esta reunión para discutir los retos para la humanidad en los próximos 10 años el presidente de Francia, Emmanuel Macron.

    ​No hace mucho, el presidente ruso, Vladímir Putin, definió la actual situación global como desastrosa, subrayando que "cada organización global tiene tendencia negativa de una magnitud jamás registrada en los últimos 70 años".

    El estado de la economía mundial, que se encuentra en una de las crisis económicas y financieras más profundas desde la Gran Depresión, según el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DAES) de las Naciones Unidas, confirma este aserto. Tanto los países desarrollados como las naciones en proceso de desarrollo están atravesando el período de desplome de los precios de las materias básicas, la disminución de los flujos comerciales internacionales, la caída del turismo y el deterioro de la capacidad adquisitiva de los habitantes del planeta. En la misma primera potencia del mundo, EEUU, el 78% de sus trabajadores vive de un cheque semanal al otro, como lo constata el Departamento Laboral de EEUU.

    Más información: Cómo Trump está llevando la economía mundial a una crisis

    Sin embargo, el empobrecimiento de la nación no impide al Gobierno de EEUU gastar 1,5 billones de dólares para las Fuerzas Armadas y mantener en 164 países —que representan el 84% de las naciones del planeta— más de 800 bases militares y 4.500 'Sitios de Defensa' (bases clandestinas). Resulta, como lo comprobó David Vine en su libro 'Base Nation: How U.S. military bases abroad harm America and the world', EEUU es el poseedor del 95% de todas las bases militares en el mundo. Así, Washington gasta 150.000 millones de dólares anualmente para su mantenimiento. Mientras tanto, China tiene solamente una base militar en el extranjero; Rusia, Francia y el Reino Unido tienen cada uno entre 10 a 20 instalaciones militares fuera de sus países.

    ​La política 'errática' de Donald Trump, que está generando permanentemente controversias externas, no es tan anárquica como parece, sino que está diseñada especialmente para encubrir y amainar los problemas políticos, económicos y sociales internos que están golpeando a EEUU.

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    A la vez, los medios de comunicación globalizados al servicio del 'Estado Profundo' están señalando al actual inquilino de la Casa Blanca como el acelerador y catalizador principal, prácticamente de todo lo que está yendo mal en el mundo. Trump es un simple operador del 'establishment' cuyas ideas no coinciden necesariamente con las de los representantes del poder real ejercido por los más ricos y poderosos del planeta.

    Han sido ellos los que orquestaron las guerras comerciales y de aranceles, especialmente contra China, al percatarse de que este país asiático está convirtiéndose sigilosamente en un poderoso jugador global, particularmente en el plano científico, dado que produce productos de alto valor agregado, como computadoras y celulares impulsando con mucho dinero su ciencia y tecnología.

    Respondiendo a las sanciones de EEUU, Xi Jinping hizo una jugada maestra arrancando el 2019 con el alunizaje de la sonda Chang'e-4 en el lado oscuro de la luna, algo que ningún país había logrado hasta ahora. Lo interesante fue, según el periódico chino Daily Express, que el alunizaje se realizó en las cercanías del lugar donde supuestamente pisó la luna la nave espacial estadounidense Apolo 8 en 1968.

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    Los científicos del Programa Espacial chino informaron que sus colegas de la NASA trataron de disuadirlos de realizar el alunizaje en esta parte de la luna por considerarla de muy difícil acceso. No obstante, la sonda Chang'e-4 bajó a la luna precisamente en aquel lugar y muy pronto sus imágenes enviadas a la tierra revelaron que no había ninguna bandera norteamericana en esa parte de la luna ni rastros del supuesto alunizaje del Apolo 8.

    ​El ingeniero e historiador ruso Yuri Mukhin declaró también públicamente que el Gobierno soviético ya sabía en los años 70 que aquel alunizaje estadounidense pertenecía a la ciencia ficción, mezclada con la teoría de la conspiración, debido al intento de Richard Nixon de hacer entrar a la Unión Soviética en la Carrera Espacial y en la de armas nucleares.

    El Gobierno de Nixon creyó que estas carreras debilitarían y arruinarían a la Unión Soviética. Si en aquel entonces los estadounidenses fracasaron en su misión, la Guerra de las Galaxias lanzada por Ronald Reagan sí facilitó la desintegración de la URSS y del campo socialista. Tenían que pasar 25 años para que Rusia lograse renacer y superar a Estados Unidos en la Carrera Espacial. Ahora el alunizaje de la Chang'e-4 está mostrando que el gigante asiático también se ha convertido en un importante jugador global en la conquista del espacio.

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    Igualmente, tanto China como Rusia están participando activamente en la desdolarización de la economía global. Recientemente, Rusia sacó 81.000 millones de dólares de los bonos del Tesoro de EEUU, aumentando sus reservas en euros a 147.000 millones, en yuanes a 63.000 millones, en yenes a 20.600 millones y bajando sus reservas en dólares de 201.000 a 100.000 millones.

    ​También bajo el liderazgo de Putin, Rusia está cambiando su política de compromisos y acuerdos a la de contención de EEUU y sus aliados de la OTAN. El yuan a la vez abrió su espacio en el 'club' de las principales divisas de reserva internacional.

    Europa sigue su lento camino de estancamiento caracterizado también por las discrepancias en el seno de la Unión Europea respecto a las sanciones contra Rusia impuestas por Washington y obedecidas sumisamente por Europa. Estas medidas están afectando seriamente la economía europea. Tal es la situación que solamente con la prohibición de la importación de aluminio de Rusia que los gobernantes de ocho países —Alemania, Reino Unido, Irlanda, Suecia, Francia, Austria e Italia- se atrevieron a escribir una carta a Donald Trump solicitando el fin de sanciones a este rubro, debido a que su industria, basada en el uso de aluminio, está colapsando. Pronto 78.000 trabajadores se quedarán sin empleo. Por supuesto, a Trump no le conmueve mucho los problemas europeos, pues una Europa débil hace más fuerte el poder de EEUU.

    ​En América Latina también se observa un debilitamiento de las alianzas tanto de la derecha como de la izquierda a medida que el ciclo de la derechización del continente avanza simultáneamente con el retroceso del progresismo. La época de la derecha se está fortaleciendo y se inicia el lento retorno de Latinoamérica a su habitual 'patio trasero'. Sin embargo, la misma derecha está dividida y esto fue demostrado durante la votación en la OEA para no reconocer la legitimidad del nuevo Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela.

    La resolución fue aprobada por 19 votos a favor, seis en contra y ocho abstenciones. Seis países decidieron no firmar la resolución final. En el Grupo de Lima, de los 12 países que firmaron el no reconocimiento de Maduro como nuevo presidente de Venezuela, 10 naciones se rectificaron posteriormente.

    Por mucho que se está esforzando EEUU para quebrar y doblegar a Venezuela, su pueblo sigue su camino contra el viento y la marea imperial en la que participan también Colombia, Argentina y Brasil, ansiosos de tener gratis miles de barriles de abundante petróleo venezolano. Felizmente, China y Rusia están apoyando el proceso bolivariano. Recientemente, Vladímir Putin anunció la disposición de su Gobierno de profundizar las relaciones de cooperación estratégica con Venezuela a fin de superar las dificultades económicas que atraviesa el país debido a las sanciones estadounidenses. Existe ya un plan de saneamiento de la economía bolivariana que propuso el Gobierno ruso.

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    En términos generales, no se puede esperar muchos cambios en América Latina para el 2019. Este año se celebrarán elecciones en El Salvador (febrero), Panamá (mayo), Guatemala (junio) y en octubre los pueblos de Uruguay, Argentina y Bolivia decidirán su destino.

    ​Las elecciones en Bolivia someterán a la prueba el populismo en este país andino que, durante los últimos cinco años, está mostrando el mejor crecimiento en América Latina. Sin embargo, a los pueblos les gusta mucho jugar con su destino, como lo hicieron no hace mucho los argentinos, los ecuatorianos y los brasileños.

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    Por eso Latinoamérica, ya durante varios años, tiene más de 184 millones de pobres, de los cuales casi 20 millones viven en extrema pobreza, mientras la mayoría de población sigue eligiendo a los gobernantes bajo la premisa de que un banquero, un hombre de negocios rico o un radical derechista sabrá manejar mejor el país que un indígena como Evo Morales.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK    

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    alianza, economía, crisis económica, mundo, EEUU