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    El papa Francisco en China

    China se apunta un histórico tanto diplomático

    © AP Photo / Gregorio Borgia
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    Francisco Herranz
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    China ha logrado un triunfo diplomático sin precedentes que va a aumentar su peso específico en la arena internacional, tras concretarse un acuerdo provisional entre el gigante asiático y la Santa Sede.

    El Gobierno de Pekín y las autoridades vaticanas llevaban más de cinco décadas en desacuerdo. El principal punto de fricción entre ambos Estados era el siguiente: ¿quién tiene derecho a nombrar obispos? Las propias reglas de la Iglesia Católica le otorgan esa autoridad únicamente al Papa. Pero el Ejecutivo chino, aunque se confiesa ateo y aconfesional, siempre ha insistido en que tiene esa prerrogativa dentro de su territorio nacional.

    Eso no era un precedente histórico porque la España de Franco y algunos países latinoamericanos ya elegían sus obispos. Ese enfrentamiento sistemático había provocado la creación de dos grupos de obispos católicos que han venido actuando en China todos estos años de forma independiente y casi cismática en algunos casos. Uno, autorizado por el Estado; el otro, clandestino.

    Ahora, tras una importante concesión, el Vaticano aceptará reconocer a siete obispos designados por el Gobierno chino. Es parte de un acuerdo provisional, según el que tanto Pekín como el Papa Francisco tendrán voz sobre quién se convertirá o no en obispo.

    "Por primera vez, todos los obispos en China están en comunión con el obispo de Roma, con el sucesor de Pedro", dijo el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano.

    El acuerdo ayudará a allanar el camino para el eventual restablecimiento de las relaciones bilaterales entre el Vaticano y China, rotas hace 67 años; al menos los vínculos oficiales, porque la diplomacia ya trabaja de forma oficiosa. Fue en septiembre de 1951, dos años después de la proclamación por Mao Zedong de la República Popular, cuando el entonces nuncio (embajador) vaticano, Antonio Riberi, tuvo que abandonar Pekín y trasladarse primero a Nankín y luego a Hong Kong, tras ser acusado de actividades de espionaje.

    El último escollo diplomático, pero nada insalvable, se llama Taiwán, una isla que China considera parte inalienable de su territorio. El Vaticano mantiene relaciones bilaterales con la antigua Formosa desde 1942, pero eso podría cambiar y no dentro de mucho tiempo.

    "Están dando el rebaño a las bocas de los lobos", alegó el cardenal Joseph Zen Ze-kiun, obispo de Hong Kong desde 2002 a 2009, y uno de los representantes más abiertamente críticos a un acercamiento con China. "Es una traición increíble", añadió.

    El cardenal Joseph Zen Ze-kiun, obispo de Hong Kong desde 2002 a 2009
    © REUTERS / Bobby Yip
    El cardenal Joseph Zen Ze-kiun, obispo de Hong Kong desde 2002 a 2009

    El Vaticano parece haber hecho un cálculo completamente diferente al del cardenal Zen Ze-kiun: estar en buenos términos con China le supone una clara ventaja pastoral. En China viven entre 10 y 12 millones de católicos, pero el protestantismo ha ido creciendo. El acuerdo va a dar más espacio a la captación de fieles en Asia, un continente donde crece el número de creyentes y de vocaciones.

    Otro dato significativo: China podría convertirse en 2030 en el país de mayor población cristiana del mundo, con 247 millones de creyentes.
    El trato se basa principalmente en la flexibilidad y el pragmatismo, pues la trascendental cesión vaticana ha tenido una importante contrapartida: China reconoce al Papa como jefe de la Iglesia Católica, lo que implica aceptar su autoridad religiosa.

    El propio Francisco ha seguido paso a paso el delicado proceso negociador del acuerdo hasta que una delegación de la Santa Sede, encabezada por Antonie Camilleri, subsecretario de Relaciones de la Santa Sede con los Estados, viajó rumbo a la capital del 'Imperio del Medio', donde suscribió el 22 de septiembre el texto junto al viceministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Chao.

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    Desde que el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa en marzo de 2013, las autoridades chinas han venido trabajando en favor de un "diálogo constructivo" que ahora ha dado resultado, con unos frutos claros y efectivos.

    El papa Francisco pronuncia el mensaje 'Urbi et Orbi' en la Basílica de San Pedro
    © REUTERS / Alessandro Bianchi
    El problema que había que resolver no era tanto la cuestión de los siete obispos de la 'Iglesia patriótica', excomulgados por el Papa, pues hace tiempo que habían pedido perdón a Francisco y esté estaba dispuesto a concedérselo.

    Hasta ahora el principal obstáculo radicaba en encontrar un punto de equilibrio sobre la elección de los pastores: por un lado, Pekín reconoce al Papa como líder de la comunidad católica, con poder relativo para nombrar a los obispos y en suma tener la última palabra; por otro, China mantiene la facultad de control sobre los nominados.

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    Los que participaron en las negociaciones llaman "provisional" al texto, en el sentido de que la Santa Sede y Pekín se reservan el derecho de verificar su funcionamiento y cualquier corrección en los primeros años. El documento con sus procedimientos no se hará público, es decir, permanecerá en secreto.

    El sinólogo y periodista italiano, Francesco Sisci, que vive y trabaja en Pekín, ha calificado el acuerdo de "un gran avance" para China, el Vaticano y la gente de todos los credos. Sisci cree incluso que su tocayo Francisco, a quien entrevistó en 2016, podría jugar "un papel crucial" para ayudar a China "a convertirse en una sociedad moderna".

    El portavoz del Papa, Greg Burke, concretó que este pacto "no es el final de un proceso, sino el comienzo". "Esto ha surgido a través del diálogo, escucha paciente en ambos lados".

    Burke añadió que el objetivo no era "político, sino pastoral", pues "permitirá a los fieles tener obispos en comunión con Roma, pero al mismo tiempo reconocidos por la autoridad china".

    Aunque el objetivo no fuera político —que también lo es—, las consecuencias sí que lo son. A nadie se le escapa que el deshielo formal entre la segunda potencia económica del mundo y el líder espiritual de Roma tiene unas grandes implicaciones políticas.

    Primero, el contexto: se produce en medio de la creciente guerra comercial entre China y Estados Unidos. En ese ambiente, el acuerdo suscrito supone para los chinos una indudable legitimación internacional; ganar un excelente aliado moral en esa ardua batalla global representa un inapreciable valor añadido. Baste recordar que Francisco, desde su atalaya religiosa, ha sido uno de los líderes mundiales que más ha criticado las rudas maneras de Donald Trump.

    En resumen, el presidente chino, Xi Jinping, se ha anotado un punto decisivo en la partida estratégica que está jugando con Washington.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    religión, catolicismo, autonomía, Iglesia Católica, Papa Francisco, Vaticano, China