11:06 GMT +316 Noviembre 2018
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    Un militar venezolano (archivo)

    La posible guerra entre Colombia y Venezuela: informe estratégico

    © REUTERS / Carlos Eduardo Ramirez
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    José Negrón Valera
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    El 10 de septiembre, factores políticos contrarios al Gobierno venezolano realizarán una nueva operación de propaganda para seguir atizando el ambiente de injerencia contra el país suramericano. La han llamado la 'fórmula Arria' y la posicionan como el paso definitivo para que el Consejo de Seguridad asuma una actitud más enérgica contra Venezuela.

    Dicha 'fórmula' solo servirá para mantener en el clímax mediático la situación venezolana, y es poco probable que traiga efectos prácticos, tal y como lo ha explicado la embajadora Claudia Salerno:

    Deshojar la margarita

    Sin embargo, a pesar de los deseos de la oposición venezolana, no parece haber consenso entre los altos mandos militares colombianos y estadounidenses sobre una agresión directa.

    Al menos eso se desprende de las últimas palabras de Iván Duque, sobre la solicitud hecha a Estados Unidos de repensar una acción unilateral, pues considera que "no es el camino" para tratar el caso venezolano.

    La motivación de Duque no está guiada por el altruismo.

    Haciendo un análisis sobre la composición y entrenamiento del ejército colombiano, es posible pensar que este, por sí solo, no está en capacidad de mantener una guerra superior a 30 días. Es un ejército para la guerra de guerrillas, pero no de profundidad o de largo aliento.

    Además, si evaluamos que la FARC se ha dividido y que el incipiente diálogo con el ELN no brinda frutos, un deterioro de la situación fronteriza sería una verdadera crisis humanitaria, pero para los colombianos.

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    Otro aspecto, nos lo brinda la perspectiva antropológica. Los estrategas de la guerra, deben estar cada vez más convencidos que una agresión del tipo militar que se mantenga en el tiempo, solo cohesionaría a los venezolanos y posiblemente a los movimientos sociales de izquierda en Suramérica.

    Aquí en Venezuela tenemos un refrán: "Una cosa es invocar el diablo y otra verlo venir". Más allá que los opositores a Nicolás Maduro rueguen vía redes sociales por una intervención, la concreción de un escenario similar, uniría al país.

    Ya no se trataría de un asunto de chavistas o no chavistas, sino de venezolanos. Creo que a Bogotá lo que  menos le conviene es la repotenciación de un nacionalismo profundo como el que impulsó Hugo Chávez.

    Además, existe una razón de índole netamente comercial. A las mafias del contrabando en la frontera, así como las que operan con el diferencial cambiario en Cúcuta,  no les interesa una escalada del conflicto.

    Para esos factores, el objetivo es seguir la hemorragia de los recursos estratégicos de Venezuela, así como de alimentos, lo cual ha resultado un gran negocio.

    Sin embargo, el anuncio del Gobierno venezolano de imponer controles a la venta de gasolina a través del Carnet de la Patria y elevar su precio a los estándares internacionales, les resulta un obstáculo muy grave.

    Ahora bien, si Maduro logra imponer un verdadero bloqueo a quienes trafican el combustible, no hablo de pimpineros, sino de las gandolas con miles de litros que pasan la frontera, la situación podría cambiar. Pero es algo que se evalúa minuto a minuto.

    Recordemos este dato que resulta clave para entender las dimensiones de lo que está en juego para las mafias del narcotráfico colombiano:

    "La gasolina de contrabando desde Venezuela, por su bajo costo, es un ingrediente fundamental para la producción de la pasta de cocaína en Colombia, el mayor productor de esa droga en el mundo. Un kilogramo de cocaína demanda unos 10 galones (unos 37,8 litros) de gasolina para su producción. Esto quiere decir que la producción de cocaína en Colombia, el año pasado, demandó unos 9 millones 210 mil galones de gasolina, unos 34 millones 813 mil litros de combustible que seguramente provenían desde Venezuela".

    ¿Qué hacer con Venezuela?

    En la Casa Blanca, hay dos posturas en el caso de cómo tratar a Venezuela, una de ellas es la del "martillo" que es la que desea Trump, sin embargo, está la otra, la de la "anónima Resistencia" que actúa bajo la doctrina de "no interrumpas a su enemigo cuando se esté equivocando".

    Al pensar en el perfil de quienes integran los organismos de seguridad del Gobierno de los Estados Unidos, nos damos cuenta de que todos son expertos en "operaciones negras y psicológicas" y la doctrina que priva es la "destrucción del Estado-Nación venezolano". Agudizar los conflictos internos, como producto de los grandes desequilibrios económicos, parece ser la estrategia a seguir.

    Ellos saben que una intervención necesitaría ser relámpago y además contar con una fuerza militar y política en terreno que garantice la gobernabilidad del "día después". Nada de eso existe.

    La oposición en el exterior no tiene la capacidad, más allá de los deseos, de mantener el control político en el país. No poseen ningún tipo de legitimidad, ni tampoco arraigo en la Fuerza Armada Bolivariana.

    Pienso en Thomas Barnett, un influyente analista del Pentágono, y estoy cada vez más convencido de que no habrá, en el corto plazo, ningún tipo de acción militar mientras no se consigan aliados al interior del ejército venezolano.

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    Un artículo publicado por el New York Times, donde se informa que Trump estaría evaluando planes para un golpe de Estado, en conjunto con ex miembros de la Fuerza Armada Bolivariana, brinda la oportunidad para entender esta posición.

    ​Y aunque tampoco puede descartarse que dicho artículo del New York Times, sea parte de una operación de información dirigida al componente militar venezolano, con el fin de captar alguna voz disonante, lo que sí queda claro es que la Casa Blanca busca urgentemente a alguien que les provea una garantía de administración política del país.

    Si el Ejército bolivariano se mantiene cohesionado, fiel al proyecto político chavista y sigue actuando bajo la premisa de la unión cívico-militar, la posibilidad de una intervención puede alargarse indefinidamente.

    El tiempo se agota

    Hay que prestar mucha atención al desespero que se siente en Bogotá y Washington, ante el debilitamiento de la opción militar sostenida con la excusa de la migración.  

    La oleada de venezolanos que le piden al Gobierno venezolano ayuda para regresar al país, es muy mala prensa para el Pentágono y sus aliados en Suramérica.

    Una hipótesis de conflicto directo, no está totalmente descartada. Pero todo parece que lo primero dentro del tablero del Pentágono será Siria, por cómo se están moviendo los medios militares de la OTAN.

    Por tanto, en el caso de venezolano…

    — Si no hay guerra entre Colombia y Venezuela ¿entonces qué habrá? —me preguntarán.

    — Pues, guerra —diré sin vacilar—. La intensificación de la guerra no convencional.

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    Evaluarán planes de asesinatos selectivos contra los líderes de la revolución pero también de la oposición. Intentaran ingresar drogas de alta pureza y experimentales nunca antes vistas que causen un daño fuerte en la población. Intentarán infiltrar a los responsables de los servicios públicos, ocasionar sabotajes y daños a la infraestructura crítica. Acentuar el debilitamiento moral de la sociedad y la capacidad del Estado para dar respuestas. Las operaciones de bandera falsa serán otras de las punta de lanza. Aquí, ninguna hipótesis podrá ser descartada como improbable. 

    ​Pero por sobre todas las cosas, buscarán sabotear cualquier política que adelante el Gobierno de Maduro, y lo harán a través del miedo y la doctrina del shock. Y su primer objetivo, probablemente apunte a las bombas de gasolina y sus trabajadores destacados a lo largo de la frontera con Colombia.

    "Lo próximo será la desesperanza", proclama Phil Carter, un personaje literario de la novela "Reyes y Dinosaurios". Ese es, y será, el leitmotiv de los próximos planes contra Venezuela. Si no me cree, quizá sí lo convenza la portada del Time. Al igual que The Economist, siempre tiende a una extraña clarividencia cuando se trata de presagiar la próxima jugada de las élites dentro del escenario mundial.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    relaciones bilaterales, guerra, conflicto, Colombia, Venezuela