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    Bagdad, Irak

    Quince años después de la invasión, Irak sigue arruinado

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    Francisco Herranz
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    Quince años —tres lustros— han pasado ya desde que las tropas norteamericanas tomaran Bagdad sin apenas resistencia, pero Irak sigue arruinado por los efectos de la guerra y los atentados, dividido territorialmente e infectado por una corrupción rampante.

    La entrada de los soldados estadounidenses en la capital iraquí acabó con el régimen sangriento y despiadado de Sadam Husein, quien en 2003 era tremendamente impopular, pero también plantó la semilla de un odio excesivo y destructor que terminó germinando y formando un monstruo llamado Daesh (proscrito en Rusia), que extendió sus tentáculos de terror no sólo por Irak sino, además, por otros Estados vecinos como Siria.

    Para Estados Unidos la guerra en Irak tuvo un coste de 2,1 billones de dólares, según el minucioso cálculo realizado por el Instituto Watson de Estudios Internacionales de la Universidad de Brown.

    El conflicto dejó entre 181.000 y 203.000 civiles muertos, según la ONG Iraq Body Count. Si se incluyen a los combatientes —fuerzas regulares, insurgentes y paramilitares—, la cifra aumenta hasta llegar entre 176.000 y 189.000 víctimas mortales.

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    4.000 soldados estadounidenses y 3.500 contratistas privados —eufemismo para mercenarios— perdieron la vida en esta guerra, que debía ser corta, pero se prolongó durante más de ocho años hasta que Barack Obama decidió sacar en 2011 a las 40.000 tropas que aún participaban en "tareas de estabilidad y capacitación de las fuerzas de seguridad iraquíes".

    Los costes humanos fueron, pues, incalculables. Y las consecuencias geoestratégicas para Oriente Medio se antojan descomunales pues la invasión de Irak fue la antesala, el colaborador necesario de la guerra de todos contra todos que actualmente despedaza a Siria.

    Pero lo más infame no es sólo eso sino que toda la operación se orquestó sobre una constelación de engaños. El Gobierno de Bagdad fue acusado de no destruir las armas de destrucción masiva que poseía. La falsa denuncia fue llevada hasta el mismísimo Consejo de Seguridad de Naciones Unidas donde, el 5 de febrero de 2003, el entonces secretario de Estado de EEUU Colin Powell teatralizó el discurso de la Casa Blanca. Powell perjuró que la CIA tenía pruebas "irrefutables e innegables", declaró que a Sadam no le iba a frenar "nada hasta que algo le detenga" e incluso agitó un vial como los que podrían contener ántrax, un potente agente tóxico biológico. Powell no tuvo éxito y así, la invasión se llevó a cabo a espaldas del mandato de la ONU, es decir, sin una resolución que la legitimara ante la comunidad internacional.

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    Un año después, exactamente el 26 de mayo de 2004, The New York Times publicó un histórico editorial donde este influyente diario pedía perdón a sus lectores por haberles engañado sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. "Hemos encontrado varios casos de cobertura que no fueron tan rigurosos como deberían haber sido. En algunos casos, la información que era controvertida en ese momento, y parece cuestionable ahora, fue insuficientemente cualificada o seguía sin respuesta. Mirando hacia atrás, desearíamos haber sido más agresivos…", decía un fragmento del texto que ya se estudia —o debería estudiarse— en las facultades de Periodismo. Los medios de comunicación estadounidenses contribuyeron a propagar el bulo. Luego se arrepintieron, pero era demasiado tarde pues la ciega máquina de la guerra ya se había puesto en marcha.

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    Washington es responsable por haber mentido flagrante y deliberadamente al mundo entero a propósito de las razones que le llevaron a lanzar esa vergonzosa ofensiva. Pero también es culpable por haber creado en Irak las bases políticas sectarias que auparon al poder a responsables inadecuados e incapaces para afrontar los retos a los que tenían que enfrentarse los ciudadanos iraquíes.

    Sadam era un sátrapa sin escrúpulos, de eso no cabe ninguna duda, pero lo que vino después de él fue incluso peor, con grupos armados mucho más dictatoriales y criminales. Por eso hoy en día, el 53% de los estadounidenses cree que la guerra de Irak fue un error, según una encuesta de Gallup.

    A partir de 2014 los fanáticos del Daesh —una mutación de Al Qaeda— plantaron su bota en Irak, se hicieron fuertes en las regiones noroccidentales desde donde exportaron su veneno. Ocho meses de batalla tuvieron que pasar para que las autoridades iraquíes recuperaran el control de la ciudad de Mosul que quedó en gran parte reducida a ruinas. Tropas regulares iraquíes junto a peshmergas kurdos y paramilitares chiíes expulsaron a los integristas islámicos de la bandera negra gracias al apoyo de la aviación turca y estadounidense.

    Como escribe el analista internacional Jorge Tamanes, en un artículo recientemente publicado en la revista española Estudios de Política Exterior, ante este triste 15 aniversario "abundan las excusas, el lavado de imagen de los responsables y un clima de problemas internacionales similar al de 2003".

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    Tamanes sostiene con acierto que en EEUU existe ahora una especie de "amnesia" general. "La catástrofe no parece asumirse en Washington. O, precisamente debido a su magnitud, los responsables se dedican a minimizarla", añade. Y pone el ejemplo del periodista Robert Kaplan, cercano al Gobierno de Bush hijo, uno de los que más apoyó la intervención militar. Kaplan intenta ahora justificar que no fueron los estadounidenses los que llevaron a Irak a la ruina sino la ideología que mantenía a Sadam en el poder, esto es, el baazismo, en palabras de Kaplan "una mezcla tóxica de nacionalismo árabe secular y socialismo al estilo del Bloque del Este".

    Con la promesa de traer libertad y estabilidad a la zona, George Bush hijo humilló a los iraquíes, incluso a quienes odiaban a muerte a Sadam. Les trajo la guerra y el caos. Sólo así se entiende la airada y simbólica reacción de un periodista local que llamó "perro" al presidente de EEUU y le lanzó sus zapatos durante una rueda de prensa celebrada en Bagdad el 14 de diciembre de 2008.

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    Aunque Bagdad ya no ostenta la terrible posición de ser la capital mundial del terrorismo, los iraquíes todavía tienen muy buenas razones para sentir miedo. Aunque el Daesh se encuentre en desbandada, la violencia no va a desaparecer del país porque ésta se está transformando en olas de secuestros.

    A veces echar la mirada atrás provoca vértigo y desazón.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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