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    Emmanuel Macron, el presidente de Francia

    El pollo galo contra el Mercosur

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    No todos los días un Jefe de Estado de la República francesa dialoga en voz alta con una vaca y con un pollo. Pero en París todo es posible.

    El presidente Emmanuel Macron sabe que la conversación ante las cámaras de televisión con ganaderos y agricultores disfrazados de animales en el Salón de la Agricultura es una ocasión de oro para su política de comunicación.

    El Salón de la Agricultura es una acontecimiento anual que Francia celebra para que los niños urbanitas vean de cerca una cabra o un puerco y comprueben que lo que estudian en los libros existe y puede tocarse. Es también la oportunidad que cada año se les ofrece a los agricultores y ganaderos para hacer públicas sus reivindicaciones a las autoridades políticas que, una por una, del máximo dirigente de la nación, pasando por todos los líderes de la oposición, acuden sin falta para intentar ganarse los votos del sector.

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    La oposición de los productores rurales franceses a las negociaciones de la Unión Europea (UE) con Mercosur ha protagonizado este año el cien por cien de sus preocupaciones. El cambio de carne por quesos —o por automóviles— no parece contar con ningún respaldo.

    Mercosur y la UE negocian desde 1990 un acuerdo que ha ido superando obstáculos hasta hoy, cuando ambas partes dicen estar a punto de firmar el pacto. Pero desde Francia, saltan las alarmas.

    Mercosur exporta ya a la UE 240.000 toneladas de carne de vaca y 78.000 de pollo por las que debe pagar tarifas aduaneras que el nuevo acuerdo eliminaría. Las últimas negociaciones cifran en 90.000 las toneladas adicionales de alimentos que Mercosur enviaría a los mercados europeos.

    Los productores franceses consideran que más de 30.000 explotaciones nacionales deberán cerrar si el acuerdo se firma. Un duro golpe al orgullo del gallo, el símbolo del país. La oposición a la competencia transatlántica sobre carne y productos agrícolas está basada en agitar la sensibilidad del consumidor.

    Los principales responsables del principal sindicato francés del ramo, la FNSEA (Federación Nacional de Sindicatos de Productores Agrícolas), consideran que el precio de los productos suramericanos es más bajo porque estos no cumplen con las exigencias sanitarias, medioambientales y de protección de los derechos sociales que son exigidos en su país. Temen —claman públicamente— que el consumidor francés se nutra de carne de animales engordados a base de harinas animales, organismos genéticamente modificados u hormonas, y de productos agrícolas bañados en pesticidas.

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    Brasil, segundo exportador de carne del mundo es visto desde Francia como el rival número uno. Y el escándalo protagonizado por el principal productor brasileño de carne, JBS, es aireado aquí como un ejemplo de lo que se podría esperar con la firma del acuerdo. En 2017, tras el descubrimiento de carne en malas condiciones acondicionada por JBS, Estados Unidos canceló la importación de carne brasileña. La Unión Europea, por su parte, reforzó desde entonces sus controles.

    No son los ganaderos y agricultores franceses los que piden elevar las condiciones de producción de su ganado y sus cosechas. Lo que les revuelve es que a los exportadores suramericanos no se les exija lo mismo que a ellos. Como explican los voceros de la FNSEA, "no es coherente promover la transición ecológica y la seguridad sanitaria de puertas adentro y, al mismo tiempo, autorizar la importación de mercancías producidas con métodos prohibidos en Francia".

    Europa, tierra de escándalos alimentarios

    La oposición al librecambismo se vuelve a afirmar, como casi siempre, acusando a la competencia de malas prácticas. Cierto es que la UE exige, en teoría, una serie de medidas sanitarias y de protección social y del medio ambiente que en otras latitudes pueden parecer exageradas, pero también la UE tiene la capacidad, en teoría, de efectuar controles estrictos a las importaciones.

    Francia y la UE no pueden erigirse tampoco en un ejemplo de cumplimiento de sus propias normas. Y una serie de escándalos en los últimos años lo demuestra.

    La empresa francesa Lactalis reconoció finalmente, hace pocas, semanas después de múltiples acusaciones, que la leche producida en su principal central estaba contaminada con salmonela. Los principales centros comerciales del país se vieron obligados a retirar a la venta los productos de esa marca el pasado 21 de diciembre. Miles de demandas de consumidores, en particular, familias con bebés, se agolpan en los tribunales franceses y, en otros países europeos, como España.

    Pocos meses antes del escándalo Lactalis, los europeos descubrían que desde hacía meses los huevos y sus derivados que consumían procedentes de uno de los mayores productores holandeses incluían fipronil, un antiparásitos para perros y gatos. Huevos, galletas, pasteles, salsas y pastas al fipronil llegaron así a los estómagos confiados de los ciudadanos de 16 países europeos.

    Sin querer detallar la larga lista de los escándalos alimentarios europeos, no se puede dejar pasar el protagonizado por los pasteles de chocolate que servían las cafeterías del gigante del mobiliario Ikea. Analistas chinos descubrieron que entre los componentes del dulce convivían bacterias procedentes de materia fecal. Seismil confiados franceses comieron mierda, literalmente, gracias a la marca sueca.

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    La desconfianza hacia el agronegocio es universal y la globalización lleva aparejado intercambio de mercancías con el de malas prácticas, pero no se pueden hacer recaer las sospechas solo sobre un continente. Los europeos presumen de sus niveles de exigencia, pero a la hora de la verdad defienden los intereses de sus productores por encima del de los consumidores, como demuestra el rechazo a prohibir definitivamente el herbicida glifosato en la UE.

    En noviembre pasado al pesticida se le han concedido cinco años más de vida para seguir envenenando al público. Francia asegura que sobre su territorio solo serán tres años. Hasta Macron se salta las directivas comunitarias.

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    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    alimentos, agricultura, agricultores, Mercosur, Emmanuel Macron, Francia
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