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    El mapa de Alaska, Rusia está a la izquierda (imagen referencial)

    La América rusa o el día que el zar Alejandro II evitó la Tercera Guerra Mundial

    CC BY-SA 2.0 / underdarkGIS / Alaska on old paper
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    Walter Ego
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    El 5 de abril de 1732, el navegante ruso Iván Fiódorov arribó a una tierra situada en el extremo noroeste del continente americano a la que los nativos llamaban 'alaxsxaq' ('el objeto contra el que la acción del mar es dirigida'). Los cartógrafos decidieron llamarla Alaska porque en cualquier otra lengua el nombre literal ocuparía medio mapamundi.

    Fedorov no fue el primer ruso que merodeó por esa zona. Hacia 1648 el explorador Semión Dezhniov notó que Siberia, tierra que rastreaba en busca de gloria y fortuna, no estaba unida a Alaska, pero debido a su incultura geográfica nunca supo que había llegado al extremo más oriental de Asia y que la tierra de enfrente pertenecía a un continente llamado América. Tampoco supo que el estrecho por el que navegó, y que separaba ambas comarcas, era desconocido en Europa, por lo que no le puso su nombre, descuido que aprovecharon años más tarde los cartógrafos para darle a ese brazo de mar el apellido de Vitus Bering, un danés que pagó con su vida el andar explorando para los rusos una de las zonas más gélidas del mundo, en la que para sobrevivir la moda imponía abrigarse con piel de nutria marina, la cual a pesar de lo grueso del pelaje era considerada —ironías del lenguaje— una de las pieles más finas del mundo.

    Una villa de origen ruso en Alaska
    © Sputnik/ Tatyana Lukyanova
    Fueron justo estas pieles las que impulsaron el interés de Rusia por comerciarlas. De ahí que hacia 1760, Catalina II —una alemana nacida en Polonia que llegó a ser emperatriz de los rusos tras deponer a su propio esposo con la complicidad de un amante— autorizara incursiones no sólo en Siberia sino también en 'el objeto contra el que la acción del mar es dirigida'. Como en ocasiones los nativos del lugar no se mostraban muy dispuestos a vender pieles, en 1784 el marino y comerciante Grigori Ivánovich Shélijov decidió que podía prescindir de ellos mediante el tradicional y práctico recurso del exterminio. Además fundó una colonia rusa en el lugar, y para evitar que otros imitaran su idea en 1790 solicitó la exclusividad de la caza y comercialización de la piel de nutria marina al zar Pablo I, hijo de Catalina II: había nacido la Compañía ruso-americana, la cual quedó bajo el mando directo del Ministerio de Comercio del Imperio ruso.

    Durante años la Compañía ruso-americana tuvo presencia en Alaska e incluso en la costa de lo que hoy es California, a la que el clérigo e historiador español Agustín Íñigo Abbad y Lasierra alguna vez propuso llamar 'Nueva Rusia'. Para 1818, el Gobierno había desplazado a los comerciantes de la Compañía y se había hecho cargo de ella. Sin embargo, hacia 1820, ante la caza indiscriminada por parte de los 'promishlenniki' (comerciantes-cazadores rusos), las nutrias habían adoptado el mal hábito de extinguirse, por lo que comerciar con su piel dejaba pocos dividendos, lo que, unido a la presencia de competidores como la Compañía de la Bahía de Hudson, había llevado a que la ruso-americana tuviera pérdidas económicas, situación en la que también influyeron los altos salarios que se autoasignaron los nuevos jefes, quizás para compensar las bajas temperaturas del lugar. Además, entre 1853 y 1856 el zar Alejandro II, nieto de Pablo I, estuvo muy ocupado matando sardos, ingleses, otomanos y franceses en la Guerra de Crimea (que perdió finalmente) por lo que Alaska se convirtió en un gigantesco frigorífico sin otro valor que el de ser moneda de cambio en la geopolítica de la época. De ahí que, en 1859, el zar decidiera vendérsela a Estados Unidos antes de que Inglaterra, su gran rival, la ocupara por la fuerza.

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    Las razones de Estados Unidos para comprar aquel paraje frío y estéril solo se entienden a la luz de la geopolítica decimonónica. El 'América para los americanos' de la Doctrina Monroe era el aliciente para hacerse con un territorio que los estadounidenses no querían ver en manos inglesas —que ya acariciaban lascivamente partes del actual Canadá—; además querían ayudar a los rusos, quienes en su momento se habían negado a apoyar al rey inglés Jorge III en su enfrentamiento contra las tropas rebeldes de George Washington. No obstante, todo ello fue difícil de convencer a la opinión pública estadounidense de que la llamada 'locura de Seward' —por el principal instigador de la compra, el secretario de Estado William H. Seward— no era el disparate mayúsculo que aparentaba, si bien finalmente el 9 de abril de 1867, con 37 votos a favor y dos en contra, el Senado de EE.UU. autorizó la compra del millón y medio de hectáreas propiedad de Rusia por 7,2 millones de dólares. El 18 de octubre de ese mismo año —hace hoy 150 años— la bandera de las barras y las estrellas ocupó el lugar de la rusa en Novoarjángelsk (actual Sitka), un fuerte en el que años atrás se había asentado Alexandr Baránov, primer gobernador de los territorios rusos en América.

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    ¿Y la Tercera Guerra Mundial?

    Si hoy los alardes coheteriles de Corea del Norte propician que la prensa anuncie un día sí y otro también el inicio de la Tercera Guerra Mundial —en torpe ejercicio informativo que solo consigue disparar la venta de periódicos en el mundo y la de pastillas tranquilizantes en Estados Unidos—, cabe bendecir entonces la oportuna venta de Alaska por parte de Rusia a pesar del mal negoció que a la larga les resultó, como lo demuestra el hecho de que el 25% del petróleo de Estados Unidos se extrae actualmente en esa zona, la cual guarda además el 30% de las reservas estadounidenses del hidrocarburo. Y cabe bendecirla, digo, si imaginamos la histeria planetaria que habría desatado en plena Guerra Fría el emplazamiento de cohetes con capacidad nuclear en una Alaska rusa. Y no hay que forzar mucho la imaginación para ello: en octubre de 1961, el emplazamiento temporal de tales cohetes en Cuba casi desata el infierno nuclear, por lo que no resulta ocioso este ejercicio ucrónico de pensar lo que habría significado en el devenir histórico del siglo XX la presencia permanente de esa eventual amenaza desplegada hacia Estados Unidos.

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    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    historia, Catalina la Grande, Alejandro II, Siberia, Alaska, EEUU, Rusia
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