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    El presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel

    'Europe first': Merkel y Macron quieren protegerse de China

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    Luis Rivas
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    Un nuevo vocablo se hace sitio en la terminología europea: 'ingenuo-liberal'. Durante lustros, la globalización se ha vendido como el remedio mundial contra el subdesarrollo y el estancamiento; la apertura de fronteras comerciales quería convertir al planeta en un inmenso mercado que, se decía, beneficiaría a todos los continentes.

    Diez años después de la crisis financiera, económica y social que hizo temblar los cimientos de la sociedad del bienestar europea, los líderes de las principales potencias del Viejo Continente gritan ahora 'Europe first', haciendo eco a su denostado homólogo estadounidense, Donald Trump, protagonista del programa de telerrealidad global 'Master Proteccionista'.

    Emmanuel Macron, presidente de Francia, y Angela Merkel, canciller alemana (archivo)
    © REUTERS / Fabrizio Bensch
    Adormecidos por una crisis brutal que ha desestabilizado las creencias económicas y los pilares políticos hasta entonces sólidos, los países europeos veían a China como el recurso 'in extremis' para obtener dinero fresco, poniendo a la venta sus empresas estatales o privadas afectadas por la depresión.

    Las opiniones públicas de los países más afectados por la crisis —convenientemente dirigidas por los medios de comunicación adalides del librecambismo con rostro humano— se agarraban al flotador chino antes de ser engullidos por el océano de las deudas. "Qué más da quién nos compre, si nos salvamos del desastre", resumía el sentir general de los europeos más pobres en un paralelismo invertido con el lema de Deng Xiaoping, "gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones".

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    Más de 10 años después, con unas cifras que quieren reflejar la recuperación de la UE: crecimiento de un 2% (superior al de Estados Unidos), 8 millones de puestos de trabajo creados, déficits públicos reducidos del 6% al 1,6%, las potencias de la Europa comunitaria quieren levantar nuevas barreras a lo que consideran un intercambio desigual.

    Yuan, la moneda china
    © AFP 2019 / Stringer
    Todos temen nombrar directamente al verdadero objetivo de las críticas: China. Años después de haber facilitado el paso de los capitales del monstruo comercial asiático, Bruselas, Berlín y París se despiertan y consideran que ha llegado el momento de frenar el apetito de los grupos públicos chinos sobre empresas estratégicas europeas, o lo que en Europa se considera el 'dumping' chino.

    Mucho tiempo han tardado en apercibirse de que la apertura europea no era correspondida con la protección china a muchos de sus sectores y a la diferencia entre la ausencia de aranceles europeos y los muros comerciales de su socio asiático. Pero la necesidad y el pánico eran grandes.

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    El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha subrayado en su reciente discurso sobre 'El estado de la Unión' que cualquier intento de compra en sectores tecnológicos, de defensa o de energía "deberá someterse a un examen profundo y a una transparencia total".

    Los europeos ya están acostumbrados a estas arengas de jefes de la UE sin poderes reales para aplicar lo que predican entre sus socios (27, tras el Brexit). Si Londres hubiera permanecido en el barco europeo, este ataque de proteccionismo hubiera hecho desternillarse a británicos y nórdicos, el bando defensor del libre comercio sin trabas. Pero el Norte de la UE se ha quedado sin 'sherif' y vuelve su mirada hacia la verdadera líder de la Unión Europea: Alemania.

    Berlín veta, París nacionaliza

    La UE no cuenta, como Estados Unidos, con una institución oficial que escrute estrechamente la entrada de capital extranjero en su territorio. Ni la UE ni ninguno de sus socios. Por eso, ahora se improvisa.

    Berlín tuvo que adoptar de urgencia el pasado mes de julio un decreto para reforzar las reglas sobre inversiones extranjeras. La canciller alemana, Angela Merkel, y sus compatriotas de todos los signos políticos, no soportaron la enésima conquista china, el fabricante de robots Kuka, por 4.400 millones de euros. El año pasado sí pudo Alemania vetar el asalto a la empresa de semiconductores Aixon.

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    Las inversiones directas de empresas públicas y privadas chinas en el exterior aumentaron un 40% en 2016. En la UE, la subida fue de un 77%, y llegó a la cifra de 35.000 millones de euros. Solo en Alemania, 11.000 millones.

    La reacción proteccionista 'light' de Berlín ha encontrado un aliado en Emmanuel Macron. El nuevo presidente francés, considerado por sus rivales de izquierda un 'ultraliberal' sin sentimientos, se ha revelado como un defensor del Estado, capaz de nacionalizar empresas para 'salvarlas' de las garras extranjeras, ya sean chinas o incluso italianas, como ocurrió con los astilleros de Saint-Nazaire.

    Macron, que quiere encabezar el 'renacimiento' europeo y ser el portador del escudo comercial antichino, fue consejero económico y ministro de Finanzas del Gobierno socialista de François Hollande, quien no tuvo reparo alguno en vender los aeropuertos de Toulouse y Lyon al capital chino, además de poner en manos de Pekín el emblemático pero ruinoso Club Med, y una parte de otra joya nacional, la automovilística PSA (Peugeot y Citroën, entre otras marcas).

    Grecia y el amante chino

    Este ataque de soberanismo industrial franco-alemán, interpretado en Bruselas por la voz de Juncker, suena bastante cómico en otras regiones del continente. En un momento se proclamó que la apertura de puertas y ventanas a los capitales, el advenimiento del mercado sin trabas iba a hacer felices, o al menos ricos, a la mayoría de los ciudadanos de un mundo globalizado.

    Las economías más débiles de la UE siguieron esos cánticos y encontraron en China el socio ideal que venía con 'cash' para hacerse cargo de una parte de la industria local en dificultades. Antes vender que cerrar. Ahora, Grecia y, en menor medida, Portugal se sienten acusados de poner los cuernos a sus vecinos con el amante pequinés.

    Atenas sigue cumpliendo con el duro plan de ajuste que le exige Bruselas, pero ninguno de sus socios-acreedores estuvo tan interesado como China por hacerse con el puerto de El Pireo.

    ​¿Quién puede pretender ahora que países como la República Checa y sus vecinos de Europa Central renuncien al capital chino que ha llegado a su territorio, a falta de inversión europea?

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    Que la UE quiera ahora poner fin al 'ingenuo-liberalismo' es comprensible, pero como en tantos otros campos, cada país adoptará la actitud que le favorezca individualmente. La Unión Europea es una potencia comercial, pero 27 países son 27 excepciones al ideal de la regla común cuando se trata de comerciar. Al menos, por el momento.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    inversiones, relaciones económicas, economía, Emmanuel Macron, Angela Merkel, Grecia, Alemania, China, Francia
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