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    Donald Trump, presidente de EEUU

    ¿Se hace Trump el loco en la crisis con Corea del Norte?

    © REUTERS/ Jonathan Ernst
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    Francisco Herranz
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    ¿Quién asesora a Donald Trump? El presidente de Estados Unidos tiene una cohorte de consejeros altamente especializados, personas de su confianza, que le dicen en privado lo que conviene o no hacer en un asunto concreto.

    Ahí está el teniente general Herbert Raymond McMaster, asesor de Seguridad Nacional. O el estratega jefe Steve Bannon, el más poderoso de todos ellos, quien trabaja en la ejecución de la agenda a largo plazo de la Administración y en todos los temas críticos. O su yerno Jared Kushner. En general, Trump se ha venido rodeando de una mezcla de políticos fuera de lo corriente, con mucha experiencia en el sector privado, y aliados del 'establishment' republicano, incluidos algunos halcones de la era de George Bush hijo.

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    Según los medios de comunicación locales, McMaster y Bannon han empezado a enfrentarse por sus puntos de vista distintos, concretamente a propósito de la estrategia que están aplicando las Fuerzas Armadas estadounidenses en Afganistán, donde libran una guerra desde hace casi 20 años ininterrumpidos.

    Precisamente en este delicado contexto de lucha de influencias ha ido creciendo la tensión con Corea del Norte. El todopoderoso líder de Pyongyang, Kim Jong-un, ha fomentado el desarrollo de proyectiles balísticos capaces de golpear territorio norteamericano. Pese a su aislamiento internacional y la escasez crónica de recursos, los técnicos norcoreanos han realizado con inusitado éxito varias pruebas de misiles de largo alcance que han despertado el temor en Washington, Tokio y Seúl. Sus proyectiles parecen fabricados para portar cabezas nucleares, lo que abre un escenario indeseable.

    Y entonces llegó la soflama de Trump: "Sería mejor que Corea del Norte no amenazase a Estados Unidos. Se encontrarán con un fuego y una furia como el mundo nunca ha visto".

    La advertencia del comandante en jefe es una destacable escalada de la retórica militar con pocos precedentes en la historia reciente de ese país. Es cierto que el presidente Bill Clinton contempló a principios de 1994 el uso de la fuerza contra los norcoreanos, pero las duras palabras de Trump recuerdan más el tono y la cadencia de las pronunciadas en agosto de 1945 por el presidente Harry Truman en un mensaje donde anunciaba que EEUU había lanzado una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima y exigía a los japoneses que se rindieran, porque, si no lo hacían, "pueden esperar una lluvia de ruina desde el aire, de lo que no se ha visto en esta tierra".

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    Parece que Trump buscaba el paralelismo histórico, aunque el influyente diario The New York Times —embarcado en una especie de cruzada contra él— sostiene que la amenaza fue "improvisada". Lo cierto es que resulta difícil pensar en un presidente que use un lenguaje tan drástico como él para gestionar una crisis. Los jefes de Estado suelen emplear habitualmente un lenguaje más moderado en público que en privado, porque temen —con razón— que sus palabras puedan avivar un conflicto o servir de coartada para provocar otro. Pero eso no rige para el actual inquilino de la Casa Blanca.

    Truman difundió su ultimátum en un tiempo en que EEUU superaba militarmente de forma abrumadora a Japón, país que no tenían armas atómicas. El aviso de Trump, sin embargo, tiene como objetivo un Estado, amigo de China, que ha desarrollado armas nucleares y está probando misiles balísticos intercontinentales. Las circunstancias son complemente distintas.

    Trump nos tiene más que acostumbrados a un lenguaje directo e incluso agresivo, lleno de amenazas y descalificaciones a sus adversarios, donde Twitter se ha convertido en un ariete poderoso. Hasta ahora había sido un poco más cuidadoso en el terreno internacional, consciente de las consecuencias. Con respecto a Corea del Norte, solo había llegado a ridiculizar a Kim después de uno de los ensayos misilísticos, cuando dijo: "¿No tiene este chico nada mejor que hacer con su vida?" El salto de ahora resulta enorme y da un poco de vértigo.

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    A modo de iracunda reacción, las autoridades de Corea del Norte afirmaron que estaban considerando "cuidadosamente un plan operativo" para atacar preventivamente la isla de Guam, situada en el Océano Pacífico y habitada por 165.000 personas.

    Guam es territorio estadounidense, pero mantiene un estatus político especial similar al de Puerto Rico (sus ciudadanos tienen la nacionalidad pero no pueden votar en las presidenciales y disponen de un representante en el Capitolio sin derecho a voto). La isla es una pieza clave en el entramado militar de EEUU en esa región, pues cuenta con dos bases, una aérea en el norte (que suele alojar los bombarderos estratégicos B-1B con capacidad nuclear), y otra más naval en el sur. Situada a 3.500 kilómetros de Corea del Norte, se encontraría pues al alcance de los misiles Hwasong-12 de Kim Jong-un.

    La citada división entre los asesores y consejeros de Trump también se vive en relación a este espinoso tema geoestratégico. Mientras que los veteranos McMaster y el secretario de Defensa, Jim Mattis, consideran que Corea del Norte es una seria amenaza que requiere una respuesta firme, Bannon y el ala nacionalista piensan que todo esto no es más que una parte del conflicto con China y que Trump no debería dar más importancia a alguien como Kim Jong-un, a quien toman como un déspota inestable y malvado.

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    Algunos analistas en seguridad e inteligencia, como el español Pedro Baños, ya opinan que Trump está usando una vieja treta, la denominada "estrategia del hombre loco", una arriesgada forma de hacer política exterior que Richard Nixon se sacó de la manga durante el apogeo de la Guerra Fría.

    En octubre de 1969, la Administración Nixon indicó a la Unión Soviética que "el hombre loco estaba suelto", cuando las tropas de EEUU fueron puestas en alerta global de preparación para la guerra (sin el conocimiento de la mayoría de la población norteamericana) y los bombarderos armados con artefactos termonucleares en sus bodegas hicieron recorridos próximos a la frontera soviética durante tres días consecutivos.

    La Casa Blanca empleó esta peligrosa estrategia para obligar al Gobierno comunista norvietnamita a negociar el final de la Guerra de Vietnam. Por ejemplo, diplomáticos como Henry Kissinger camuflaron la incursión de 1970 en Camboya como un síntoma de la supuesta inestabilidad de Nixon.

    El problema es que Trump no es Nixon ni Corea del Norte es la Unión Soviética.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    relaciones bilaterales, Donald Trump, Kim Jong-un, Corea del Norte, EEUU
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