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    In this Dec. 14, 2015 file photo, Republican presidential candidate Donald Trump speaks about Army Sgt. Bowe Bergdahl at a rally in Las Vegas.

    Trump, la tercera guerra mundial y el "dilema del prisionero"

    © AP Photo/ John Locher
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    Walter Ego
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    Para quienes están con el alma en vilo y contienen la respiración ante la posibilidad de que próximamente estalle un conflicto bélico de dimensiones globales, les tengo una buena noticia: no habrá una Tercera Guerra Mundial a pesar de los improperios verbales y factuales que se arrojan a la cara por estos días Estados Unidos y Corea del Norte.

    "La guerra es el fracaso de la diplomacia"
    John Dingell, político estadounidense

    El sobresalto mundial resulta comprensible, pero exagerado a la luz de la historia reciente. Resulta comprensible porque cualquier desencuentro entre dos países con capacidad para utilizar armamento atómico no debe ser minimizado y menos porque el invierno (o infierno) nuclear no reconoce fronteras; resulta exagerado porque lo que no ocurrió en la Cuba de Fidel Castro a inicios de los años sesenta del pasado siglo, lo que no ocurrió en el Medio Oriente en 1990 tras la invasión y anexión de Kuwait por Sadam Husein, lo que no ocurrió en el 2003 durante la Segunda Guerra del Golfo cuando una coalición de países encabezados por Estados Unidos invadió Irak, no va a ocurrir ahora en un país con escasos aliados y huérfano de amigos: una escalada de la crisis que la convierta en un conflicto mundial susceptible al empleo de armas atómicas.

    No habrá apocalipsis nuclear, entre otras razones, porque su capacidad de destrucción masiva ha hecho también de las bombas atómicas 'armas de disuasión masiva'. Una guerra convencional, por emplear un símil, matemático, es un 'juego de suma cero' en el que las ganancias y las pérdidas basculan de un lado a otro: lo que gana un contendiente lo pierde el rival. Una conflagración nuclear —lo saben hasta los que no son expertos en el tema y me incluyo entre ellos— es una guerra de la que no emergerá un vencedor categórico. Tampoco habrá apocalipsis nuclear porque —en curiosa y providencial paradoja-la guerra es un negocio que florece mejor en los interregnos de paz.

    Eso lo sabe muy bien Donald Trump, quien podrá hacer dejación de la "política de paciencia estratégica" enarbolada por la administración de Barack Obama, pero nunca dejará de pensar como el hombre de negocios que es por encima de su empleo temporal como presidente de los Estados Unidos. No lo habrá leído, pero coincidirá con su homólogo Bill Clinton en que "cuanto más complejas se vuelven las sociedades, y más complejas son las redes de interdependencia dentro y fuera de los límites de las comunidades y las naciones, un mayor número de gente estará interesada en encontrar soluciones de suma no nula. Esto es, soluciones ganancia-ganancia en lugar de soluciones ganancia-pérdida"

    Atrapados con salida

    Atrapados como están en el 'dilema del prisionero' —por seguir con los símiles matemáticos—, resulta previsible que Kim Jong-un y Donald Trump se muestren poco cooperativos —tal como postula la 'teoría de juegos' en este problema—, a pesar de que ello resulte poco beneficioso para los países que encabezan (sin contar la zozobra que imponen al resto del mundo). Si en la 'teoría de juegos' se propone actuar en estos casos a partir de lo que se premedite hará el rival, pero sabiendo que éste también adaptará su proceder a lo que piense hará el competidor, en asuntos de diplomacia, que es el arte del disimulo, "lo importante no es escuchar lo que dicen, sino averiguar lo que piensan" los interlocutores. Sólo así se llega a soluciones benéficas para todos y no sólo para uno de los involucrados, que es el objetivo final de toda solución diplomática. A ello cabe sumar que en el mundo de hoy las alianzas entre países son menos previsibles y permanentes que en los días de la Guerra Fría —Ankara y Moscú se abrazan al mediodía y se dan la espalda a la caída del sol, Pekín negocia con Pyongyang al alba y con Washington al atardecer sin dejarse presionar— con lo que ello le abona a la posibilidad de abortar a tiempo equivocadas soluciones unilaterales de controversias internacionales.

    Por demás, me atrevo a insinuar que el programa nuclear de Corea del Norte es menos un fundamento de su defensa que una calculada moneda de cambio de cara a futuras conversaciones. No me causaría extrañeza que, parejamente a lo ocurrido en el caso de Irán, en una contingente ronda de diálogos, Corea del Norte supedite la detención de sus alardes coheteriles y de su programa nuclear al levantamiento de las sanciones internacionales en su contra.

    Por ello no hay nada que temer —por más que se extremen en inquietantes titulares periodísticos los profetas del caos—, mientras Donald Trump y Mike Pence sólo se prodiguen en frases mediáticas de advertencia hacia los norcoreanos a la vez que el ejército estadounidense realiza sus maniobras militares conjuntas con el de Corea del Sur; por ello no hay nada que temer mientras los norcoreanos sólo denuncien que Estados Unidos los están "empujando hacia la guerra" y Kim Jong-un se dedique a exhibir semanalmente su musculatura balística con misiles de incierta calidad. No hay nada que temer, se insiste, porque siempre quedará la diplomacia —la visible, como en el conflicto turco-israelí de 2010, o la soterrada, como en la Crisis de los Misiles de 1962— para resolver cualquier diferendo. O posponerlo, que es también una forma de solución como apuntara el novelista francés André Maurois.

    ¿Mucho ruido y pocas nueces? Mejor aún: mucho ruido (amenazas) y nada, afortunadamente, de nueces (nucleares).


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    diplomacia, opinión, tercera guerra mundial, guerra, Corea del Norte, EEUU
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