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    Kirguistán, caladero del yihadismo terrorista que ataca Europa

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    Francisco Herranz
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    ¿Qué une a las dos personas que han perpetrado atentados terroristas en Rusia y Suecia? ¿Acaso tienen alguna característica en común? Ambos eran oriundos de dos exrepúblicas soviéticas asiáticas, Kirguistán y Uzbekistán.

    El hombre que se inmoló en el metro de San Petersburgo se llamaba Akbaryón Yalílov. Tenía 22 años, era de origen uzbeko, había nacido en Osh, la segunda ciudad de Kirguistán, y poseía la nacionalidad rusa desde hacía tiempo.

    La persona que sembró el pánico en el centro de Estocolmo estampando un camión contra una zona comercial atiende al nombre de Rajmat Akílov y tiene 39 años. De origen tayiko, nació y se crió en la ciudad uzbeka de Samarkanda, famosa por haber sido parte esencial de la legendaria Ruta de la Seda.

    Situada en el pleno Valle de Ferganá, y muy próxima a la frontera con Uzbekistán, la ciudad kirguís de Osh es un lugar bastante complicado para vivir, no sólo ahora, sino desde hace más de 20 años.

    Ante las dificultades económicas un número cada vez mayor de personas está tomando refugio en Kirguistán en la religión. El Islam se ha convertido allí en un factor esencial de la vida pública desde el final de la era soviética. La explosión religiosa es manifiesta: en 1990 había sólo 39 mezquitas y en la actualidad se contabilizan más de 2.300 y su número no se detiene.

    Las organizaciones islámicas civiles se han duplicado desde 2000 en gran medida para suplir el papel del Estado en la prestación de servicios. Promueven varios tipos de Islam: unas son tolerantes; otras menos. En suma, están llenando el vacío creado por la debilidad del Estado y se concentran en asuntos sociales y religiosos. Pero a medida que la inestabilidad política y la radicalización religiosa se han ido profundizando, el Islam y el mundo de la política se han ido cruzando cada vez más a menudo.

    El Estado kirguís apoya la versión del Islam basada en la escuela moderada hanafí, dentro del sunismo, la escuela más común en toda Asia Central, y considera una amenaza el salafismo, del que ha surgido el yihadismo violento que ahora padecemos.

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    Sin embargo, algunos kirguises marginados económica y socialmente han abrazado versiones musulmanas mucho más radicales, a menudo importadas o patrocinadas desde el exterior.

    Las razones de este abrupto cambio de tendencia varían desde la alienación hasta el deseo de contar con más apoyo moral. Los bajos niveles de educación entre los sectores de población más jóvenes favorecen su vulnerabilidad, su manipulación y que aprendan corrientes no autóctonas del Islam gracias a la influencia extranjera de Arabia Saudí o Irán.

    El alto grado de desempleo también alimenta los sentimientos de odio y venganza. Esta preocupante situación se produce sobre todo entre el colectivo de los uzbekos quienes con frecuencia están malamente integrados y deficientemente representados en la política, la administración civil y los órganos de seguridad, de los que a menudo son perjudicados. Los uzbekos constituyen la principal minoría étnica de Kirguistán, con un 15% de la población total.

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    Kirguistán se ha convertido, por consiguiente, en un excelente territorio de reclutamiento y de propaganda yihadista, y no sólo del autodenominado Estado Islámico sino también de su aliado local, el Movimiento Islámico de Uzbekistán, según los informes de las organizaciones no gubernamentales que operan en la zona.

    El Movimiento Islámico de Uzbekistán, que recientemente juró fidelidad al Ejército Islámico en un intento de no perder influencia en la zona, fue creado en 1998 por excombatientes soviéticos de Afganistán con el objetivo manifiesto de deponer al difunto presidente Islam Karímov.

    Este es el caldo de cultivo donde han brotado los perfiles de activistas como Yalílov y Akílov. Desarraigo y venganza se unen en un entorno de pobreza e ignorancia que activa el fanatismo.

    La fragilidad de la estructura del Estado también ha impulsado las fricciones entre los grupos kirguises y uzbekos, incluso la existencia de pogromos, es decir, linchamientos multitudinarios, espontáneos o premeditados, acompañados de la destrucción o el expolio de sus bienes (casas, tiendas, centros religiosos, etcétera).

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    El último suceso más grave de estas características se produjo en junio de 2010, después de la destitución forzada del presidente Kurmanbek Bakíyev, en abril de ese año. Eso desató una profunda crisis institucional que dejó al país en medio de los disturbios generalizados y en un vacío de poder que se prolongó durante meses.

    Las tensiones interétnicas contenidas se desataron precisamente en Osh cuando se extendió el rumor de que los uzbekos, mayoritarios en esa ciudad, buscaban la secesión aprovechando el caos imperante en todo el Estado.

    Como consecuencia de la violencia desenfrenada, al menos 470 personas perdieron la vida, casi las tres cuartas partes de ellas uzbekas; más de 2.800 viviendas fueron destruidas, la mayoría uzbekas; y el 75% de los detenidos fueron uzbekos. Los datos hablan por sí solos.

    En Kirguistán se mantiene una narrativa que tilda a los uzbekos de proclives a la radicalización y a la animosidad hacia el Estado pero ignora que los kirguises también se están volviendo más furibundos por razones nacionalistas.

    Uzbekistán, por su parte, desarrolló una fuerte represión interna y una política de autoaislamiento para mantener a raya al extremismo, sobre todo desde su frontera meridional que limita con Afganistán. Sólo una fulminante hemorragia cerebral sacó del poder en 2016 al autoritario Islam Karímov, cuyo control omnímodo se afianzó inmediatamente después del colapso de la Unión Soviética en 1991. De hecho, Karímov, también oriundo de Samarkanda, era entonces el primer secretario del Partido Comunista uzbeko.

    Uzbekistán, que ha perdido hegemonía en Asia Central en favor del pujante Kazajistán, sigue enfrentándose a serias dificultades socio-económicas y a la amenaza yihadista, pero no soporta por ahora los graves problemas estructurales de Kirguistán.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    islam, atentado, terrorismo, Estocolmo, Kirguistán, Uzbekistán, Kazajistán, San Petersburgo
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