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    El 5 de febrero de 2017, al finalizar el Super Bowl 51, el periodista mexicano Mauricio Ortega Camberos se robó el jersey blanco ribeteado en azul que vistió en aquel partido el mariscal de campo Tom Brady, figura esencial en la histórica victoria de su equipo, los 'Patriotas' de Nueva Inglaterra, sobre los 'Halcones' de Atlanta.

    Nada se supo entonces del responsable del robo. Hasta casi un mes después, tras la denuncia hecha por el jugador afectado y la investigación iniciada por el FBI, que contó con el apoyo de las autoridades de justicia en México, se le pudo poner nombre y rostro al villano de una historia unida para siempre a la proeza deportiva de Brady y compañía. Aunque hoy Mauricio Ortega —quien fuera director del diario 'La Prensa' y devoto hasta el fanatismo del fútbol americano— tiene el perdón de su víctima y de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL, por sus siglas en inglés: National Football League) y está ajeno a cualquier proceso legal en su contra, la opinión pública se ha ensañado en su figura y proceder mediante 'memes' y comentarios más cercanos a una suerte de exorcismo mediático que al ejercicio ciudadano de la libertad de expresión.

    De 'patriotas' y 'halcones'

    Tenía razón Voltaire: el pueblo prodiga "lo mismo su odio que su amor". Mauricio Ortega es la verborrea pública mexicana hecha carne, el receptor del "odio inútil" del que hablara José Martí. Se le sataniza como si su error constituyera una vergüenza nacional cuando apenas si fue la pésima decisión de un individuo aquejado de 'memorabilia extrema', por darle un nombre cándido a su pasión incontinente por el fútbol americano; se le exorciza mediáticamente, como si a través de él muchos quisieran sacar sus propios demonios. Mauricio Ortega, que obtuvo el perdón humano —se reitera—, y se libró de la ciega justicia terrenal, tendrá sobre sí —y sin derecho al olvido, que es otra de las formas del perdón— la mirada de millones de mexicanos que a diario navegan por la red de redes y que dicen sentirse avergonzados por la fechoría del periodista.

    #YoNoSoyMauricioOrtega pudiera ser un 'hashtag' que secundaría, pero ciertamente no me avergüenzo, como mexicano, de su proceder, porque no es Ortega Camberos, ni como periodista ni como ciudadano, la encarnadura de eticidad alguna por la que se deba juzgar a todo un pueblo. Me avergüenzan más esos otros mexicanos que sí cargan simbólicamente en sus hombros la integridad de un país y la enlodan a diario con su moral de pandilleros. Es una torpeza pensar, como han expresado algunos, que el furtivo proceder del periodista le abona a esa satanización de los mexicanos que una tarde sí y otra también promueve el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sin necesidad de hurtos futboleros ni excusas de otra índole. Para algunos dizque 'patriotas', no de Nueva Inglaterra, sino mexicanos, tal pareciera que Mauricio Ortega —quien ciertamente infamó la confianza en él depositada por la dignidad de su cargo— es la Malinche traidora a su pueblo, rediviva en cuerpo de hombre en los tiempos de internet, la sierpe culpable acreedora de ser devorada por los 'halcones' propios y los del norte, la sierpe acreedora de cuanto odio se genere hacia México fuera de su frontera, acreedora también de todos los agravios por venir.

    Satanizar a Mauricio Ortega, encauzar hacia él "odios inútiles", no beatificará a México en el imaginario del estadounidense promedio, mucho menos en el del empresario devenido en presidente que tuitea casi a diario la política de Estados Unidos. Fincarle responsabilidad penal a Ortega en su tierra de origen —como pide el expresidente Felipe Calderón, quien parece haber olvidado los sangrientos resultados de su inconstitucional uso del Ejército para labores policíacas en la lucha contra el flagelo del narcotráfico— no hará que el país se gane el aplauso de nadie en este extraño mundo en el que un jersey sudado y percudido puede llegar a valer medio millón de dólares, en este extraño mundo en el que nadie quisiera estar ahora en el pellejo de Mauricio Ortega Camberos, pero algunos de quienes lo denuestan habitarían gustosos la piel de cualquier narcotraficante rico, elusivo y famoso.

    El presente de Mauricio Ortega —un hombre cortés y caballeroso, en palabras de gente cercana a él, y cuya actuación, digámoslo claramente, jamás podrá ser celebrada— bien se acomoda en unas coplas españolas que reflejan en sus versos de arte menor el linchamiento mediático al que ha sido sometido por el enfático proceder de quienes parecen querer vindicar la (para ellos) ofendida dignidad del país, fiscales ciudadanos que olvidan —Amado Nervo 'dixit'— que "la verdadera grandeza no necesita la humillación del resto".

    Cuando se emborracha un pobre
    Todos dicen: ¡borrachón!
    Cuando se emborracha un rico:
    ¡Qué alegrito va el señor!

    Si porque me ves caído
    Me señalas con el dedo
    No atiendas a lo que soy
    Sino a lo que fui primero

    No hay quien levante al caído
    Ni quien la mano le dé
    Como lo ven abatido
    Todos le dan con el pie


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    fútbol, poesía, ladrones, SuperBowl, EEUU
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