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    La etiqueta Made in China

    La irresistible atracción del proteccionismo

    © Flickr/ Martin Abegglen
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    Luis Rivas
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    En muchos comercios europeos los clientes han adoptado una nueva actitud: lanzarse hacia la etiqueta que señala dónde se ha fabricado el producto. Cuando se lee "Made in China", el consumidor tuerce el gesto y considera que la calidad es deficiente. Cuando mira el precio, hace cálculos y compara resignado la cifra con la del producto nacional.

    En Francia, la batalla del "Made in France" es un argumento político que refleja la crisis de la producción nacional y el recuerdo de un pasado industrial pre-mundialización que, ante la impotencia, atiza los deseos de proteccionismo y "patriotismo industrial".

    Los ciudadanos europeos han sido insensibles durante los años que precedieron a la crisis de 2008 a la procedencia de sus principales productos de consumo. La apertura de fronteras comerciales, el libre cambio, el mercado global ocultaba que las zapatillas deportivas que calzaban para intentar rebajar su exceso de peso estaban fabricadas por niños/esclavos en países donde la inexistencia de sindicatos y de leyes sociales propiciaban el bajo coste de producción a las multinacionales que, de vez en cuando, celebran manifestaciones solidarias con el llamado Tercer Mundo, para calmar su culpabilidad con una dosis de supuesta solidaridad.

    En muchas calles de Francia, se escuchan voces polacas o portuguesas entre los grupos de trabajadores que vuelven a recuperar el ritmo de construcción de edificios públicos o privados. La participación de albañiles europeos en países socios del Club Comunitario no debería sorprender sino es porque las empresas polacas o portuguesas que emplean a esos trabajadores no pagan los llamados costes sociales que en Francia se exige a las empresas autóctonas. Los sindicatos denuncian este "dumping social" permitido por los "expertos" de Bruselas.

    La prensa europea investiga y denuncia los casos de evasión hacia paraísos fiscales lejos o cerca de sus fronteras. Pero dentro de la UE existen países, como Lichtenstein, que han vivido y viven de la ingeniería fiscal que permite a empresas y particulares esconder dinero al fisco nacional. Otros países, como Irlanda, con los mismos derechos y deberes en teoría que los otros 27 miembros de la UE, ofrece facilidades fiscales inmejorables a las corporaciones norteamericanas que se instalan en Europa. No solo pagan menos impuestos que si se cobijaran en Roma, por ejemplo, también pagan mucho menos de lo que deberían hacer si mantuvieran la sede de sus operaciones internacionales en Estados Unidos. Las voces que denuncian el "dumping fiscal" son todavía menos audibles que los pelotazos de las mesas de ping-pong instaladas en las sedes de esas empresas norteamericanas que son tan "cool" con sus empleados europeos.

    Los propagandistas de Bruselas defienden como un éxito sin fronteras los tratados de comercio que la UE firma con socios como EEUU o Canadá. Las protestas de muchos productores europeos eran hasta ahora apagadas y burladas como una resistencia de reaccionarios a las maravillas de la apertura al comercio global.

    La propia crisis económica, política y social que viven la mayoría de los países europeos y el fantasma del proteccionismo económico, del nacionalismo populista o de la simple revuelta de los hasta ahora ciudadanos silenciosos están haciendo despertar a ciudadanos y administradores políticos. El TAFTA, el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y la UE fue herido de muerte por el gobierno socialista de París antes de que Donald Trump lo rematara tras su victoria electoral. El acuerdo CETA que Bruselas y Canadá han firmado deberá ser ratificado por los 27 parlamentos de los países miembros de la UE, con lo que ello supone de riesgo.

    De la eurofilia al europesimismo

    Hasta hace pocos años, aquel que en Europa se atrevía a criticar la falta de democracia en las acciones y decisiones de la Unión Europea era considerado un extremista poco serio. Hoy las voces que subrayan la falta de apoyo popular a las medidas que se implementan en Bruselas crece de tal manera que muchos parlamentarios nacionales están dispuestos a rechazar lo que sus colegas europeos deciden en los hemiciclos de Bruselas o Estrasburgo.

    La eurofilia como obligación ha dejado paso a un europesimismo que ha roto la barrera sicológica que antes existía sobre el abandono puro y simple de la moneda única o de la propia UE. Los conservadores británicos han ofrecido el ejemplo con el inestimable apoyo de sus rivales de izquierda, el Partido Laborista.

    Una batalla ideológica divide a Europa entre los que siguen creyendo que la Unión es sinónimo de progreso y garantía de fortaleza, y los que consideran que el retorno a la soberanía nacional es la mejor arma para hacer frente a los problemas económicos, sociales e identitarios que el continente europeo enfrenta.

    Para los segundos, sin la soberanía sobre las decisiones económicas no se puede sustentar una diplomacia que sirva a los intereses nacionales. Y en ese punto coinciden personajes tan dispares como el candidato de la extrema izquierda francesa, Jean-Luc Mélenchon y el líder del Partido de la Libertad holandés, Geert Wilders.

    Pro comunitarios y anti-UE se enfrentan en cada contienda electoral nacional con argumentos que no logran sacar de la duda a una ciudadanía confundida por los argumentos de eminentes economistas que, desde cada lado, les bombardean con las consecuencias de la salida de la UE.

    Los británicos han roto el tabú. Los agoreros preveían consecuencias dramáticas desde minutos después del referéndum que dio la victoria al Brexit. Aún es pronto para hacer balance y, además, la salida efectiva se hará progresivamente, pero los primeros datos económicos alejan los peores designios de los partidarios del "remain" y de sus apoyos al otro lado del Canal de la Mancha.

    Una parte de la socialdemocracia europea, que considera una herejía la salida de la UE, observa con la boca abierta cómo la conservadora Theresa May inicia una política de reindustrialización y relanzamiento que contradice el liberalismo sin frenos de la etapa Thatcher. Ello no habría sido posible si los británicos hubieran seguido en la Unión, aseguran los soberanistas, que con este ejemplo quieren desmontar los supuestos beneficios que conlleva la dejación de las decisiones económicas de trascendencia nacional en manos de los llamados, con desprecio "burócratas de Bruselas".

    En un reciente programa de la televisión francesa, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, defendió ante especialistas en economía que el abandono de la moneda única europea no tendría consecuencias dramáticas para los ciudadanos de su país. Sus interlocutores europeístas no supieron contrarrestar los argumentos de la favorita en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Las amenazas de "corralitos" y otras calamidades del "eurexit" no cuajan ante el desmoronamiento de unos ideales comunitarios que no han sabido responder a la mayor crisis que vive el Viejo Continente desde los años 30 del siglo pasado.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    proteccionismo, Francia, EEUU, Europa
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