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    Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente de la República de Brasil

    El odio: ese asesino no tan silencioso

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    Diego Manuel Vidal
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    La muerte por un accidente cerebro vascular de Marisa Letícia, esposa del ex presidente de Brasil Lula Da Silva, instaló en la dirigencia política local la convicción de que los ataques virulentos y persecución judicial contra quien gobernó el país entre 2003 y 2012, se había cobrado su primera víctima.

    "Marisa tuvo su casa invadida por un ejército de policías y vio su vida e intimidad, así como la de sus hijos y nietos, expuestas en la prensa nacional e internacional. Los daños fueron insuperables", aseguraron los abogados de Lula y de Marisa Letícia en la causa conocida como Lava Jato. Causa en la que aún no han podido involucrar al líder fundador del Partido de los Trabajadores, ni a su familia, con pruebas o delaciones de los principales protagonistas, muchos de ellos encarcelados ya.

    Y los letrados no fueron los únicos que responsabilizan por su fallecimiento a la implacable campaña mediática y judicial, con el acompañamiento de la dirigencia política conservadora, también numerosos dirigentes y legisladores recordaron por estas horas las presiones sufridas. "Ella sufrió una persecución mediática sin precedentes, que le provocó profunda tristeza y le precipitó problemas de salud en el transcurso de un estado emocional extremadamente sacudido por ese cerco que se impuso a su vida", declaró el senador del PT por Pernambuco Humberto Costa, que además es médico.

    Del mismo modo se refirió el dirigente del Partido Comunista del Brasil, Daniel Almeida, para quien resulta "casi inimaginable una persona sufrir tantos ataques como Lula ha sufrido, ser su pareja, estar a su lado y permanecer fuerte, sin problemas emocionales ni de salud".

    La cuestión de los ataques que fomentaron el odio irracional en algunos sectores sociales, como consecuencia directa de los mismos, ha funcionado como el veneno que minó la fortaleza de la compañera de vida y militancia de Lula Da Silva. Las manifestaciones de un grupúsculo de señoras de clase media frente al hospital Sirio Libanés de San Pablo, donde se encontraba Marisa en coma, o los galenos que como la reumatóloga de ese nosocomio, Gabriela Munhoz, que reveló en un grupo de WhatsApp la situación clínica de la mujer y el neurocirujano Richam Faissal Ellakkis, "sugiriendo" cómo acelerar su defunción, a sus colegas que la atendían.

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    Si bien estos profesionales ante la gravedad en la violación de sus códigos de éticas fueron sancionados, al menos administrativamente, también desde la Justicia hubo una demostración de desprecio y falta de humanidad por parte del Procurador Rômulo Paiva Filho que llegó a postear en su perfil de Facebook (hoy dado de baja por él mismo) con un "Muere pronto, peste!. Quiero abrir inmediatamente mi champagne!" cuando se supo el grado irreversible del estado en que se hallaba la ex Primera Dama del Brasil. Aunque el Ministerio Público de Minas Gerais, al que pertenece este personaje, decidió impulsar una investigación, el daño social ya está hecho. Numerosos comentarios hostiles atravesaron la transmisión en directo de la ceremonia de despedida de los restos mortales de Marisa Letícia, entre las lágrimas de Lula y de cientos de personas que asistieron al local del Sindicato Industrial paulista en el que tantas luchas enfrentaron juntos.

    Este es el clima político que se vive en Brasil. El que creó el poder real, conformado por industriales, banqueros, corporaciones de prensa y una camada política corrupta que ha sobrevivido a todo en estas tres décadas y poco más de democracia.

    Nada de lo que digan, ni los abrazos compungidos de pésame o los falsos gestos de tolerancia que se expresan en estas horas, dejarán de tener un barniz hipócrita.
    Lo han conseguido. Asesinaron al corazón más amado del viejo guerrero semianalfabeto, salido de la más extrema pobreza, que gobernó por dos veces la nación mayor de Sudamérica. No fue en silencio, sino con el aturdidor sonido de las mentiras dichas una y otra vez, durante quince años.

    Queda la esperanza. En más de una oportunidad, este hombre criado en el fondo pestilente de un bar, preso por la dictadura militar por enfrentarla a pecho descubierto, secó el llanto de su rostro y emergió con la fuerza de sus convicciones para derrotar a sus adversarios y torcerle el brazo a la miseria empeñada en diezmar a sus compatriotas.

    "Descanse en paz, Marisa. Su 'Lulinha Paz y Amor' va a quedar aquí para pelear por ti", fue el compromiso de despedida que asumió frente al féretro.

    Quienes los conocen de siempre dan por cierto que Lula va a pelear para volver.

    Y que va a volver.

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    Operación Lava Jato, Marisa Letícia Lula da Silva, Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil
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