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    La vigencia de Rusia en el nuevo contexto mundial

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    Patricia Lee Wynne
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    En diciembre se cumplieron 25 años de la disolución de la Unión Soviética. A juzgar por las toneladas de tinta gastadas para describir su desaparición, se podría pensar que fue consecuencia de una aplastante derrota.

    Un cuarto de siglo después, el panorama no puede ser más distinto del pronosticado: el mundo no termina de recuperarse de la peor catástrofe económica desde 1929; la Unión Europea, la principal construcción comunitaria de posguerra, diseñada para contener a la URSS, cruje con el Brexit; la globalización, presentada como la triunfadora de la Guerra Fría, retrocede en retirada; el Medio Oriente ha sido incendiado desde Libia hasta Afganistán. Y la potencia que pretendía ser hegemónica, se refugia en el proteccionismo, mientras su bipartidismo se derrumba.

    Contra todos los pronósticos, Rusia, la heredera de la URSS, la supuesta derrotada de ayer, se recuperó, y ahora le echan la culpa de todo, desde el Brexit hasta el triunfo de Donald Trump.

    Es que la URSS no desapareció como producto de un triunfo militar apabullante. Se desintegró víctima de sus propias contradicciones, sometida a las fuertes presiones de la carrera armamentista, con una economía cada vez más paralizada y una población cada vez más descontenta con el régimen.

    La diferencia de resultados entre una derrota y otra que no fue, es abismal: nunca la disolución de un imperio fue tan pacífica como la de la URSS, comparada con los regueros de sangre provocados por la desaparición de los imperios alemán, ruso, turco y austro húngaro hace un siglo.

    Estados Unidos se atribuyó una victoria que no le pertenecía y actuó frente a la nueva Rusia como si la hubiera vencido en combate. Le quiso imponer condiciones de paz versallescas, similares a las que le impusieron a Alemania al finalizar la Primera Guerra Mundial, como colocar a la OTAN en sus fronteras.

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    Por el contrario, Mijail Gorbachov, Boris Yeltsin y Vladimir Putin hicieron lo posible por integrarse a Occidente: Gorbachov facilitó la reunificación de Alemania pero le pagaron incumpliendo la promesa de no extender la OTAN hacia las fronteras rusas.

    Boris Yeltsin aceptó la primera ampliación de la OTAN en 1994, pero en 1999 bombardearon Belgrado durante casi 80 días. Putin aceptó la segunda ampliación de la OTAN en 2004, pero EEUU se retiró del Tratado Antimisilístico para iniciar su propio sistema de defensa antimisiles en Europa. Peor aún, buscó asociar a Ucrania y a Georgia a la OTAN. Como si Rusia pretendiera hacer un acuerdo con Canadá y México para colocar misiles y destacamentos en El Paso o en Ottawa.

    Contra todos los pronósticos, Rusia no se desintegró. Desde el año 2000, se empezó a recuperar de una pavorosa crisis y a retomar su papel en la arena internacional. Ucrania en 2014 y Alepo en 2016 fueron dos puntos de inflexión.

    La Unión Europea y Estados Unidos participaron directamente en las manifestaciones contra el presidente Víktor Yanukovich en Ucrania, sus funcionarios repartieron chocolates en la Plaza Maidán y apoyaron al Sector de Derecha, un grupo paramilitar que reivindica a Stepan Bandera, el líder nacionalista nazi que apoyó la invasión alemana en 1942.

    En 2014, la avenida Kreshatik de Kiev lucía enormes pancartas con el retrato de Bandera, algo inimaginable para un latinoamericano: como si hubiera gigantografias de Augusto Pinochet en la Alameda de Chile, o de Jorge Videla en Avenida de Mayo en Buenos Aires.

    Como dijo Putin, querían llevar los marineros de la OTAN a Crimea, a la ciudad heroica de Sebastopol, donde se libró una de las batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial. Cruzaron la línea roja.

    En Siria se vivió la otra gran batalla: tras la desaparición de la URSS, se abrió un vacío en el Medio Oriente, su antigua zona de influencia, que pretendió ser llenado por Estados Unidos.

    El punto clave fue Siria, donde grupos armados financiados Arabia Saudita y las monarquías del Golfo Pérsico, con el respaldo de Estados Unidos, intentaron derribar a Assad, algo así como los contras nicaragüenses en los años 80. Pretendían convertir a Siria en el trofeo que no se pudieron llevar en Ucrania. Pero Alepo fue el final de esa aventura.

    En el fondo del error occidental subyace una profunda desvalorización del papel de la URSS. No percibieron que los 27 millones de muertos soviéticos (frente a 1,7 millones de EEUU, Francia y Gran Bretaña juntos) salvaron al mundo del fascismo y a la moribunda democracia europea en la Segunda Guerra Mundial. Subestimaron que ese inmenso sacrificio abrió las puertas a los procesos de liberación nacional que terminaron prácticamente con el colonialismo en el mundo, desde China pasando por Vietnam, Argelia y Cuba.

    Ocultaron que el Estado de Bienestar (las vacaciones, jubilaciones, sistemas de salud y educación de las que gozan cada vez menos europeos), fue una inmensa concesión para impedir que los europeos, desesperados por la destrucción de la Guerra, siguieran el mismo camino que la Rusia de 1917.

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    Hoy, el nieto del soldado desconocido que murió en Stalingrado, en el sitio de Leningrado o en Berlín, no acepta que lo sienten en la mesa de los derrotados y le nieguen su puesto en la mesa de los vencedores. No acepta que lo acorralen con sanciones y que la OTAN acerque sus cohetes a las fronteras rusas, reviviendo los dolorosos recuerdos de la Guerra Patria.

    Como escribió Dimitri Trenin, del Centro Carnegie de Moscú, "Rusia tiene una cualidad única: sus élites gobernantes y su pueblo rechazan firmemente la dominación del sistema internacional por una sola potencia".

    En diciembre de 2016, la BBC realizó un documental titulado "Cómo Rusia ganó la carrera espacial", en el cual reseña el primer satélite en 1957, Sputnik, el primer ser humano en viajar al espacio en 1961, Yuri Gagarin, la primera mujer en 1963, Valentina Tereshkova, la primera caminata espacial de Alexei Leonov, en 1965, y la primera estación orbital en 1971, sucedida por la MIR en 1986, y la Estación Espacial Internacional en 2001, a la cual llegan astronautas estadounidenses y europeos usando trajes rusos en la cápsula rusa Soyuz enviada en un cohete R-7 ruso desde el cosmódromo ruso Baikonur. Este triunfo no podría explicarse sin el titánico esfuerzo soviético por derrotar al fascismo, del cual Serguei Korolev fue el gestor indiscutido.

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    Se cumple un siglo de la revolución de 1917, el audaz experimento histórico que pretendió reemplazar el sistema capitalista por otro orden económico, político y social. En este centenario, la valoración de los éxitos y fracasos que llevaron a la disolución de la URSS hace 25 años, es una obligación ineludible. Pero asumir que la URSS y Rusia, su heredera, fueron derrotadas por la supremacía occidental,  reveló ser una noticia errónea y apresurada.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Borís Yeltsin, diplomacia, política exterior, Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, Vladímir Putin, EEUU, Rusia
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