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    Diciembre es el mes de los recuerdos. Los míos me llevan hoy a revivir —y a compartir— la nostalgia por un espacio del que ninguna ciudad del mundo que merezca ese nombre puede prescindir: el barrio.

    "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla"
    Antonio Machado

     

     

    La Semántica refiere que "barrio" —una voz con raíces árabes—"es toda subdivisión con identidad propia de una ciudad o pueblo". Pero el barrio no es tanto un asunto de geografía urbana como de los laberintos del corazón y la memoria que en esencia son lo mismo. Recordar, valga el didactismo etimológico, es "volver al corazón" (re-cordis).

    Si la infancia es el aleph del ser humano, ese punto que contiene todos los puntos del Universo, ese instante que contiene todos los instantes de la Eternidad, el barrio —llámese Arbat en Moscú, Shinagawa en Tokio, Palermo en Buenos Aires, Jesús María en La Habana o Lavapiés en Madrid- es ese ámbito mágico que confiere a todo individuo su primer sentido de pertenencia luego de la familia. El amor a la Patria nos lo inculcan en el colegio con efemérides estrictas e historias épicas que sólo al paso del tiempo uno termina por hacer suyas; el amor al barrio, la verdadera patria chica, se aprende desde pequeño en el decurso vital de cada jornada. Se puede alejar uno del país en que nació, pero nadie se aleja para siempre del barrio en que se formó.

    El barrio es el escenario idealizado de todos los comienzos y de todas las nostalgias: de la primera escuela, los primeros amigos y la primera novia (aunque ella no lo sepa) a los olores recuperados del puesto de comida de la esquina, la evocación del viejo cine de los besos furtivos —quizás ya demolido—, la memoria de los muchos juegos en la calle que entonces era de todos.

    Niños de Somalia juegan el fútbol
    © AFP 2019 / Mohamed Abdiwahab
    Niños de Somalia juegan el fútbol

    El barrio te inicia en las lides deportivas. A falta de terrenos oficiales cualquier espacio se adapta a las necesidades del juego: el poste de la luz o del cableado telefónico sostiene una improvisada canasta de baloncesto; dos piedras en la tierra o el asfalto delimitan una portería sin red; las cuatro esquinas de un cruce de calles poco transitadas sirven para fijar las cuatro bases de una versión libre del juego de béisbol; una pelota y una pared cualquiera es todo lo que se necesita para jugar a mano limpia la versión más popular de la pelota vasca. En las calles de sus barrios compitieron por primera vez muchos de los atletas de todos los tiempos: los que subieron a lo más alto de un podio, los que jamás conocieron la alegría de un premio.

    El barrio te incorpora sin excusas a alguna pandilla, ese grupo de amigos con ideales comunes que mal encauzados terminan en la violencia e incluso en el delito, pero acomodados en el lado recto de la vida resulta el crisol donde se forjan amistades entrañables y duraderas. "Las aventuras de Tom Sawyer" (Mark Twain), "Timur y su pandilla" (Arkady Gaidar), "Muchachos del sur" (Álvaro Yunque), son ficciones en los que la literatura infanto-juvenil ha recreado esa mística de las pandillas que marcan para siempre la niñez y la adolescencia en cualquier geografía citadina.

    El barrio no es excluyente. Aunque recele del extraño, lo incorpora a su dinámica cuando éste se asienta definitivamente en él. La gente del barrio es como la familia, que no se elige pero se crece inmersa en ella; y al igual que en la familia, en el barrio hay coincidencias y divergencias entre sus integrantes, algunos tan singulares que terminan por identificar al vecindario: el loco del que no se tienen noticias de su delirio y al que se le embroma y se le teme con pareja vehemencia; la vecina cizañera cuyo talento mejor es enredar hasta el encono cualquier asunto —por más trivial que sea— del que tenga conocimiento; el bravucón que a todos intimida con sus ademanes hoscos y mirada gélida pero que en no pocos casos esconde bajo esa armadura un corazón tierno. Otros personajes han sido devorados por el progreso, como el cartero, con su fama de portador de malas noticias, y el lechero metódico y puntual a quien se le atribuían los hijos imprevistos de las madres solteras y también los de las casadas con maridos ocupados y distantes.

    Niños en un barrio residencial en Alepo
    © Sputnik / Iliya Pitalev
    Niños en un barrio residencial en Alepo

    Los barrios hablan de una época devastada por los vientos sin alma de la globalización, cuando las puertas de las casas permanecían entreabiertas, o sin asegurar por dentro, prácticamente todo el día hasta que el crepúsculo imponía un enclaustramiento que le adeudaba más a la necesaria tranquilidad del sueño que a razones de seguridad. Como dicen en el "barrio bravo de Tepito de la ciudad de México: "si perro no come perro, el barrio no roba al barrio". Los barrios, sobre todos los más pobres, hablan también de una época en que ser solidario resultaba algo más que una virtud: era una forma de vida. La canción "El nacimiento de Ramiro", del salsero panameño Rubén Blades, lo describe en cuatro versos:

    Se ha formado una gran fiesta
    todo el barrio está conmigo
    como nadie tiene plata
    que to' el barrio sea el padrino

    A la globalización debemos también lo citadino de un mundo que replica a escala planetaria los distintivos barrios de antaño: hacia el oriente se ubica Chinatown, que ha devenido por su desarrollo económico en una potencia mundial; el animado Barrio Latino se extiende del río Bravo a la Patagonia; el Barrio Judío establecido en 1948 sobre vestigios de la Canaán bíblica sigue concitando los recelos antisemitas de siempre; en la fría Europa están "las casitas del barrio alto" a las que todos quisieran migrar; Estados Unidos es el "downtown" del mundo en tanto centro financiero…

    La Tierra, mucho me temo, es un barrio más, y de los más peligrosos, en esta desolada galaxia que habitamos.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    barrio
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