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    Una niña con las fotos de Fidel y Raúl Castro

    Tres funerales para Fidel Castro Ruz

    © REUTERS / Enrique De La Osa
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    Fidel Castro Ruz fue uno y tres a la vez: Fidel para sus devotos, Castro para sus enemigos y Fidel Castro para quienes le adversaron desde un respeto tejido por la mesura y la seducción. Esa trinidad "non sancta" explica el dolor, el alborozo y el respeto simultáneos que su muerte ha suscitado.

    "Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: Con todos, y para el bien de todos"
    José Martí

     

    Fidel fue el artífice de los logros de la Educación, la Salud y el Deporte cubanos; Castro se erigió en el megalómano arquitecto de su propio destino, ese que impuso a los ciudadanos de todo un país relegados al papel de meros albañiles de un porvenir de "Patria o Muerte" devenido luego constitucionalmente en "Socialismo o Muerte", como si la Nación cubana fuera reductible a los preceptos de manual de un sistema social de producción. Fidel Castro envió maestros, médicos y entrenadores deportivos cubanos a países que nunca cuestionaron los métodos inconsultos y delirantes que hicieron de una pequeña isla una potencia hemisférica en esos rubros.

    Fidel erradicó el analfabetismo en un pueblo al que Castro negó el acceso a libros y autores que tachó de traidores y subversivos. Fidel Castro incorporó a su séquito de prudentes partidarios a escritores, artistas y periodistas deslumbrados por los entresijos de un Poder cuyos excesos sólo condenaron en sus libros y en geografías distintas.

    El novelista colombiano Gabriel García Márquez fue el más notable de ellos.

    Fidel hizo público y gratuito el acceso a una Educación doctrinaria que debía formar al "hombre nuevo", ese "hombre nuevo" que Castro quiso ajeno a opiáceas creencias religiosas que terminaron por convertirse en estigmas sociales; a preferencias sexuales discordantes que se quisieron reencauzar mediante la reciedumbre del trabajo correctivo, y a diferencias con el pensamiento oficial que terminaron por engendrar la doble moral que las camuflaba. Fidel Castro, en cambio, se codeaba con líderes religiosos, frecuentó la amistad de homosexuales y lesbianas, y tuvo afinidades con líderes políticos que nunca practicaron en sus países los excesos totalitarios del presidente cubano.

    Fidel hizo del Deporte y de la Salud Pública un derecho del pueblo; Castro convirtió a los deportistas de alto rendimiento del país y a los médicos graduados por la Revolución en rehenes de su propia gloria. De ahí los récords borrados de los libros de todos aquellos atletas que se atrevieron a vivir fuera del alcance de Fidel Castro para explotar como individuos su propio talento; de ahí el gran número de médicos que para procurarse parejo destino buscaron fuera de Cuba su realización personal y dejar de ser así monedas de cambio en la economía del trueque.

    En Fidel se alaba su perseverancia, en Castro se condena su tozudez. Fidel perseveró en su lucha contra Fulgencio Batista a pesar del fracaso del asalto al cuartel Moncada que lo llevara a una prisión de la que salió amnistiado. Castro no tuvo la elemental probidad de dispensar a sus adversarios vencidos el mismo trato de prisioneros políticos que él recibió cuando se opuso a un gobierno. Fidel Castro negoció la libertad de sus opositores con gobernantes seducidos por el carisma de su poder omnímodo.

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    Fidel apenas si fue una torre en el ajedrez político del siglo XX, una torre obligada por las circunstancias históricas al enroque con el soberano rojo, cuyo rol en el tablero Castro siempre quiso replicar y en ocasiones consiguió. De ahí que Fidel Castro se sintiera ofendido cuando el presidente soviético Nikita Jrushchov pactara a sus espaldas el empate con su homólogo norteamericano John F. Kennedy para poner fin a la crítica historia de unos misiles que solo poseían los verdaderos contendientes de aquella partida; de ahí que desde 1961 llevara a Cuba a formar parte del Movimiento de Países No Alineados.

    Fidel Castro
    © REUTERS / Oswaldo Rivas
    Que cada quien despida entonces al muerto de su memoria. A Fidel como el héroe mitificado con su traje verde olivo y sus galones de Comandante en Jefe; a Castro como el dictador retirado enfundado en el pants y la sudadera Adidas de anciano achacoso; a Fidel Castro como "el líder de la Revolución cubana" (aséptica definición que denota, pero no connota) que asistía con guayabera blanca a las reuniones internacionales con sus homólogos de gobierno sin que ninguno le reprochara jamás los excesos jacobinos de su criatura social. La Historia, que no juzga, ergo, no absuelve, ha dejado suficientes testimonios para una sentencia que sólo el tiempo podrá fijar como definitiva. Entretanto lo llorarán sus devotos, festejarán sus adversarios y lo honrarán sus pariguales. Yo —por si a alguien le interesa mi opinión más personal—, que durante muchos veranos lo llamé Fidel y nunca he podido llamarlo Castro a secas; yo, que no le lloro por haber hecho de mi tierra natal un cuartel venido a menos cuando pudo fundar un pueblo próspero —"Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento", le escribió José Martí, el Apóstol de la independencia de Cuba, al Generalísimo Máximo Gómez para explicarle su renuencia a involucrarse en una guerra independentista en las que acechaban los excesos del caudillismo—; yo, que no festejo por la certidumbre de que esa Cuba en la que no vivo desde hace once años aún no avanza por la senda martiana del "con todos, y para el bien de todos", pongo como epitafio en la tumba de ese, "mi" Fidel Castro, la estrofa final de la canción "Foto de Familia" del trovador Carlos Varela que define como pocas el sentir amargo de al menos un par de generaciones de cubanos que fuimos deslumbrados por el advenimiento de un futuro que nunca llegó, que siempre fue un presente aplazado:

    Detrás de todos estos años
    detrás del miedo y el dolor
    vivimos añorando algo
    y descubrimos con desilusión
    que no sirvió de nada, de nada
    "o casi nada, que no es lo mismo pero es igual"


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Fidel Castro, Cuba
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