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    PARÍS (Sputnik) — La visita de Barack Obama a Grecia en su gira de adiós a Europa puso en evidencia la importancia que Washington concede a una zona del Viejo Continente que vive bajo un polvorín repleto de incendiarias armas ideológicas, nacionalistas, de disputas territoriales, diferencias étnicas, religiosas y estratégicas.

    La visita de Barack Obama a Grecia en su gira de adiós a Europa puso en evidencia la importancia que Washington concede a una zona del Viejo Continente que vive bajo un polvorín repleto de incendiarias armas ideológicas, nacionalistas, de disputas territoriales, diferencias étnicas, religiosas y estratégicas.

    Obama llegó a Atenas dejando atrás la estela de estupefacción que en su país y en el resto del mundo causó la victoria de Donald Trump sobre 'su' candidata, Hillary Clinton. Y la curiosidad de los periodistas estuvo centrada más en su reemplazante que en su propia persona. El mandatario norteamericano, en efecto, debía tranquilizar a algunos de sus aliados europeos ante la ignorancia sobre la futura política exterior de Trump. Y qué mejor país que Grecia, miembro controvertido de la Unión Europea y de la OTAN, para intentar hacerlo.

    Atenas es un aliado estratégico de máxima importancia para Washington. Y el presidente norteamericano debía jugar el papel de abogado de Grecia ante las exigencias de los acreedores europeos. Para el presidente saliente, la deuda que soporta la economía griega debe ser aligerada.

    "La austeridad no es la mejor política económica", afirmaba Obama, travestido en socialdemócrata europeo ante Alexis Tsipras, el primer ministro, líder de Syriza, el partido de la izquierda radical nativa.

    Obama se convertía así en el abogado de la deuda griega, antes de visitar en Alemania a los principales acreedores del país mediterráneo. Allí se las vería con Angela Merkel, la considerada 'jefa de la política de austeridad europea'.

    No todos en Grecia agradecieron las palabras del inquilino de la Casa Blanca. Los griegos saben muy bien que la política de Washington obedece a la preservación de sus intereses y no a una acción propia de una ONG. Obama se despedía de Europa también como jefe de la OTAN y bombero de los Balcanes.

    Tsipras y la 'carta Putin'

    Desde su llegada al poder, Tsipras ha jugado a la ambigüedad en su política exterior, entre otras cosas, para doblegar las exigencias financieras provenientes de Berlín y Bruselas. Para ello, no ha dudado en jugar la 'carta Putin', la amenaza que hiela la espalda de las cancillerías occidentales. El 'premier' griego llegó incluso a amenazar con abandonar la Unión Europea mientras coqueteaba en el Kremlin.

    Oficialmente europeístas y atlantistas, los griegos hacen valer su religión ortodoxa, compartida con Rusia, para amenazar a sus vecinos con que podrían recurrir a Moscú en caso de graves desacuerdos. Unos lo llaman diplomacia; otros lo denominan chantaje.

    De la UE no parece  muy complicado salir. Basta con organizar un referéndum, y ganarlo, claro, como hicieron los británicos. Pero abandonar la OTAN quizá no sea tan sencillo. Grecia es, por su posición geográfica, un aliado vital para la Alianza Atlántica. Más aún después de la incertidumbre creada y mantenida por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, tras el extraño intento de golpe de julio pasado. Turquía es también miembro de la OTAN y, a su vez,  un rival tradicional de su vecino griego, por su sangrienta historia común. Erdogan ha llegado a sugerir recientemente la posibilidad de revisar el Tratado de Lausana de 1923, que delimita y garantiza las actuales fronteras entre Grecia y Turquía.

    Por si fuera poco, Grecia mantiene también un litigio territorial histórico con su vecina Macedonia, cuyo nombre rechaza, considerando que esa denominación corresponde a una de sus regiones.

    Por supuesto, para Estados Unidos y para la UE, el retorno al poder en Atenas de la derecha evitaría muchos dolores de cabeza. Las encuestas van en ese sentido; los conservadores aventajarían en más de un 15% a Syriza, si las elecciones se celebraran hoy.

    Entre el protagonismo del fantasma de Donald Trump y las fotos de violencia callejera que ilustraron la visita de Barack Obama, el viaje a Atenas quizá era necesario, pero no fácil. El encuentro del presidente norteamericano con las autoridades helenas tuvo lugar a pocas horas de uno de los aniversarios más trágicos en la historia griega: el 17 de noviembre de 1973 los tanques del régimen derechista 'de los coroneles' aplastaron una revuelta en la Universidad Politécnica de la capital, que acabó en un baño de sangre y un número indeterminado de muertos, entre 60 y 80.

    Como la de Bill Clinton en 1999, la vista de Obama estuvo teñida de manifestaciones. Comunistas y anarquistas, que consideran a Syriza una marioneta de EEUU, no han olvidado el apoyo de Washington a la Junta militar que gobernó Grecia entre 1967 y 1974.

    Bulgaria y Moldavia, 'prorrusos'

    Para aderezar con más picante la visita del dirigente norteamericano a la región, pocos días antes, los electores de Bulgaria y Moldavia decidían poner sus esperanzas en las manos de partidos que la prensa europea califica de 'prorrusos'. Si el 11 de diciembre los ciudadanos de Macedonia reiteran su confianza en el actual dirigente, también tenido por 'prorruso', Nikola Gruevski, la UE y la OTAN tendrán de qué preocuparse.

    Macedonia aspira a ingresar en la UE y es cortejada por los dirigentes de la alianza militar occidental. Recordemos que en otro país vecino, Montenegro, se enfrentan también partidarios y detractores —'prorrusos'— de la entrada de su país en la OTAN. El Gobierno minoritario del otrora pro-Milosevic, Milo Djukanovic, ahora pro-Alianza Atlántica, ha decidido privar al país de un referéndum para decidirlo.

    Las sedes de la UE y de la OTAN, ambas en Bruselas, perciben como más de un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín y la desaparición del 'Telón de Acero', las ventajas de pertenecer al club comunitario son puestas en duda y la seguridad que promete la alianza militar occidental no parece tan atractiva.

    Las urnas están demostrando en los Balcanes que no todos los ciudadanos quieren ser etiquetados como prooccidentales o prorrusos. Se rebelan contra la obligación de elegir entre campos enfrentados y reflejan la frustración por las promesas incumplidas y la pérdida de unos canales comerciales y culturales de los que se les privó, esperando 'al este del Edén' los frutos de su adscripción al mundo feliz que se les prometía desde la UE.

    Occidente y Rusia se disputan su hegemonía política, diplomática y económica en los Balcanes, y para ello, además de la guerra de propaganda, todas las armas son válidas. Europa necesita el aprovisionamiento de hidrocarburos rusos. Las vías de acceso de los gasoductos propuestos por Moscú sufren también el vaivén de las presiones políticas de Bruselas y Washington.

    En esas condiciones, el vientre sur de Europa cobra protagonismo en la lista de los tableros de juego de la guerra de influencia entre Estados Unidos y Rusia. Esperando a Donald Trump, tanto la UE como la OTAN van a afinar sus discursos. Los militares lo tienen más fácil. Agitar el miedo es más sencillo que vender el sueño comunitario. Millones de euros después, la Unión Europea descubre que su estrategia de comunicación, especialmente en el apartado antirruso, está fracasando.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

     

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Donald Trump, Alexis Tsipras, Barack Obama, Grecia, Moldavia, Bulgaria, EEUU
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