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    Ganó Trump, la peor de las opciones a las que debió hacer frente el electorado estadounidense. Ganó Trump y el planeta pasó del estupor a la perplejidad: durante los cuatro años venideros, el país más poderoso del mundo estará gobernado por un racista misógino que contra todo pronóstico sensato vio coronado con éxito su insaciable antojo de poder.

    Considerar a Donald Trump un incidente aislado, y exitoso, en el entramado de la democracia norteamericana, un accidente sin eco en la historia de los Estados Unidos de América, es cerrar los ojos a las imperfecciones de una forma de gobierno que lleva en su interior los gérmenes que pueden destruirla. El populismo, ese apelar a los instintos más primarios de los ciudadanos —el odio, el miedo, los prejuicios— ha demostrado nuevamente su eficacia y bosquejado con trazo grueso el más perfecto de los corolarios: tras el triunfo, el ejercicio demagógico de llamar a la unidad para sanar las heridas provocadas por esos mismos atavismos desbordados.

    La victoria de Trump es el símbolo perfecto de que "los tiempos están cambiando", como diría Bob Dylan. Y no para bien, precisamente. La lección, sin embargo, apunta más allá de su insólita gloria. Estamos en el siglo XXI y el virus de la retórica política ha mutado. Por si quedaba alguna duda, Trump la acaba de despejar: lo 'políticamente incorrecto' está de regreso con más fuerzas porque vende, consigue votos y gana elecciones. Poco importa, incluso, que en los próximos cuatro años Trump se dedique a derribar su propia estatua y ejerza con prudencia y sabiduría insospechadas el poder de su investidura. Los extremistas de izquierda y de derecha que suspiran por el poder —de Pablo Iglesias a Marine Le Pen— ya tienen la confirmación de que marchan por el camino correcto y que se vale capitalizar de cualquier modo el descontento de los votantes hacia el folclore de la política. 

    Dichos y hechos

    En un mundo donde ser antisistema se considera una opción plausible, el candidato Donald Trump, sin un pasado político dentro del 'establishment', encarnó el anhelo de millones de ciudadanos por "hacer de Estados Unidos un gran país de nuevo". 'Make America Great Again' fue su lema de campaña, como en la campaña electoral de 1980 también lo fue de Ronald Reagan, un personaje con el que comparte el magnate inmobiliario no pocas coincidencias —y a quien apoyó en aquella lejana campaña— incluida la circunstancia de ser los presidentes más veteranos electos para el cargo —con 69 años Reagan, con 70 Donald Trump— y la incursión en el mundo de la farándula. A ellas cabe agregar la evidencia de haber sido candidatos de su partido a la Presidencia y además ganarla, y la alarmante incertidumbre de cuán coincidentes serán en sus incompetencias presidenciales. En la embriaguez de su triunfo, Trump ya incurrió de hecho en el primer desliz de su mandato: no enviar un mensaje claro que sirviera para calmar el nerviosismo colapsante de los mercados. El poder tiene que evidenciarse desde el primer minuto.

    Los peligros que acechan a la sociedad estadounidense, y que Trump manejó magistralmente para ir desbancando poco a poco a sus rivales hasta hacerse por fin con la candidatura presidencial por el Partido Republicano, no son espejismos electorales que se esfumarán con su victoria en las urnas. La migración —que conforma el rostro plural de Norteamérica desde los peregrinos del 'Mayflower' hasta el último indocumentado que apenas en vísperas de las elecciones cruzó la frontera— acaso sea uno de ellos, sobre todo el flujo incontrolado que puede servir de caballo de Troya perfecto para el terrorismo acechante. Sin embargo, levantar muros para contenerla resulta cuando menos una soberana tontería. La 'frontera inteligente' de George W. Bush tras los atentados del 2001 acabó por ser un rotundo fracaso a pesar de toda la tecnología implementada para "asegurarnos de que echaremos a aquellos que no queremos que estén en nuestro país, los terroristas, los coyotes [traficantes de personas] y contrabandistas", según palabras del presidente norteamericano. La mejor prueba de ese fracaso son las palabras de Trump sobre la misma idea, que replican la esencia de las de su predecesor republicano aderezadas con lo mejor de su catálogo de insultos.

    Lo más terrible, sin embargo, es que en algún momento Trump tendrá que demostrar que toda su retórica no fue artificio de orador para ganar votos. Sus dichos tendrá que sustentarlos con hechos y poco podrá hacer toda esa cohorte de asesores en los que el mundo fija sus esperanzas de contención del paquidermo republicano suelto en la cristalería de la democracia. Para un megalómano como Trump que cree que lo bueno para él es bueno para Estados Unidos, y por tanto para el mundo, las instituciones tampoco serán un estorbo: buscará sortearlas con la misma facilidad y falta de vergüenza con que evade impuestos. De ahí que al sur de la frontera común, México deba comenzar a tomar tranquilizantes ante la devaluación del peso, la anunciada revisión de las relaciones comerciales, la eventual incautación de remesas y el probable retorno a casa de unos 11 millones de migrantes ilegales.

    Al margen… 'al mal tiempo, buena cara'

    Además de Hillary Clinton, las recientes elecciones en Estados Unidos dejaron otra gran perdedora: la fe del público en las empresas encuestadoras, esas mayoristas de ilusiones que deberían revisar sus métodos de pesquisa para subsanar lo que parece ser una calamidad mundial. Se equivocaron —al igual que muchos 'opinólogos' (y me incluyo) con sus pronósticos sobre Hillary y Trump— como igual se equivocaron con la victoria del 'Sí' en los acuerdos de paz en Colombia y el voto de permanencia de los ingleses en la Unión Europea —el famoso Brexit—. Donde al parecer sí vieron venir la debacle que supone el triunfo de Donald Trump como el cuadragésimo quinto presidente de la Unión Americana fue en los estados de California, Massachusetts, Nevada y Maine: en ellos el electorado sufragó mayoritariamente la candidata demócrata Hillary Clinton, pero en previsión de su derrota, digo yo, votaron también, justo el día de las elecciones, a favor del uso recreativo de la marihuana. 

    "Keep on smiling", habrán pensado.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    elecciones, Donald Trump, EEUU
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