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    El 9 de noviembre de 2016, se produjo en el mundo un extraño fenómeno: millones de moscas desaparecieron de golpe. Habían encontrado refugio en las bocas abiertas y paralizadas por la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

    Ese mismo día, cientos de 'think tanks' y empresas de sondeos bajaron sus persianas y trataron de ocultar sus logotipos. Los principales medios del 'establishment' pidieron chalecos salvavidas para que unos periodistas ahogados por las lágrimas pudieran seguir trabajando.

    Un extraño movimiento se detectó entre una gran mayoría de los corresponsales extranjeros. Cancelaban sus contratos de alquiler en Nueva York y Washington D.C. y se trasladaban a localidades como Des Moins, Iowa, para estar más cerca de la realidad norteamericana.

    Términos 'seísmo' o 'terremoto' quedan pequeños para describir el efecto de la victoria de Trump sobre Hillary Clinton. Pero la supuesta sorpresa del resultado está provocada especialmente por la propaganda ideológica disfrazada de información periodística que inundó los medios de comunicación de un sistema que, desde el inicio de la campaña, votó por su candidato.

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    Candidata del Partido Democrata, Hillary Clinton y candidato del Partido Republicano, Donald Trump
    © REUTERS / David Becker/Nancy Wiechec
    Donald Trump ha sido el candidato más insultado y despreciado en la historia moderna de Estados Unidos. Desde el comienzo de la batalla electoral, su apellido iba asociado a términos como magnate, para intentar aislarlo del ciudadano medio. Pocos se fijaban en la enorme diferencia de gasto entre la millonaria campaña de Clinton y la más moderada del 'magnate'.

    Trump no viene de la política y eso es ahora, tanto en Estados Unidos como en Europa, una ventaja. Los políticos profesionales no cuentan en estos tiempos con una buena reputación. Y si los editorialistas de algunos medios pensaban que un empresario tiene menos posibilidades de triunfar que un experto en los pasillos de la política profesional, tienen ahora —una vez más— un ejemplo de su error.

    Trump, se aseguró, había quemado sus posibilidades entre los votantes hispanos o latinos. En primer lugar, no era ese su objetivo electoral. Su 'target' eran los millones de norteamericanos que se han quedado fuera de esa maravilla del siglo XX y XXI llamada globalización. Esos millones de norteamericanos de todos los orígenes que no han podido disfrutar de una economía que ha favorecido a una población urbana concentrada en las principales ciudades del país.

    Se vuelve a cometer el error de pensar en el voto latino como si fuera un fenómeno homogéneo. Seamos claros aunque a algunos se les dispare la tecla del 'dislike': además de la lengua, ¿qué es lo que une a un mexicano, a un uruguayo y a un cubano en Estados Unidos? Y no solo eso ¿Qué es lo que une a un ciudadano de origen mexicano instalado en Estados Unidos desde hace años y a un recién llegado del mismo país? ¿Existe una solidaridad automática? No.

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    Trump, el supuesto machista, iba a perder también el voto femenino. Y los medios nacionales y extranjeros publicaban reportajes de mujeres progresistas norteamericanas indignadas por las palabras de Trump.

    Pero lo que este resultado demuestra es que los votantes no se dejan influenciar tanto como los periodistas creemos. Como está ocurriendo en otros países de Europa, cuando los técnicos de empresas de opinión llevan a cabo sus encuestas, reciben una respuesta falsa, porque la fuerza mediática de los 'bienpensantes' hace sentirse culpable a los que piensan diferente.

    Y, además, mayoría republicana en el Congreso

    Entre los críticos de Trump estaban los principales barones del Partido Republicano, que ahora deberán también tragarse sus críticas y acudir cabizbajos a rendir honores al nuevo inquilino de la Casa Blanca. Trump no solo ha ganado el sillón presidencial, sino también la mayoría en las cámaras que forman el Congreso.

    Todo el poder para los republicanos, mientras el Partido Demócrata, a pesar de la implicación de los Obama y de la retirada de Bernie Sanders, deberá repensar su estrategia para un futuro que ahora se le presenta muy negro de cara a los próximos cuatro años. Puede que sea el momento para dar un giro a la izquierda, ocuparse de las inquietudes del electorado de Sanders y otros líderes dentro del partido y 'desaristocratizar' a la cúpula de la organización.

    Tras la sorpresa y el estupor, otros agitan ya el miedo. Y los mismos que critican a las finanzas internacionales, recurren al monstruo para agitar las dudas en las bolsas. Las finanzas odian lo desconocido, pero también se adaptan rápido a la novedad y, sobre todo, saben distinguir entre los eslóganes proferidos en las campañas electorales y el pragmatismo al que obliga la realidad.

    Será populismo, pero en Estados Unidos ha triunfado entre otras cosas, el 'primero nosotros' y después los extranjeros. Como ocurrió en el Reino Unido con el Brexit. Podrá gustar o no, pero es la tendencia actual en el llamado Occidente. Algunos en Europa piensan ya en el tercer Brexit, es decir, una victoria de Marine Le Pen en las presidenciales francesas de 2017. El resultado de las elecciones en Estados Unidos quizá sirva de lección para los que temen un desenlace similar.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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