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    Adiós a Babel: desaparición de lenguas indígenas en México

    © Sputnik / Víctor Flores García
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    Hace unos pocos años, el actor Gael García Bernal propuso la palabra 'Querétaro' —nombre de un estado mexicano— como la más hermosa del idioma español. "Lugar de piedras grandes" es su significado en lengua purépecha, y conviene no olvidarlo antes de que los desmanes del progreso la conviertan en el toponímico más famoso de una lengua sin vida.

    En efecto, según el 'Atlas de las Lenguas en Peligro en el Mundo', elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), unas 2.500, de las cerca de 6.000 que se hablan en el planeta, están en peligro de ir a parar al mismo cementerio donde reposan desde hace siglos los verbos sin vida del acadio, el sánscrito, el etrusco y el latín, junto a los huesos tibios, y ya nada sustantivos, del dálmata, el livonio, el ubije y el manés. El mismo texto de la Unesco aporta datos precisos y devastadores sobre México, donde existen "21 lenguas en situación crítica, 33 en peligro, 38 en serio peligro y 52 vulnerables", cifras que ubican al país en el quinto lugar de los más afectados por ese problema.

    Porque ciertamente lo es. La extinción de una lengua no sólo supone la pérdida de un bien patrimonial intangible, supone asimismo la destrucción de una visión diferenciada del mundo. Además de un hecho cultural, toda lengua constituye una forma de desnudar el alma de esa misma cultura a la que sirve de expresión.

    Un concepto idéntico vertido en idiomas distintos es prueba de ello. 'Homeland' —y me excuso por el didactismo— llaman en inglés a esa 'Patria' que literalmente significa la tierra del hogar, misma noción que en otras lenguas, es decir, otras culturas, apunta al ámbito paterno y al de los antepasados ('pater', 'patris'). Derivar de ello la jerarquía de la familia y del hogar que la cobija en el imaginario afectivo estadounidense o el respeto visceral de los latinos a la figura paterna acaso sea un exceso sociológico, pero jamás un despropósito, como tampoco lo es deducir el apego de los mexicanos a su tierra natal, que tan bien confiesan los versos de 'México lindo y querido', de la voz 'Tlacatian' —lugar de nacimiento—, que sirve para expresar el concepto 'Patria' en náhuatl, una de las muchas lenguas aborígenes en peligro de extinción.

    No es un caso extremo —el Atlas de la Unesco la clasifica como "vulnerable"— como tampoco lo es el del purépecha (o tarasco, por nombre alternativo). Con más de un millón de hablantes, el náhuatl está muy lejos de los riesgos letales que acechan a lenguas como el cucapá, el pápago o el kaqchikel, que apenas si hablan un centenar de personas; o el ayapaneco, el tuzanteco o el awakateco, que pueden contarse con los dedos de las manos sus hablantes. Destinadas a morir de "muerte cultural" en poco tiempo, su decadencia ilustra la degradación que sufre hoy en día la "linguodiversidad" mexicana.

    Babel mesoamericana

    Para los especialistas, el choque cultural que constituyó la Conquista fue el detonador de un fenómeno que a la fecha ha convertido a idiomas indígenas como el ópata, el pochuteco, el eudeve y el tubar en verdaderos necrolectos de la familia 'yutonahua', la cual llegó a cobijar hasta cerca de 70 lenguas de las que apenas si sobreviven con el alma en vilo una veintena, unas con el destino marcado por la muerte inevitable de sus escasos hablantes, otras con mayores esperanzas de sobrevida.

    En cualquier caso, todas han sido víctimas de similares procesos de anulación cultural que explican tanto el lento desgaste como la extinción de algunas de las muchas lenguas que en tiempos lejanos hicieron de estas tierras la Babel mesoamericana. Pues también aquí, como refiere una vieja leyenda tolteca recogida por el historiador mexicano Fernando de Alva Cortés Ixtlilxóchitl (1568—1648), los sobrevivientes de un diluvio iniciaron la construcción de una gran torre para protegerse de una eventual segunda inundación, pero no pudieron concluir su trabajo porque sus lenguas fueron confundidas y ya nunca llegaron a entenderse.

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    A esa anulación cultural tributaron —y tributan— en diverso grado y orden la carencia de escritura de la mayoría de las lenguas amenazadas y la discriminación y marginación de la que resulta víctima la población indígena. Si lo primero dificulta una mayor difusión de las lenguas, y propicia que las palabras que las conforman se las lleven sin regreso los vientos huracanados de la civilización, lo segundo conduce a que por pura necesidad de sobrevivencia sus hablantes terminen por asimilarse a una cultura globalizada que enarbola la homogeneidad como signo de progreso.

    De ahí la trampa mortal del bilingüismo mal implementado, que termina por hacer del español con que se alfabetiza a muchos indígenas la lengua a la que se deben, en primer lugar, para prosperar en la vida.

    "El único indio bueno es un indio muerto", afirmó en otro tiempo y lugar el general estadounidense Philip Henry Sheridan, frase en cuya esencia pervive el tema de estas líneas. Sólo que ahora no se destruye el cuerpo del indio bueno sino su espíritu, ese que hablaba a través de lenguas cuyo silencio funerario no fue el corolario de un ciclo natural de nacimiento, crecimiento y muerte —como el del latín que fundó un imperio, se transformó en las lenguas romances de sus colonias y malvive en la liturgia momificada del catolicismo— sino consecuencia trágica del vasallaje y el sojuzgamiento que junto a credos de cualquier signo y valores cuestionables con vocación de universalidad impusieron una lengua, y la cultura a la que da voz, en una geografía donde convivían etnias y lenguas diversas.

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    En esa cultura única, como lo padece en carne viva la población indígena del México contemporáneo, no hay cabida para la diferencia, que no es "buena", que sólo engendra desprecio, que se traduce en rechazo y prohíja la exclusión.

    En un país como México, en el que desaparecen sin que nadie rinda cuentas desde fondos públicos hasta seres humanos, acaso resulte insubstancial para algunos el sensibilizarse por la desaparición lenta pero constante del patrimonio cultural intangible que constituyen sus lenguas autóctonas.

    Por fortuna para el purépecha, los cientos de miles de hablantes con que cuenta en sus diferentes dialectos, el respaldo literario que le aporta el alfabeto latino y el vigoroso apoyo de una Academia de su propia lengua que desde los años 70 del pasado siglo le regula escritura y gramática la han llevado a mantenerse en un razonable estado de vulnerabilidad —según la Unesco— que resalta por contraste con el panorama desolador de la extinción augurada de otros idiomas indígenas.

    Pero el purépecha no debe dormirse en la gloria engañosa de su sobrevida, pues siguen presentes las razones que llevaron a la desaparición de lenguas hermanas. Sólo así ese "lugar de piedras grandes" (K'erendarhu, Querétaro) podrá mantener vivo el orgullo tarasco de haber sido elegido alguna vez como la voz española (o españolizada, para consentir a los puristas) más hermosa del mundo.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    desaparición, lenguas indígenas, México
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