12:32 GMT +311 Diciembre 2019
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    La policía durante las protestas en Charlotte

    El racismo sigue en buena forma en Estados Unidos

    © REUTERS / Adam Rhew
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    Los últimos atropellos policiales han sacado a flote una lacra que se extiende como una mancha de aceite por todo Estados Unidos: el odio racial. Esta ideología o doctrina política goza allí de buena salud, pese a que la primera autoridad del Estado es de raza negra.

    El racismo asociado a los supremacistas blancos ha crecido tras la irrupción electoral de Donald Trump. El candidato republicano a la Casa Blanca ha lanzado un mensaje contra la inmigración musulmana que ha beneficiado a los racistas y ha socavado uno de los principios fundamentales que forjaron la creación de esta nación hace 240 años. Eso no significa que vuelva el Ku Klux Klan (KKK), pero el fenómeno está ahí, más que latente, ulceroso.

    En apenas 10 días, EEUU y el mundo entero fueron testigos de tres casos mortales de violencia policial en tres lugares distintos: Carolina del Norte, Oklahoma y California. Todas las víctimas eran afroamericanas y estaban desarmadas cuando fueron tiroteadas. Esos sucesos desataron la ira unánime del colectivo negro, una ira tan descontrolada que en algunos casos forzó a las autoridades locales a decretar el estado de emergencia.

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    Las imágenes grabadas por cámaras de vídeo fueron decisivas para acusar a los oficiales implicados y sirvieron para que una policía fuera acusada de homicidio imprudente en primer grado. Pero, ¿cuántos abusos han quedado impunes por falta de pruebas o el silencio corporativo? Demasiados. La responsabilidad de las fuerzas del orden es uno de los pilares del sistema y no está funcionando como debiera.

    El racismo sigue muy vigente en EEUU y, dos años después de la muerte de Michael Brown, abatido en agosto de 2014 en Missouri, con tan sólo 18 años de edad, las relaciones con la policía no han mejorado en Ferguson, el suburbio de Saint Louis donde se produjeron los lamentables hechos. Nada ha cambiado. Los cimientos de convivencia racial se siguen debilitando silenciosa pero implacablemente. El agente se salvó de la condena correspondiente, a pesar de que la investigación no demostró que Brown hubiera hecho gestos sospechosos. Se impone la ley del gatillo fácil.

    No estamos hablando de la pelea por los derechos civiles que se libró en la década de los 60 para acabar con la segregación racial, cuando los baños y los colegios estaban separados por el color de la piel.

    No estamos hablando de linchamientos raciales, que eran habituales después de la guerra civil estadounidense y hasta la Segunda Guerra Mundial. Según los datos de la ONG de Alabama Equal Justice Initiative (EJI), que lucha por la injusticia racial y económica, entre 1877 y 1950 hay documentados 4.075 linchamientos raciales de afroamericanos en 12 estados sureños: Alabama, Arkansas, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Florida, Georgia, Kentucky, Louisiana, Mississippi, Tennessee, Texas y Virginia. Esa sórdida parte de la historia de Norteamérica no se ha cerrado todavía y sirve para explicar muchos comportamientos del presente. "No podremos curar las profundas heridas infligidas durante la época del terrorismo racial hasta que no digamos la verdad sobre ello", argumenta Bryan Stevenson, director de la citada ONG, que realizó la investigación durante cinco años y tras visitar 160 lugares. "Las consecuencias geográficas, políticas, económicas y sociales de décadas de linchamientos todavía se pueden apreciar hoy en muchas comunidades", añade Stevenson.

    La confrontación actual difiere de la del pasado; ahora se basa en la endémica desigualdad económica y en el abuso de poder de las fuerzas policiales. Los casos se producen porque los agentes de policía suelen estar mal entrenados o temen a la población civil, que puede legalmente portar una pistola. Eso también hace que crezca la desconfianza entre las personas de color hacia los agentes de la ley y el orden, precisamente quienes deben garantizar su seguridad e integridad física. Se produce pues un fallo institucional: la policía deja de cumplir su misión.

    Primero hay que reconocer que existe racismo, prejuicios y discriminación, pero ese paso no es suficiente, pues lo verdaderamente urgente es crear un plan estratégico social que necesita financiación y voluntad política. La receta no consiste únicamente en que haya más policías de raza negra, porque al final serán captados por el sistema y padecerán los mismos defectos que sus colegas blancos; la solución pasa por transformar el sistema a través de la educación y la integración y eso necesitará mucho tiempo —un par de generaciones— para que fructifique de verdad. La proliferación de armas de fuego supone uno de los mayores obstáculos para ello, porque aumenta la confusión —y el miedo— de los agentes policiales.

    Más aquí: Charlotte, el conmovedor discurso de una niña de 9 años sobre el racismo (vídeo)

    El problema es el odio que se ampara en la asimetría del sistema, en la falta de oportunidades de los más pobres, que suelen ser las comunidades afroamericanas. Lo cierto es que las diferencias raciales son enormes. Por ejemplo, por cada seis dólares que posee un blanco, los negros sólo tienen uno. Otro dato: hay más condenados afroamericanos por delitos semejantes, hasta 20 veces más. Y de los 2,3 millones de presos que existen en EEUU, un millón de ellos son de raza negra, es decir, el 43%, una cifra muy alta si se tiene en cuenta que representan el 13% de la población de todo el país. Los negros sufren más fracaso escolar, más maltrato policial y son menos prósperos que los blancos.

    "La desigualdad es galopante", apunta el escritor y académico español Antonio Muñoz Molina, que vive seis meses al año en Nueva York y conoce bastante bien la realidad de ese país. El autor apunta al "clasismo" del sistema penitenciario y judicial estadounidense como otra fuente de tensiones.

    La brecha racial no está superada y en muchos casos la experiencia demuestra justamente lo contrario, es decir, que está aumentando de forma alarmante. No es ilógico, por tanto, que hayan surgido movimientos de defensa como Black Lives Matter, La Vida de los Negros Importa.

    El racismo es probablemente el conflicto interno más serio al que se ha enfrentado la Administración Obama en estos ocho años. Con la derivada del abuso policial. Y la situación es tan angustiosa que activistas y personalidades afroamericanas están pensando en recuperar medidas de presión utilizadas durante la lucha antirracista librada en los años 60. Se trata de dejar de trabajar, estudiar o comprar. El boicot. Otros ya han empezado a hacer gestos provocadores como arrodillarse —y no ponerse en pie— durante la interpretación del himno nacional. Más de uno ya ha sido tildado de antipatriota. Ellos se defienden diciendo que se sienten estadounidenses, pero que están hartos y que es preciso hacer algo ya.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    afroamericanos, racismo, Barack Obama, EEUU
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