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    François Hollande, el presidente de Francia

    La 'guerre froide' de François Hollande

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    En tiempos de la Guerra Fría entre EEUU y la Unión Soviética, los rusos estaban privados de las películas de Hollywood, pero podían disfrutar del cine francés. En las radios, el rock anglosajón estaba vetado, pero las canciones francesas eran tatareadas por los soviéticos.

    Durante décadas, Francia intentó mantener una política exterior, diplomática, económica y cultural diferente e independiente de la de Washington. Por eso, De Gaulle y sus sucesores eran tan apreciados desde Moscú hasta Vladivostok, igual que Alain Delon o Mireille Mathieu, por cierto.

    Charles de Gaulle
    © Sputnik / Vasily Malyshev
    Charles de Gaulle

    Estados Unidos y Rusia siguen hoy enfrentados e, incluso, si no se puede hablar de una verdadera guerra fría, París ya no intenta mantener su papel independiente. O al menos, la Francia dirigida por el socialista François Hollande.

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    En la Unión Soviética, una noticia de relevancia nacional o internacional podía estar escrita no en Pravda o en Izvestia, los principales medios de comunicación del régimen, sino en el órgano de prensa de los ferrocarriles o en la publicación oficial de cualquier sindicato. François Hollande determinó que una decisión de trascendencia de evitar un encuentro con el presidente ruso debía ser transmitida por una pequeña cadena de televisión, como el que anuncia su participación en la feria de ganado local.

    Periódico soviético Izvestia
    © Sputnik /
    Periódico soviético Izvestia

    El presidente ruso, Vladímir Putin, durante su visita a París (archivo)
    © Sputnik / Mikhail Klimentiev
    El inquilino del Elíseo, transformado de repente en campeón de la defensa de las víctimas civiles de la guerra en Siria, ha vuelto a utilizar las relaciones con Rusia para afirmarse en un papel que en su propio país pocos comprenden.

    Vladímir Putin fue invitado en el pasado mes de abril por Hollande para asistir juntos a la inauguración del nuevo centro cultural y espiritual ruso en la capital francesa, el 19 de octubre. Diez días antes de la fecha, el mandatario francés dejaba planear la duda sobre la utilidad y necesidad de compartir con su homólogo ruso tal evento.

    El ministro francés de Exteriores, Jean-Marc Ayrault, un político gris al que Hollande debió sustituir en su puesto como primer ministro, se puso bravo y manifestó que si el presidente ruso venía a París no sería para disfrutar de un viaje de placer. Ayrault salía de su anonimato nacional e internacional con una fanfarronería poco diplomática.

    París proponía 48 horas después "una sesión de trabajo sobre Siria" a su invitado. La afrenta era difícilmente aceptable. Francia, cuya diplomacia pierde terreno en la escena internacional, propuso el 8 de octubre en el Consejo de Seguridad de la ONU una iniciativa para frenar la acción de la aviación rusa sobre la localidad siria de Alepo. Moscú la vetó y presentó otra iniciativa para un alto el fuego que, a su vez, fue rechazada por el Consejo, con el voto negativo de Francia.

    Francia elevó el tono y acusó a Rusia de "crímenes de guerra". Moscú sigue insistiendo en que en Alepo, los yihadistas del Frente al Nusra controlan parte de la ciudad y luchan por hacerse con el control completo de la zona. Asimismo, manifiestan que los civiles que intentan huir son frenados por el grupo islamista, precisamente para utilizarlos como escudo protector y como víctimas ante la comunidad internacional.

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    Sorprende que la diplomacia francesa descubra hoy que en cualquier guerra se producen muertes de civiles y que los bandos enfrentados presten poca atención a las posibles víctimas colaterales. No se trata de hacer listas comparativas, pero Hollande no ha mostrado la misma sensibilidad por las matanzas de la alianza árabe encabezada por los saudíes en Yemen, o por los bombardeos norteamericanos lanzados "por error" sobre hospitales y civiles en Afganistán.

    Hollande, obsesionado con la política del 'selfie' y las redes llamadas sociales, no se veía junto a Putin inaugurando un símbolo ruso, mientras los tuiteros profesionales le recordaban con imágenes —quizá trucadas—, las víctimas civiles de la batalla de Alepo. Pero eso no le hará ganar votos en sus aspiraciones de repetir mandato.

    Desde Marine Le Pen, pasando por Nicolas Sarkozy, el expremier François Fillon y otro aspirante del centro-derecha a las presidenciales de 2017, Bruno Le Maire, han criticado la actitud de Hollande con respecto a Rusia. En su propio partido, muchos no entienden la actitud de Hollande hacia Moscú. El candidato de la extrema izquierda, Jean-Louis Melenchon, la tachaba de "miserable". Solo los minoritarios Verdes, sostenidos por menos de un 2% de los votantes, aplauden la política hacia Rusia.

    Al inquilino del Elíseo se le recuerda también la contradicción de su acción exterior 'moral': por un lado, lleva a cabo un gesto de rechazo al presidente ruso, pero no le supone un problema condecorar con la Legión de Honor al príncipe heredero de Arabia Saudí, país que cualquier curioso lector podrá encontrar a la cabeza de todas las listas negras internacionales de respeto a los derechos humanos y que lidera los ataques aéreos sobre hospitales y escuelas en la guerra de Yemen.

    La cancelación de la visita de Vladímir Putin a París es un nuevo golpe a las relaciones París-Moscú durante el mandato de François Hollande. El conflicto en Ucrania llevó al gobernante francés a cancelar la venta de dos portahelicópetros Mistral acordados con Rusia. París debió pagar por ello una sanción de 949,7 millones de euros.

    El diputado del partido Los Republicanos, Thierry Mariani, conocido por sus posiciones prorrusas, ironizó afirmando que "Putin dormirá tranquilo" si no se encuentra en París con Hollande. Para Mariani, como para muchos otros representantes políticos galos de todos los campos ideológicos, Francia "se ha convertido en un lacayo de la política norteamericana" y su diplomacia, en "un anexo del Departamento de Estado".

    La diplomacia francesa, que considera al Estado Islámico (Daesh en árabe, proscrito en Rusia y otros países) como su principal enemigo en Siria e Irak, duda desde el inicio del conflicto en su consideración hacia grupos islamistas radicales, como Al Nusra, que combate en Alepo contra el Ejército nacional sirio. Hoy denuncia la ofensiva de las tropas de Bashar Asad sobre Alepo, pero víctimas civiles hay y habrá cuando las fuerzas galas y sus aliados intenten arrancar Al Raqa o Mosul del control de Daesh.

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    No se trata de justificar cínicamente la desgracia de los civiles atrapados en una guerra, ni de equiparar escenarios incomparables. Pero en casos como este, convendría desempolvar los libros de historia. Algunos franceses descubrirían que las mayores matanzas de civiles en la liberación de su país fueron llevadas a cabo por la aviación norteamericana y sus aliados, en su lucha por expulsar a los nazis. Se trataba, por supuesto, de "víctimas colaterales" del "fuego amigo".


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    terrorismo, Daesh, Vladímir Putin, François Hollande, Siria, Rusia, Francia
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