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    Un taxista con la bandera de Reino Unido

    Brexit: El día en que falló la democracia

    © REUTERS / Toby Melville
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    Walter Ego
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    Uno los significados profundos que carga el Brexit, oculto hoy por la incertidumbre de lo que pasará con el Reino Unido después de su salida de la Unión Europea y los dilemas que enfrentará esa entidad supranacional tras la disidencia británica, está el de haber evidenciado a la sombra del debate las falencias de la democracia.

    La victoria por mayoría simple de quienes desean que el Reino Unido abandone la Unión Europea es un triunfo epidérmico de la democracia acreditado por la tiranía de la estadística; una decepción, en cambio, si se apela a la naturaleza de una forma de gobierno que aspira a garantizar el mejor rumbo posible a las sociedades que tutela.

    ¿Cómo es posible que un tema tan sensible se haya decidido por mayoría simple, que los 'beneficiados' unos años por el Brexit —esos adultos que rebasan el medio siglo y que en un par de décadas ya habrán procedido a su 'exit' vital— le impusieran su destino analógico a los nativos digitales? La democracia, que vale por lo que autoriza en materia electiva, es decir, cuantitativa, falló en esta ocasión en su esencia selectiva, es decir, cualitativa, como lo evidencian todas esas manifestaciones en pro de la repetición de la consulta. La Venezuela de Nicolás Maduro, valga la digresión, es otro buen ejemplo de la dicotomía elección/selección a la que está expuesta cualquier democracia.

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    Banderas de la UE
    © AP Photo / Virginia Mayo
    El progreso, contrario a lo que se piensa, no es lineal. Si la Unión Europea devino en necesidad económica ante los desafíos de la globalización, si sus integrantes fueron capaces de deponer diferencias lingüísticas y siglos de rencores y sangre ante el entendimiento humano, si la variedad étnica que suponen suecos y españoles, alemanes y daneses, ingleses e italianos no fue un escollo para la integración a la luz de un pasado común de alianzas y usurpaciones, teocracias y monarquías, el agrietamiento de esa estructura solo puede ser visto como un retroceso no obstante emanar de una consulta democrática.

    Porque una consulta de tal envergadura, con tantos matices a debatir, rebasa la polarización "remain" (permanecer) / "leave" (dejar) con que se emplazó a los votantes: "Should the United Kingdom remain a member of the European Union or leave the European Union?" Decidir por un referéndum la salida de la Unión Europea es como zanjar en penales un partido de fútbol. Si en este último caso, el resultado aporta poca o nula certeza acerca de la calidad futbolística desplegada durante el tiempo reglamentario por quien a la postre resulte vencedor, en el caso del Brexit la consulta popular desdibuja las razones reales del electorado al ejercer su derecho a decidir.

    De la "ignorancia racional" a la profecía de Jefferson

    Lo que acaban de protagonizar ingleses, norirlandeses, galeses y escoceses, quienes el 23 de junio de 2016 apostaron su futuro a la consulta democrática que supone un referéndum, es una muestra fehaciente de que el electorado no suele actuar de forma razonada, sino en apego a una emotividad que en ocasiones deviene en sensiblería; puede actuar incluso bajo esa "ignorancia racional" tan bien definida por el economista estadounidense Anthony Downs, en la que "el coste de educarse lo suficiente para tomar una decisión informada no es compensado por el posible beneficio que se obtendría al tomar esa decisión informada, por lo que sería irracional gastar tiempo educándose".

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    En efecto: los partidarios del Brexit, y condenso sus argumentos, le apostaron a la presunta vindicación de la soberanía parlamentaria que supondría dejar la Unión Europea con lo que habría un mayor control en materia de inmigración y la posibilidad de negociar emancipados del entramado oficinesco comunitario, sin detenerse a pensar en la fructífera urdimbre de complicidades que impone el mundo globalizado de hoy, mundo en el que la Unión Europea se avizoraba como el embrión de esa entidad supranacional tan cara a las visiones futuristas de los autores de ciencia-ficción en la que prima más lo común que la diferencia. Con el Brexit, sus partidarios le apostaron asimismo a esa perversa exaltación de las virtudes propias de las que se nutre el chovinismo, a esa diferencia que margina al otro. Le apostaron a los derechos (que se exigen) antes que a los deberes ciudadanos (que se ofrecen).

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    Reina Isabel II del Reino Unido
    © REUTERS / Clodagh Kilcoyne
    Tenía razón Churchill: "la democracia es la peor forma de gobierno… con la excepción de todas las demás". Tenía razón, pero la ironía crítica que habita en ese "todas las demás" no alcanza a borrar la evidenciada imperfectibilidad de un modelo de pacto social que, con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, se dejó ver como ese "gobierno de las masas donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%" del que hablara Thomas Jefferson. Si apelamos a las estadísticas del Brexit, donde el 51,9% de los votantes optó por la salida y el 48,1% por la permanencia, la frase del tercer presidente de los Estados Unidos deja de ser una cita oportuna para adquirir, lamentablemente, rango de profecía.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Brexit, referéndum, democracia, UE, Reino Unido
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