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    La paranoia de la prensa occidental hacia Rusia

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    De un tiempo a esta parte, importantes medios de comunicación occidentales están cayendo en una visión enfermiza a la hora de analizar el comportamiento de Rusia. El último en entrar en ese juego falaz ha sido el influyente diario inglés The Guardian, más concretamente su publicación dominical The Observer.

    En una nota firmada por su editor de Política, Daniel Boffey, el semanario destaca que el Gobierno del Reino Unido cree que el núcleo duro de los 'hooligans' rusos que acudió a la Eurocopa 2016 de Francia estaba realmente formado por agentes al servicio del Kremlin que tenían como objetivo desestabilizar la competición y generar problemas a puñetazo limpio.La teoría que abraza Boffey es que el presidente, Vladímir Putin, habría aprobado el vandalismo de sus compatriotas como una prolongación de la llamada "guerra híbrida" para demostrar la fortaleza de Rusia fuera de sus fronteras, "mientras se construye una narrativa dentro del país de que el resto del mundo se está alineando contra él".

    El periodista cita a una fuente de Whitehall, tradicional sede del Ejecutivo británico, cuando dice lo siguiente: "Es difícil probar que esto fue aprobado por el Kremlin, pero podemos ver que un número de ellos están en los servicios uniformados en Rusia. Parece una continuación de la guerra híbrida desplegada por Putin". Esta opinión se basa en la discutible idea de que el deporte es un sustituto de la guerra en tiempos de paz. Y los más osados no excluyen que algunos de los que se pelearon con los hinchas ingleses en las calles francesas habían luchado previamente en las milicias que buscan en Ucrania la creación de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

    Todo esto suena bastante paranoico. Y absurdo, porque, ¿qué gana el líder ruso con los excesos de violencia de sus conciudadanos precisamente ahora que está bajo escrutinio el papel de Rusia como organizador del próximo Campeonato del Mundo de Fútbol que debe celebrarse allí entre junio y julio de 2018?

    Según esa perspectiva maquiavélica y parcial de la realidad, todo es culpa de Moscú. No solo los lamentables incidentes ocurridos en Marsella y Lille, sino también la crisis de los refugiados en Europa y hasta los ciberataques de los yihadistas.

    En abril pasado, The New York Times publicaba un reportaje firmado en Kandalaksha, una pequeña ciudad rusa situada en la región de Múrmansk, a unos 200 kilómetros de la frontera con Finlandia. En el artículo se aireaban de nuevo las sospechas dentro de la Unión Europea de que Moscú está avivando y explotando el desastre de los inmigrantes forzados a huir de Siria, Irak o Afganistán.

    El reportero relataba cómo en Kandalaksha se habían ido acumulando coches destartalados con inmigrantes mayoritariamente de origen africano, cuya obvia intención era cruzar hacia Finlandia para solicitar asilo. Esa circunstancia había provocado un ataque de nervios entre las autoridades vecinas, quienes veían en todo aquello una inequívoca señal de presión del Kremlin, previsiblemente dispuesto a permitir a los inmigrantes el acceso a una ruta ártica y provocar así una nueva avalancha humana. "Esto parece una manifestación política de Rusia", declaraba alarmado el diputado y exministro finlandés de Asuntos Exteriores, Ilkka Kanerva. Pero los propios funcionarios de aduanas finlandeses admitían al periodista que no había pruebas, solo especulación… El suceso de Kandalaksha más bien parece el fruto de una ansiedad geopolítica mal contenida.

    El tercer ejemplo de paranoia periodística tiene como protagonista a la revista alemana Der Spiegel, que recientemente difundió que Rusia estaría detrás de los ataques informáticos perpetrados por el Estado Islámico (EI). Y añadió que el denominado cibercalifato de esa temible organización radical "es probablemente una invención rusa".

    Según la "información obtenida" por Der Spiegel de los servicios de inteligencia alemanes, "el grupo terrorista sirio-iraquí aún no está en condiciones de realizar ataques de espionaje o de sabotaje complejos en la red". Los servicios secretos de Alemania suponen que el FSB, el GRU y el SVR —las tres principales organizaciones rusas de seguridad y espionaje— tienen "actualmente al mando a más de 4.000 ciberagentes" y creen que los 'hackers' del Kremlin son los verdaderos responsables de las operaciones de piratería atribuidas a los yihadistas.

    Soldado ruso en el equipo de combate Rátnik
    © Sputnik / Ramil Sitdikov
    Incluso la legendaria y respetada BBC ha caído en esta dinámica tramposa. No hace mucho se preguntaba si realmente Putin está intentando romper la Unión Europea, si está utilizando las técnicas de la sempiterna guerra híbrida para desestabilizar el Viejo Continente y forzar de esa manera que se levanten las sanciones económicas contra Rusia decretadas por la Unión Europea como respuesta a la anexión de Crimea.

    El vídeo, de apenas tres minutos de duración, es obra de Tim Whewell, corresponsal en Moscú de la BBC entre 1991 y 1993. En él se habla de fabricación de pruebas falsas y se muestra a una furibunda activista antirrusa, Anne Applebaum, quien defiende por supuesto las tesis conspirativas que apuntan a Putin y su entorno.

    También se recuerda el ciberataque a Estonia en 2007, donde se vio la 'mano negra' del Kremlin, pese a que las posteriores investigaciones no demostraron esa supuesta relación. Finalmente, se recogen las acusaciones de que Moscú está financiando —de nuevo sin aportar pruebas concluyentes— a partidos abiertamente euroescépticos o antieuropeos, como el francés Frente Nacional, el húngaro Jobbik o el alemán AFD. El efecto del vídeo no es muy equilibrado que digamos, sobre todo porque nadie habla a cámara defendiendo el punto de vista de los rusos.

    En definitiva, el término "guerra híbrida" está sirviendo a la perfección a quienes, desatando su imaginación más calenturienta, pronostican movimientos expansionistas de Rusia hacia las tres repúblicas bálticas, Polonia y Kazajistán. Y desgraciadamente, la prensa occidental se está convirtiendo cada vez más en la correa de transmisión de estas hipótesis que, por definición, no pueden ser probadas y se basan en meras elucubraciones.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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