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    Angela Merkel, canciller alemana, y Recep Tayyip Erdogan, presidente turco

    Merkel, en manos del Sultán

    © REUTERS / Tolga Bozoglu/Pool
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    Angela Merkel, protagonizó un nuevo caso de renuncia a los valores democráticos de su país -y de Europa- al permitir que su compatriota, el humorista Jan Böhmermann, sea juzgado por su poema satírico contra el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan.

    Böhmermann, muy conocido en su país por sus despiadadas sátiras contra políticos de cualquier signo, dedicó una especial el pasado 31 de marzo al líder turco, coincidiendo con la visita de este a Berlín.

    En ese programa, Erdogan fue ridiculizado como fornicador de cabras y amante de la pornografía infantil. Bromas muy pesadas, pero usuales en el programa "Neo Magazin Royal", que Böhmermann dirige en el canal público de televisión ZDF.

    Erdogan se valió de una ley alemana de 1871, que en la época pretendía castigar los insultos a los jefes de Estado extranjeros. Entonces, esa norma pretendía evitar conflictos armados. Hoy es utilizada como parte de otro tipo de guerra, la que permite demoler las bases de un sistema que hace de la libertad de expresión una de sus características.

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    Cierto es que si la ley existe es aplicable, pero iniciar los trámites legales depende de la autorización del Gobierno, y Merkel, tras unos días de duda y acosada por la presión de Ankara, cedió a la censura.

    La canciller pretende ser ecuánime insistiendo en que la ley será eliminada del código penal alemán en los próximos meses. Merkel reiteró también su preocupación por la persecución que sufren muchos periodistas en Turquía y por los obstáculos que el régimen turco pone al derecho a manifestarse en público. Pero sus palabras sonaban ya a justificación.

    Merkel se siente obligada a rendirse a las presiones de Erdogan, con quien cuenta para encontrar una solución a la crisis de los refugiados, de la que en buena parte ella también es responsable.

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    Turquía, como se sabe, es el destino de los migrantes que llegan a Grecia. Según el acuerdo Merkel-Erdogan —aceptado sin rechistar por el resto de la Unión Europea— los refugiados que lleguen a Grecia —territorio Schengen— serán devueltos a Turquía. Ankara recibe, a cambio, 6.000 millones de euros, las promesas del visado europeo para sus ciudadanos y la aceleración de las negociaciones para su adhesión en la UE.

    Merkel, desestabilizada por la avalancha de refugiados en su país tras su llamada a abrir las fronteras de Europa, no podía sino sentirse debilitada ante el acoso diplomático turco. Ello le valió el primer desacuerdo con su socio de gobierno, el Partido Social Demócrata (SPD), que se declaró contrario a activar la ley 103 del código penal y criticó el arbitraje de Merkel.

    This combo made with file pictures shows Turkish President Recep Tayyip Erdogan (L) in Lima on February 2, 2016 and German TV comedian Jan Böhmermann on February 22, 2012 in Berlin
    © AP Photo / SEBASTIAN CASTAÑEDA, Britta PEDERSEN / AFP dpa
    Más a la izquierda en el escenario político alemán, la formación Die Linke (La izquierda) ha sido aún más dura. Para Sahra Wagenknecht, la postura de Merkel supone una "rendición insoportable ante el déspota turco Erdogan", y sacrifica la libertad de prensa en Alemania.

    A nadie le extrañará, tampoco, que el partido emergente, Alternativa para Alemania (AfD), que defiende posturas populistas desde la derecha, también haya cuestionado a Merkel. A nadie le podrá sorprender que con decisiones de este tipo, AfD siga creciendo.

    La llamada crisis de los refugiados cercena la capacidad de maniobra de Angela Merkel, solo apoyada por su partido, la Unión Cristiano Demócrata (CDU) y sus socios bávaros de la Unión Cristiano Social (CSU), religiosamente unidos ante la sátira con la formación islamista del presidente turco.

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    Merkel ha olvidado ya como hace 8 años pretendía recordarle a Erdogan el funcionamiento del sistema de integración alemán. En ese año, Erdogan lanzó desde Colonia un vibrante sermón a los casi 3 millones de turcos y ciudadanos alemanes de origen turco, en el que insistía en oponerse a la asimilación exigida en el país de acogida. A Merkel le sentó entonces muy mal el mensaje de Erdogan y recordó a los turcos y a los alemanes de origen turco que "deberían adoptar las tradiciones alemanas y demostrar lealtad al Estado alemán".

    ¿La libertad de expresión ejercida por Böhmermann no es ya una "tradición alemana" para Merkel? Los alemanes deben mostrar lealtad también a Erdogan?

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    Una Europa desunida y, por lo tanto, debilitada no se siente con fuerza para defender sus convicciones ante las presiones exteriores. La Turquía de Erdogan ha sabido encontrar la última brecha, instalada en su papel de bien pagada guardafrontera anti-refugiados.

    Angela Merkel era considerada todavía hace menos de un año como la líder de Europa; una dama de hierro intransigente con los incumplidores de acuerdos y firme defensora de los principios de la libertad que se consideran intrínsecos en el Viejo Continente. Hoy es una dirigente más al vaivén de las circunstancias políticas, religiosas o culturales que debilitan cada día más a una Europa que se acostumbra a renunciar a sus valores.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    censura, democracia, libertad de prensa, Jan Böhmermann, Recep Tayyip Erdogan, Angela Merkel, Alemania
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