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    Tres sucesores de Pedro que dan la espalda a la pederastia en México

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    Walter Ego
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    El dilema es antiguo pero está vigente: lo que la Iglesia ve como pecado el mundo lo juzga como delito.

    “Abramos las ventanas de la Iglesia. Quiero abrir ampliamente las ventanas de la Iglesia, con la finalidad de que podamos ver lo que pasa al exterior, y que el mundo pueda ver lo que pasa al interior de la Iglesia”
    Angelo Giuseppe Roncalli (Juan XXIII, el Papa Bueno)

     

    Primero fue Juan Pablo II, quien en cinco ocasiones sedujo con su carisma a los católicos del “México siempre fiel”; tras sus pasos llegó Benedicto XVI, quien encontró tiempo y salud para visitar “el Cristo de la montaña, del cerro del Cubilete”, al que le cantara José Alfredo Jiménez; recién fue Francisco, en visita pastoral del 12 al 17 de febrero de 2016, el que reafirmó a México no sólo como uno de los destinos preferidos por los tres últimos pontífices católicos, sino como el lugar donde todos ellos guardan silencio ante la gran deuda de la Iglesia católica con su feligresía: los curas pedófilos.

    Una saturada agenda de compromisos que solventó en apenas seis días de visita acaso sirva de disculpa por la irrealizada reunión del papa Francisco con las víctimas de pedofilia a manos de integrantes del clero católico en México; su silencio sobre el tema en un país aún estremecido por el escándalo del padre Marcial Maciel, el pederasta fundador de los Legionarios de Cristo, es menos comprensible. Que haya fijado su posición al respecto en otros escenarios tampoco sirve de justificación. En otros lugares el Papa ha condenado, y lo reafirmó en México, la corrupción, la violencia, la exclusión y las ansias materialistas que abruman al mundo de hoy. Sus palabras, a fuera de reiterativas, habrían sido no sólo una advertencia de que el culpable podría obtener el perdón de Dios pero que el abuso no sería silenciado por la Iglesia; para las víctimas cerca de un centenar en México habría servido siquiera como consuelo para desvanecer la vergüenza que tal injuria suele dejar en la psique del afectado.

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    Ya que no pudo reunirse con las víctimas de abuso sexual no para perdonarlas, porque no son pecadores, sino para confortarlas, se insiste, el Papa debió al menos haber abordado en algunos de sus múltiples discursos los casos de pederastia en México. Para alguien que se prodigó en hablar de lo humano y lo divino, el tema del abuso sexual infantil debió haber sido compromiso insoslayable en su agenda de trabajo, quizás porque en dicho tema convergen carne y espíritu, delito y pecado.

    El dilema es antiguo pero está vigente: lo que la Iglesia ve como pecado el mundo lo juzga como delito. De ahí que el encubrimiento de tales actos participe de esa visión secular en la que el castigo se procura sea proporcional a la afrenta causada y el eventual perdón debiera provenir de los afrentados, no de una instancia ajena a ellos, como esa misma autoridad eclesiástica que a cambio de una vida de oración y penitencia salvó a Marcial Maciel de la justicia de este mundo y de pedir perdón a sus numerosas víctimas.

    Una definición escolar de “delito” apunta a toda conducta que por acción u omisión contraviene el ordenamiento jurídico de un país. Quien delinque, valga la perogrullada, abandona el camino de la ley. Por su parte, “no se puede pecar sin quebrantar la Ley, pues el pecado es infracción de la Ley” (Epístola 1-Juan 3:4). Sea que se trate de los preceptos sancionados por “el común consentimiento de la ciudad” (Aristóteles) o de “la ordenación de la razón dirigida al bien común y promulgada por el que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad” (la definición es de Santo Tomás de Aquino), nada está por encima de la ley en lo concerniente a la evaluación por parte de la “civitas” de la conducta social.

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    El Papa Francisco, que declaró al 2016 como el “Año Santo dedicado a la Misericordia”, seguramente sabe que no se debe reducir el término a una cualidad esencial de la Divinidad mediante la cual se perdonan los pecados, sino verlo también en su mundana etimología de sentir compasión por los que sufren y, sobre todo, llevarles ayuda.

    Esto último, siquiera en su versión espiritual, fue lo que les faltó a todos esos que en México resultaron ultrajados por quienes han corrompido de sórdida manera el “dejad que los niños vengan a mí” que un controversial e inefable judío enunciara hace casi dos mil años. Cabe señalar aquí que si bien la mayoría de los casos de abuso sexual infantil por parte de curas se dan en perjuicio de varones, ello no debe servir de argumento para tachar a la homosexualidad de actitud moral y penalmente condenable. La preeminencia del abuso hacia niños se explica por el rol tan limitado que tienen las mujeres en el entramado eclesial católico, lo que no las ha salvado de la voracidad sexual de las sotanas célibes.

    Para enfrentar dignamente el problema, la jerarquía católica tiene que entender que su actuar no debe marchar a contracorriente de las aspiraciones humanas, que es preferible ver mermar el número de curas aptos para evangelizar a que los feligreses se alejen de la palabra de Dios, que es preferible castigar al individuo que predica desde el púlpito una fe que no siente y que a diario violenta antes que avivar la desconfianza hacia la institución que lo cobija. Ese torpe manejo del conflicto, la criminal protección de los culpables, el desoír las demandas de las víctimas, es lo que ha llevado a la Iglesia católica a verse condenada como la máxima responsable de tales hechos, cuando el abuso infantil por parte de maestros jamás ha servido para condenar la institución del Magisterio.

    Wojtyla, Ratzinger, Bergoglio. Tres hombres y un destino incierto que no es el México de sus fervores y adoraciones, sino el de pasar a la historia, pese a las hagiografías habidas o por venir, como cómplices por omisión o comisión del peor estigma del catolicismo contemporáneo, tres sucesores de Pedro que si bien dejaron abiertas las ventanas de la Iglesia para ver lo que pasa en el exterior, también las velaron por conciencia o descuido al intenso escrutinio mundano, ese que va más allá de evidenciar y condenar el problema para hurgar en las razones humanas bajo los “hábitos” que lo propician.


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    pedofilia, pederastia, abuso sexual, Iglesia Católica, Juan Pablo II, Papa Francisco
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