Refugiados: la emoción sustituye a la política

© AP Photo / Muhammed MuheisenNiño refugiado sirio cerca del campo de refugiados húngaro Röszke
Niño refugiado sirio cerca del campo de refugiados húngaro Röszke - Sputnik Mundo
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Los líderes de Europa se han visto desbordados por la avalancha de imágenes que circulan en los medios de comunicación y en las redes sociales sobre los refugiados. Algunos de ellos, ante el temor de ser criticados, toman decisiones basadas en las emociones y no en la más cruda realidad: el viejo continente no puede acoger a todos los refugiados.

Ángela Merkel provocó el llanto de una refugiada palestina durante un programa de televisión, en julio pasado, al explicar a la joven Reem que quizás tuviera que volver al Líbano con su familia. Las lágrimas de la niña recorrieron todo el plalneta a través de agencias de imágenes y redes sociales. Merkel, la jefa del gobierno alemán, era tachada de «inhumana» por decir la verdad a la refugiada, por no engañarle, como cualquier otro político podría haber hecho para quedar bien ante el público.

Fue uno de los capítulos que han nutrido a través de los últimos meses, la nueva ideología de la emoción que rige, a falta de acuerdos, las intenciones políticas de algunos países europeos, ante la avalancha incontrolable de refugiados, no solo políticos, que intentan llegar al «paraiso social» que representan países como Alemania, o Suecia.

La foto de Aylan, el niño sirio ahogado y recogido en la playa turca de Bodrum, fue otro de los detonantes de lo que otros llaman la «dictadura de la emoción», que intenta forzar mediante lágrimas e indignación lo que se denuncia como inacción política.

La Canciller alemana llegó a decir que Alemania podía acoger este año a 800.000 personas. Otras voces autorizadas de la sociedad alemana aseguraban que el país estaba en condiciones de poder albergar 500.000 refugiados al año.

Pocos días después, Alemania sellaba sus fronteras. Las palabras de sus responsables políticos, considerados los más generosos del viejo continente durante unos días, habían desbordado la realidad sobre el terreno. Ni Alemania, ni su vecina Austria, ni Hungría, ni Grecia… ningún país está en condiciones de hacer frente a la masiva llegada de desplazados.

Contra el reparto de refugiados

La idea del reparto de 160.000 refugiados entre los países de la Unión Europea está estancado, de momento. Cuatro paises de Europa Central, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia se oponen a este reparto obligatorio. Muchos otros, no dicen nada, pero se alegran del fracaso de las negociaciones. Otros se resignan a asumir la cuota decidida desde Bruselas, Berlín y París.

Miles de personas se hacinan en las fronteras internas de Europa. Otros sueñan desde sus campamentos del Líbano, Turquía o Jordania con llegar también a Europa, a pesar de las dificultades que conocen bien, pues siguen la actualidad de las negociaciones.

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Las imágenes de niños, ancianos, mujers y hombres desesperados, bañados en polvo, barro y lágrimas van a seguir alimentando la emoción de muchos europeos. Pero otros muchos, la mayoría que no se manifiesta, compartirá la tristeza, pero no parecen dispuestos — según los sondeos- a unirse a una generosidad impulsada por decisiones políticas contradictorias y sin las condiciones logísticas adecuadas para que la realidad pueda dar seguimiento a las declaraciones morales.

Por un lado se invita a los refugiados a su casa, se buscan cámaras de televisión para mostrar los carteles de « we love you » y « welcome refugees »; una vez que esas mismas cámaras desaparecen, el voluntarismo y la emoción dejan paso a la falta de lugares adecuados para acoger decentemente a los miles de personas necesitadas de calor, ropa y alimentos.

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Que una minoría de ciudadanos se conmueva y saque de sus armarios las camisas y pantalones que ya no están de moda, para ofrecerlas a los desplazados es comprensible; que los gobiernos caigan en el mismo reflejo parece algo más que ingenuo.

El Tratado de Schengen que permite la libre circulación de personas no europeas, una vez que se ha entrado en el primer país un país de la UE, exige un control de las personas que demandan asilo político. Los Acuerdos de Dublín establecen que una persona que se introduce en un país del espaio Schengen debe ser devuelto a ese país, si su deseado destino le rechaza.

Cada gobierno hace la interpretación que le conviene de estos acuerdos. Algunos países, como Alemania o Francia, se pueden permitir suspenderlos cuando les interesa, a veces, sin consultarlo a sus vecinos.

Hungría, designado «el malo de la película»

El caso que vive Europa debería ser responsabilidad de los 28 miembros, pero como ocurre en toda situación de crisis, ya se ha encontrado una «cabeza de turco» donde se concentran las críticas más duras y los insultos más hirientes: Hungría.

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Al gobierno de Viktor Orban se le compara incluso con el régimen nazi, por cerrar parte de su territorio con alambradas y por retener en un principio a los candidatos al asilo en el Norte de Europa, a los que utilizaban su territorio solo como pasillo hacia Alemania o Suecia, los paises con políticas más generosas para los refugiados políticos.

A Hungría se le ha reprochado lo que estipula el Tratado de Schengen. En cualquier otro momento, dejar pasar a los desplazados sin ingún control le hubiera supuesto críticas mucho más duras. Para el gobierno de Budapest hubiera sido mucho más sencillo hacer la vista gorda al flujo incesante de personas que atraviesa el su territorio con otro destino.

Orban, considerado un líder nacionalista autoritario en ciertas capitales europeas, cuenta con un amplio respaldo popular en su país, lo que no le ha salvado der ser considerado como un «fascista» para la ideología bien pensante de los políticos que se mueven influenciados más por las imágenes de Facebook y Twitter que por la política posible y la realidad de cada país.

Se utiliza contra Hungría los alambres de púas, como desde el Norte de Europa se acusaba a España de levantar alambradas también contra los emigrantes africanos. La Europa que imparte lecciones de humanitarismo no ha cesado de criticar a los países periféricos del Sur del continente que intentaban cerrar legalmente el paso a las personas que se dirigían precisamente hacia el Norte.

Muros de porras y gases

Otros países, como Francia, también han cerrado fronteras, como el paso de Ventimiglia, con Italia. También persiguen a los inmigrantes que intentan pasar hacia Gran Bretaña en la región de Calais. En este caso, los muros no son de alambre; son de gases lacrimógenos y de porras empleadas por unos policías desbordados, obligados por gobiernos políticamente correctos a golpear a la emigración que huye de la miseria económica, la corrupción, la persecución política, sexual o religiosa.

Se blande contra Hungría también un video donde la policía arroja comida a los refugiados como si de animales de un zoo se tratara. La memoria visual olvida que ese mismo tratamiento también se produjo en centros de acogida de Italia u otros paises. Pero, claro, hay que mantener y alimentar el rol de malo de la película que el casting europeo ha atribuido a Budapest, cuando las políticas de la locomotora germano-francesa descarrilan.

Europa no encuentra una solución a uno de las mayores retos políticos y humanitarios que le ha tocado hacer frente. Cientos de miles de personas atraidas por un sueño, desesperadas por la experiencia de la guerra, perseguidas por sus creencias y, en muchos casos, engañadas por traficantes, se agolpan en las fronteras del Centro y el Sur de Europa. El invierno llega y no hay de momento capacidad para siquiera proteger de las inclemencias a los que llaman a las puertas cerradas de Eldorado.

Pronto la lluvia, la nieve y el frío ofrecerán nuevas imágenes para seguir alimentando la compasión, el motor que mueve, de momento, la acción política de unos gobernantes desbordados por falta de previsión, temorosos de alimentar el populismo y acomplejados por fotos y videos de situaciones que ahora se centran en Europa, pero que cada día se producen en otros ccontinentes sin la presencia de cámaras.

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En el mercado de inmigrantes las leyes de lo políticamente correcto también se aplican: prohibido elegir entre musulmanes o cristianos. Prioridad de los que dicen huir de una guerra sobre los que buscan un refugio económico y laboral. Ingenieros o médicos pasarán antes que albañiles o jardineros…

Europa no puede dar refugio a los millones de personas que lo desearían. Angela Merkel se lo explicó a una niña refugiada palestina hace solo dos meses. Le trataron de «inhumana». Poco más tarde, la Canciller invitaba a cientos de miles de refugiados a dirigirse a Alemania. Desde su país se insistía en que los inmigrantes son la solución al envejecimiento de los europeos. En las últimas horas, la generosidad se topó con la realidad.

A los políticos no se les exige la resolución automática de todos los problemas. Pero, al menos, deberían estar preparados tomar decisiones sin dejarse llevar por la emoción. Y sin querer imponer «su solución» a los vecinos.

 


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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