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    Irán ha hecho historia y se ha ganado el derecho a regresar al tablero internacional.

    Finalmente el grupo de los cinco miembros permanentes del  Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania han alcanzado con el Gobierno de Teherán un acuerdo político  –no se trata de un tratado vinculante- de singular importancia por el que la República Islámica dejará de sufrir las sanciones económicas internacionales a cambio de renunciar a la bomba atómica por un periodo mínimo de 10 años.

    Tema: Acuerdo sobre Irán

    “Histórico”, “sísmico”, “determinante”, “peligroso”… La prensa global no termina de calificar en sus justos términos el trabajoso pacto suscrito en Viena, la capital de Austria. Hasta The New York Times, el periódico de referencia de Estados Unidos, ha sacado una portada inusual, a toda página, donde se hace eco de tan formidable noticia.

    Después de 20 meses de complejas negociaciones, ahora toca hacerse la siguiente pregunta: ¿cuáles van a ser sus efectos geopolíticos y económicos para América Latina?

    La primera reacción se producirá –ya lo está haciendo- en el valor del petróleo. Irán dispone de la cuarta mayor reserva de crudo del mundo (150.000 millones de barriles) y la segunda mayor de gas natural. El levantamiento de las sanciones, instauradas en 2006, podría poner en el mercado un millón más de barriles diarios, lo que supondría una caída adicional de los precios y un recorte de ingresos para  Venezuela y Ecuador, dos naciones productoras de crudo y miembros de la OPEP.

    Infografía: Organización de Países Exportadores de Petróleo

    No obstante, la incorporación de Irán al mercado energético será muy paulatina pues sus infraestructuras se han quedado obsoletas por falta de piezas y de mantenimiento y necesitarán meses sino años para ponerse al día. En cualquier caso, Teherán buscará recuperar los clientes que perdió durante estos años o que redujeron sus importaciones de petróleo y gas. Eso puede significar el restablecimiento de importantes contratos.

    Además, según los pronósticos del Fondo Monetario Internacional (FMI), el freno en el precio del barril del petróleo elevará medio punto el PIB global en 2015 y 2016.

    Una segunda consecuencia, no menos relevante que la anterior, será la reactivación de la economía iraní, asfixiada por la falta de acceso a la financiación internacional, por la inflación galopante (36% anual) y por los altos niveles de desempleo, sobre todo entre la población más joven. 

    El pacto de Viena supondrá la liberalización de más de 100.000 millones de dólares en acciones y bienes iraníes que fueron congelados por el régimen de sanciones aprobado por la ONU. Esa enorme cantidad de dinero significa una llamada a la inversión en mercados emergentes como el latinoamericano.

    Una escultura de trabajadores petroleros en una calle de Caracas, Venezuela
    © AP Photo / Ariana Cubillos

    El fin del aislamiento implicará una expectativa de negocio para las empresas de América Latina, para las cuales se abre un mercado potencial de cerca de 81 millones de consumidores que ya no estarán coartados por restricciones  a partir de 2016.

    Por su volumen de población, su balanza energética (es el segundo productor de petróleo de la OPEP) y su posición geográfica estratégica entre África, Asia y Europa, la antigua Persia representa un punto comercial nada desdeñable.

    Las compañías brasileñas, argentinas, venezolanas, ecuatorianas, bolivianas y cubanas deberían aprovechar la oportunidad que les brinda la diplomacia. Ellas cuentan con cierta delantera  frente a sus vecinas de México, Chile o Colombia. Y esa ventaja es fruto de una actividad diplomática y política que ha sido cada vez más intensa.

    Aunque históricamente los vínculos entre América Latina e Irán fueron casi inexistentes, desde hace una década se vienen advirtiendo intercambios crecientes de toda índole, sobre todo con Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina.

    Mahmud Ahmadineyad, quien fuera presidente iraní desde 2005 hasta 2013, viajó hasta nueve veces a América Latina durante su mandato. Visitó Venezuela en cada uno de esos viajes, pero también Bolivia (en dos oportunidades), Brasil, Cuba, Ecuador y Nicaragua. Sus tres últimos periplos se produjeron a principios de 2013 para asistir a tres actos protocolarios pero muy simbólicos: el funeral de Hugo Chávez, la toma de posesión de Nicolás Maduro y la asunción del reelecto presidente ecuatoriano, Rafael Correa. Los presidentes de estos países latinoamericanos le devolvieron la visita: Chávez estuvo seis veces en Teherán; el boliviano Evo Morales, en dos ocasiones; y Rafael Correa, Lula da Silva y el nicaragüense Daniel Ortega viajaron en una oportunidad.

    Las relaciones entre estas dos regiones geográficamente tan alejadas entre sí pasaron de ser circunstanciales y muy modestas a más sólidas gracias a un componente común: el antiimperialismo. Esa base juega precisamente ahora a favor de unos países frente a otros en la carrera comercial que se ha iniciado. 

    ¿Qué ha buscado Teherán en América Latina?

    La estrategia de Ahmadineyad consistió en romper el aislamiento internacional de Irán a través de forjar alianzas en Latinoamérica. Algunos estados le ofrecieron la alfombra roja y palabras de amistad y cooperación, y de ahí surgieron cientos de acuerdos bilaterales –sobre todo con la Venezuela de Chávez- y la apertura de embajadas por toda la región.

    Eso incluyó la creación en 2008 del Banco Internacional de Desarrollo, con sede en Venezuela y con capital iraní, una entidad cuestionada por Estados Unidos por financiar presuntamente actividades militares ocultas.

    Pero quien más se benefició de la coyuntura fue realmente Brasil, al transformarse en su principal socio comercial latinoamericano, noveno a nivel mundial en 2012, según las estadísticas de la Comisión Europea.

    El entendimiento llegó a tal grado que el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva intentó buscar, junto a Turquía pero sin éxito, una solución propia al programa nuclear de Teherán que contemplaba el intercambio de uranio enriquecido.

    Pero las relaciones bilaterales se enfriaron a partir de 2010, tras la llegada al poder de la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, que respaldó en la ONU un mandato para investigar la situación de los derechos humanos en Irán y que evitó reunirse con Ahmadineyad durante una cumbre ambiental – la Conferencia Río+20- que se celebró en 2012 en Río de Janeiro.

    Todo eso cambió con las elecciones. El nuevo presidente de Irán, Hassan Rohaní, se abrazó a la bandera de la moderación y apostó por el pragmatismo y el diálogo para terminar con la demonización del país.

    "Buscaremos tener buenas relaciones con todas las naciones, incluidos los estados latinoamericanos", declaró Rohaní en su primera conferencia de prensa nada más ser nombrado en junio de hace dos años.

    Bendecido por el todopoderoso ayatolá Jamenei, el flamante jefe de Estado cambió de prioridades y enfocó sus esfuerzos en la consecución de un acuerdo con Occidente que levantara las sanciones sin renunciar a la energía nuclear con fines pacíficos. El triunfo es suyo en buena parte.

    En Oriente Medio se ha abierto pues una nueva etapa geopolítica de cambios y encrucijadas que América Latina no se puede permitir desperdiciar.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Daesh, PIB, sanciones, Fondo Monetario Internacional (FMI), OPEP, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales, Luiz Inacio Lula da Silva, Chile, Irán, Colombia, América Latina, Oriente Medio, Brasil, México
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