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    El 2 de julio del año 2000, en medio de un alborozo popular que a la vuelta de dos primaveras se trocó en desilusión, un ex ejecutivo de la Coca Cola se convirtió en el primer presidente electo en México que a diferencia de lo ocurrido en las siete décadas previas a esa fecha no había sido postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

    Aunque la investidura oficial tuvo lugar hasta diciembre de ese año, aquel domingo de julio en que Vicente Fox Quesada, militante del Partido Acción Nacional (PAN), se impuso en las urnas a sus contendientes políticos, nacía formalmente la democracia mexicana, hija de una oposición activa que tras porfiar durante largos años logró consumar la tan anhelada alternancia en el poder, esa que puso fin a casi setenta años de perfecta dictadura priista.

    Fue un parto fatigoso al que precedieron embarazos malogrados y abortos inducidos por un instituto político que desde su fundación en 1929 como Partido Nacional Revolucionario (PNR) se erigió en heredero de los ideales de la Revolución Mexicana de 1910, legado presente en el nombre que adoptó tras su refundación en 1938 por el general Lázaro Cárdenas, Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y antes de que asumiera en 1946 las siglas que hasta hoy lo identifican: PRI.

    Durante las últimas siete décadas del pasado siglo los gobiernos de turno convirtieron a México en un país en el que competían en las urnas varios partidos políticos y siempre ganaba el PRI con su candidato previamente elegido por el mandatario del sexenio que agonizaba. 

    Derribando murallas

    En México la transición hacia la democracia, el desmontaje piedra a piedra de los muros del poder único priista, inició en los municipios.

    Elecciones en México
    © AP Photo / Marco Ugarte

    En 1946, en León, Guanajuato, el candidato de la Unión Cívica Leonesa derrotó en las urnas al candidato oficial del PRI a la presidencia municipal, triunfo cuyo reconocimiento sólo fue posible luego de protestas populares que dejaron un saldo de 26 muertos y numerosos heridos. En San Luis Potosí, hacia fines de los años 50, la Unión Cívica Potosina consiguió elevar un candidato a la presidencia municipal. Lo significativo va más allá de haber logrado la alternancia en el poder: dejaron ver que era posible doblegar la intolerancia priista y articular formas de convivencia política distintas a las establecidas y reproducidas hasta el hartazgo por el partido en el gobierno. A partir de entonces comenzó la lenta y paulatina sangría de municipios al PRI, un proceso que daría el salto hacia a una dimensión mayor en 1989 cuando el candidato panista Ernesto Ruffo Appel se convirtió en gobernador del estado de Baja California.

    Pero la transición hacia la democracia en México no puede verse sólo como la historia de la lucha por el poder político en las diferentes esferas de gobierno; es también la historia de las reformas constitucionales que ayudaron a revertir siquiera ligeramente el tono farsesco de los comicios trienales y sexenales en los que el pueblo mexicano elegía a sus representantes.

    Entre las reformas aludidas destacan la promulgación en 1977 de la Ley de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LOPPE), la cual permitió que accedieran a la vida institucional nuevas fuerzas políticas y que la integración de la Comisión Federal Electoral se efectuara en igualdad de condiciones para los partidos políticos con registro; antes, en 1963, una reforma constitucional había permitido la inclusión del principio de representación proporcional en la distribución de los escaños parlamentarios, lo que posibilitó una mayor presencia legislativa de los partidos de oposición, si bien los escasos vínculos entre los electores y la clase política mexicana han hecho de este principio uno de los más cuestionados por una ciudadanía que no se siente representada por quienes acceden de este modo a diputaciones y senadurías. La creación en 1990 del Instituto Federal Electoral (IFE), al que sucesivas reformas dotaron de mayor autonomía fue un paso definitivo para que el PRI perdiera la mayoría en el Congreso en 1997, y la Presidencia en el 2000.

    Después del bautismo

    Aunque pasados tres lustros la victoria de Vicente Fox en las urnas destaque con mayor relieve en los anales de la Coca Cola que por su impacto manifiesto y depurativo en la historia del país; aunque la Presentación al Templo de la democracia mexicana a tres años de aquel esperanzador 2000 se haya visto envilecida por la irrupción avasallante de la mercadotecnia política en el panorama electoral; aunque su prematura Confirmación en el 2006 arrastre hasta hoy el fantasma del fraude en contra del candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador y su Primera Comunión en el 2009 haya sido en medio de una recesión económica que influyó en los resultados de la elección; aunque a los 12 años haya tenido su primer desconcertante sangrado con el regreso del PRI al poder y la celebración adelantada de sus quince el domingo 7 de junio concluyera en una fiesta electoral bastante deslucida y cuestionada, cabe tener la esperanza de que dentro de tres años, cuando la democracia mexicana alcance la mayoría de edad durante los comicios generales del 2018, tenga ya la madurez que se le exige por el bien de todo un país que a pesar de las adversidades y recriminaciones que suele provocar su mal comportamiento no quiere abjurar de ella.

     

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    democracia, Partido Acción Nacional (PAN), Partido Revolucionario Institucional (PRI), Vicente Fox, México
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