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    Terry Pratchett

    Réquiem por Terry Pratchett or el llanto de Gran A'Tuin

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    Walter Ego
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    Terence David John Pratchett fue justamente el escritor que cambió mi percepción del Universo a finales de los años noventa del pasado siglo.

    La imaginación, no la inteligencia, es lo que nos hace humanos.
    — Terry Pratchett

     

    Siempre creí que la Tierra era redonda hasta que los divertidos libros de un escritor inglés me revelaron la verdad tergiversada durante cientos de años por soporíferos tratados de astronomía: es plana y la sostienen cuatro elefantes estoicamente parados sobre el caparazón de Gran A’Tuin, una afable y gigantesca tortuga que mide 15 mil kilómetros desde el pico al extremo de la cola. Así es Mundodisco, ese universo que Terry Pratchett nos ha descrito al derecho y al revés, y no veo por qué no puede ser así la Tierra

    Terence David John Pratchett (28 de abril de 1948 — 12 de marzo de 2015) fue justamente el escritor que cambió mi percepción del Universo a finales de los años noventas del pasado siglo. Imagino que usaba ese extenso nombre solo para asuntos legales, pues para firmar los muchos libros que escribió se decantó por el de “Terry Pratchett”, menos rimbombante, es cierto, pero más afín con la personalidad de un novelista que apostó por no tomarse en serio casi nada en este mundo absurdamente redondo y sin gracia donde le tocó vivir.

    Con su sombrero de alas caídas y su cuidada barba blanca, Terry Pratchett terminó por parecer una satisfecha imitación de Gandalf el Gris, el mago afable y poderoso de “El Señor de los Anillos”, un parecido previsible en quien hizo surgir de la nada un universo fantástico regido por la magia y no por la ciencia, y en el que el “taumo”, la unidad de magia más pequeña conocida, alcanza “para crear una paloma pequeña o tres bolas de billar de tamaño normal”, un mundo que mucho le debe al forjado por J.R.R. Tolkien, pero, eso sí, bastante más divertido, pues con sus magos incapaces (Rincewind), héroes octogenarios en activo (Gengis Cohen, mejor conocido como Cohen el Bárbaro), dioses en busca de creyentes para fortalecerse y dejar de ser simples espíritus, y una Muerte que prefiere delegar en aprendices su macabra labor (entre otros muchos esperpénticos protagonistas), el Mundodisco de Pratchett se distancia de la augusta solemnidad con que otros autores fantásticos, y no solo Tolkien, recrean los suyos.

    Aunque parecía destinado para la literatura desde muy joven –a los trece años publicó su primer relato, “The Hades Business”, en la revista de su escuela–, Pratchett, como otros muchos escritores, antes de incursionar en la ficción se inició en el periodismo, primero en el “Bucks Free Press”, donde estuvo de 1975 a 1970 cuando pasó a integrar el equipo del “Western Daily Press”.

    Dos años más tarde Pratchett regresa al “Bucks Free Press” como subdirector, pero no duraría mucho allí: en 1973 pasa al “Bath Chronicle”. Y para 1981 es ya el flamante responsable de relaciones públicas de una central nuclear, responsable también de la autoría de tres libro –“The carpet people” (1971), “The dark side of the sun” (1976) y “Strata” (1981)– por los que no conocería la fama ni la independencia económica, las cuales, sin embargo, no tardarían en llegar, aunque entonces aún no lo supiera.

    En 1983 publica “El color de la magia”, el primero de los libros que conforman lo que con los años se convertiría en la saga fantástica de Mundodisco, y cuyos protagonistas, Rincewind y Dosflores, proseguirían con sus desventuras en “La luz fantástica” (1986). Tal fue el éxito de ambos libros, que desde entonces Pratchett decidió dedicarse por entero a “lo más divertido que se puede hacer sin ayuda”: escribir (la definición es suya).
    Por fortuna para sus cada vez más numerosos lectores, al parecer a Pratchett le gustaba divertirse a lo grande. Sólo ello explica, amén de su indudable talento para el humor y la escritura, su prolífica producción literaria, integrada por unos 70 títulos (los 41 de su exitosa saga y otros muchos más) con más de ochenta millones de ejemplares vendidos que le granjearon varias distinciones, entre ellas el ser nombrado oficial (1998) y luego armado caballero (2009) de la Orden del Imperio Británico, un par de títulos de Doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad de Warwick y la de Portsmouth, en 1999 y 2001, respectivamente, y el ser considerado el segundo escritor británico con mayores ventas, solo superado por la J.K. Rowling, la creadora de Harry Potter.

    Con un sentido del humor inconfundiblemente inglés – en el que abundan la ironía, el sarcasmo, el juego de palabras y el non-sense, Terry Pratchett recrea con acidez un mundo parecido al nuestro en su complejidad y caos. Mundodisco es como uno esos espejos de ferias que deforman la imagen que devuelven: nos reímos del reflejo distorsionado en el que nos reconocemos, pero odiaríamos vernos así en el mundo real. De ahí que sus pobladores nos resulten tan cercanos pese a sus poco ortodoxas formas de comportamiento; de ahí que a pesar de ser vago y cobarde por voluntad propia, amemos a Rincewind por mostrarse valiente y enérgico cuando las circunstancias lo obligan a ello, como mismo amamos al Equipaje a pesar de andar siempre perdido y con un humor de espanto.

    El 11 de diciembre de 2007, Terry Pratchett reveló que padecía una variante atípica del mal de Alzheimer (atrofia postcortical, un trastorno neurodegenerativo que provoca pérdida y disfunción de las células cerebrales). Ahora que ha muerto –ahora que las tortugas del mundo lloran inconsolables no para eliminar el exceso de sodio de su organismo ni para limpiar de polvo sus ojos cuando escarban en la arena durante el desove, sino para acompañar en su duelo a Gran A’Tuin por la partida de su Creador– espero que a Terry Pratchett se le olvide que murió y que el día menos pensado regrese a este mundo “aburridondo” –ciertamente sin “la vitalidad hormigueante” de Ankh-Morpork, “una ciudad con un millón de habitantes y sin alcantarillas– pero en el que a escasos días de haberse ido de modo un tanto prematuro ya se le echa de menos.

     

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    literatura, Terry Pratchett
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