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    La guerra de declaraciones que ha estallado estas últimas semanas entre el primer ministro griego, Alexis Tsipras, y el presidente español, Mariano Rajoy, ha roto las habituales buenas formas que España había mantenido con sus socios europeos.

    De hecho, hace muchos años que España no se encontraba en una situación parecida ni tenía un frente abierto con dos países extranjeros al mismo tiempo, ya que a Grecia se le suma el largo rifirrafe con Venezuela.

    Los motivos de la alta tensión política —que es recíproca y que en ninguno de los dos casos tiene visos de suavizarse a corto plazo- habría que buscarlo en los problemas internos a los que se enfrentan los conservadores del Partido Popular (PP), que preside Rajoy.

    El dirigente lidia este año 2015 con cinco citas electorales en la que los sondeos avanzan una debacle de su partido.

    El nexo entre Grecia y Venezuela tiene nombre propio y se llama Podemos, la formación progresista que está arrasando en todas las encuestas y que se presenta a sí misma como el antídoto de la extrema derecha que avanza a pasos agigantados en Europa.

    Rajoy se aferra a ese eje Caracas-Atenas para intentar minimizar, de momento con pocos réditos, las posibilidades de la organización que lidera Pablo Iglesias.

    Y para ello argumenta, por una parte, la posible financiación del "desacreditado" Gobierno bolivariano de Nicolás Maduro al partido que surgió del movimiento de los indignados.

    Y, por otra, acusa al Gobierno de Tsipras, al que apoyó personalmente Iglesias durante la campaña electoral, de prometer cosas que después no puede cumplir, en relación a las duras negociaciones en Bruselas.

    Poco importa que Rajoy prometiera también en la campaña electoral de 2011 crear 3,5 millones de puestos de trabajo para acabar liderando un país que ostenta los índices de paro más elevados de la zona euro junto a Grecia.

    Sólo en la época del Gobierno conservador de José María Aznar hubo tanta tensión diplomática, entonces como consecuencia de la guerra de Irak, un conflicto en el que Madrid, en contra de la opinión de los españoles, apoyó a Estados Unidos y Reino Unido frente a sus tradicionales socios alemanes franceses.

    A finales de febrero, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, acusó al Gobierno español y portugués de formar un "eje contra Atenas" para intentar "derribar" su Ejecutivo y hacer fracasar las negociaciones con el Eurogrupo.

    "Nos encontramos con un eje de poderes, liderado por los gobiernos de España y Portugal quienes, por motivos políticos obvios, intentaron llevar al abismo las negociaciones", clamó el líder griego.

    "Su plan es desgastarnos, derribar nuestro Gobierno y llevarlo a una rendición incondicional antes de que nuestro trabajo comience a dar su fruto. Especialmente, antes de las elecciones en España", añadió.

    Rajoy contestó airado y alegó que España no es responsable de la "frustración" creada por Syriza en Grecia. "No somos responsables de la frustración de la izquierda radical griega, que prometió lo que no podía cumplir como ha quedado demostrado".

    Y añadió que "buscarse un enemigo fuera es un truco que ya hemos visto muchas veces a lo largo de la historia pero eso no resuelve los problemas, sino que los agrava". "La única manera de ser serio es no prometer lo que sabes que no puedes cumplir", insistió el presidente español en referencia Tsipras.

    Sin embargo, fuentes de la Unión Europea, que no ha querido mediar en el conflicto, confirmaron a los medios españoles que tanto España como Portugal mantuvieron una postura "extremadamente" dura en las negociaciones con Grecia y tampoco "han escondido esa dureza en sus declaraciones públicas al más alto nivel".

    Lo cierto es que el frágil acuerdo firmado el 20 de febrero en Bruselas por Tsipras ha significado la primera victoria de Grecia, desde que la crisis económica estallara con toda su virulencia en 2009.

    El pacto ha sido muy limitado y queda mucha letra pequeña por discutir, pero Grecia ha logrado frenar el ritmo de las drásticas políticas de austeridad impuestas por Bruselas y que han dejado al país helénico agotado, hambriento y sin futuro.

    Lejos de la frustración griega que argumentan los partidos conservadores europeos y sus medios afines, los griegos sienten que están recuperando por fin cierta dignidad, como lo confirma que el apoyo a Syriza ha pasado del 36% que obtuvo en los comicios al 75% actual.

    Iglesias, que pide a Bruselas que tienda la mano a partidos europeístas como Podemos y Syriza, tacha de "patéticas" las declaraciones de Rajoy, un político que prefiere enviar un mensaje a Berlín como "guardián" de la ortodoxia neoliberal que defiende Merkel, frente a la línea más crítica con la austeridad que ha empobrecido a millones de europeos de Francia e Italia.

    Una victoria griega en el plano económico reforzaría todavía más a Podemos y representaría una dura derrota para Rajoy que alega que los buenos datos macroeconómicos que ofrece España son consecuencia directa de su política.

    Pero, según la encuesta del oficial Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de la semana pasada, el 58% de los españoles frente a un 34% no cree que las posibles mejoras económicas sean consecuencia del actual Gobierno.

    Pero lo peor es que el 84% de los españoles siguen pensando que la situación económica de España es mala y el 63% opina que seguirá igual o peor en los próximos meses.

    Nadie se cree, pues, el optimista discurso de Rajoy de que la recesión económica es historia y los buenos tiempos han llegado para quedarse.

    Todo hace prever que la tensión diplomática exterior no puede más que empeorar ante esta situación interna, aunque está por ver si los ciudadanos comprarán el discurso del miedo a Grecia y Venezuela de Rajoy o el de la ilusión que proponen los partidos emergentes como Podemos.

     

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

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    Etiquetas:
    Syriza, Podemos, UE, Alexis Tsipras, Nicolás Maduro, José María Aznar, Mariano Rajoy, Portugal, Grecia, Venezuela, España
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