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    Bajo el México de la violencia, la corrupción y los desaparecidos discurre otro, un país solidario cuya savia generosa restaña y lava mucha de la sangre vertida.

    Como en los cenotes, por cuyas entrañas se abre paso el agua y emerge vital a trechos, bajo el México de la violencia, la corrupción y los desaparecidos discurre otro, un país solidario cuya savia generosa restaña y lava mucha de la sangre vertida y deja aflorar el rostro verdadero de una tierra inmarchitable pese a la codicia desbocada de algunos de sus hijos.

    Es de ese México otro que han surgido hombres y mujeres con esa profunda vocación de servicio que tanto se desea para buena parte de la clase política del país. En ese sentido vale recordar que el 19 de septiembre de 1985, cuando un sismo de magnitud 8.1 en la escala de Richter convirtió un sinnúmero de inmuebles de la capital mexicana en un amasijo de cascajos y fierros retorcidos, un grupo de personas no vaciló en socorrer a quienes quedaron atrapados bajo los escombros ante la insuficiencia de las fuerzas de Protección Civil para acometer tal labor.

    Brigadas de rescate trabajando sobre un edificio colapsado en el centro de México
    Brigadas de rescate trabajando sobre un edificio colapsado en el centro de México

    Poco les importó carecer de preparación y equipamiento para el empeño, menos aún el peligro que ello suponía para su propia integridad. A base de coraje, dichas personas se adentraron por entre los recovecos de los edificios colapsados en busca de sobrevivientes como un topo se abre paso en la tierra rumbo a su madriguera. Topos parecían, “topos” les llamaron.

    Luego de la formidable experiencia adquirida en labores de rescatismo durante las tristes jornadas del temblor del 85, los “topos” no vacilaron en ofrecerse para asistir a labores de salvamento allí donde la furia de la Naturaleza o el error humano se tradujo en catástrofe. Chile, Colombia, Egipto, Japón, apenas si son algunos de los países beneficiados por quienes convirtieron lo que entonces fue un acto espontáneo, hijo del amor y la desesperación, en una asociación civil símbolo hoy del altruismo mexicano a nivel internacional.

    De parejo amor al prójimo se nutren “Las Patronas”, una docena de mujeres oriundas del municipio de Amatlan de los Reyes, en Veracruz, que desde hace unos 20 años ayudan sin recibir nada a cambio a los migrantes centroamericanos que atraviesan México rumbo a los Estados Unidos de América en busca de un futuro promisorio que juzgan imposible de alcanzar en sus países de origen. 

    Al igual que los “topos”, la generosidad de “Las Patronas” inició de modo espontáneo. Norma Romero, una de sus fundadoras, aún recuerda el lejano día en que una migrante hondureña le pidió ayuda porque su novio había sido apuñalado cuando intentaba evitar que la violaran. Aquel hecho le abrió los ojos a una evidencia cuya fugacidad –lo que dura el paso del tren apodado “La Bestia” por la comunidad La Patrona, de donde les viene el nombre– le había impedido vislumbrar todo el horror de violencia, hambre y desamparo que escondía.

    Desde aquel día, Romero se dedicó a socorrer a quienes a lomos de “La Bestia” se dirigían hacia la frontera norte del país, un ejemplo que cundió rápidamente entre otras mujeres de la comunidad, quizás porque muchas de ellas, por tener esposos, hermanos o hijos trabajando en los Estados Unidos podían entender como pocas el drama del migrante, que suma al dolor de la separación familiar la incertidumbre del peregrinaje. Tanto cundió el ejemplo que hasta “La Bestia” aprendió a ralentizar su paso por la comunidad para que “Las Patronas” pudieran proveer a los migrantes de las vituallas que necesitaban para hacer más llevadero su viaje al norte.

    Para un país como México, denostado por secuestrar y extorsionar a los cientos de miles de extranjeros que cada año lo cruzan en pos del sueño americano –el mismo sueño, por cierto, que persiguen muchos nacidos en él–, la generosidad de “Las Patronas” revela con magnificencia a ese país otro oculto bajo una máscara hosca, a ese país otro para el cual no todo está perdido, a ese país otro que convirtió el sencillo arte de entregar el corazón y dar –agua, ropa, comida, medicinas– en un gesto que obró el prodigio de llevar vida a una ruta marcada por la muerte, como mismo los “topos” llevaron esperanza y vida allí donde la muerte, en 1985, se enseñoreó tenaz.


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK

    Etiquetas:
    migrantes, terremoto, Las Patronas, Norma Romero, México
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